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domingo, 11 de septiembre de 2005
Análisis:NUESTRA ÉPOCA

La lección del Katrina

  • LAS CATÁSTROFES TRAS EL CAMBIO CLIMÁTICO
Un huracán provoca violencia y anarquía. La 'descivilización' está a la vuelta de la esquina.

Antes de dedicar nuestra atención a la próxima gran noticia, debemos aprender la lección fundamental que nos enseña el huracán Katrina. No estoy hablando de la incompetencia de la Administración de Bush, el escandaloso abandono en el que viven los negros pobres en Estados Unidos ni nuestra falta de preparación ante las catástrofes naturales, aunque todas estas cosas sean ciertas. La lección fundamental del Katrina es que la corteza de civilización sobre la que caminamos es siempre de una delgadez extrema. Basta un temblor para que nos caigamos, para que luchemos con uñas y dientes, como perros salvajes, por nuestra vida.

¿Acaso creen que los saqueos, las violaciones y la intimidación armada que surgieron en Nueva Orleans, en sólo unas horas, no se producirían nunca en la agradable y civilizada Europa? Pues se equivocan. Lo mismo ocurrió aquí, en todo nuestro continente, hace sólo 60 años. No hay más que leer las memorias de supervivientes del Holocausto y el Gulag, el relato que hace Norman Lewis de los acontecimientos de 1944 en Nápoles o el diario anónimo de una mujer alemana en el Berlín de 1945, reeditado hace poco. Volvió a suceder en Bosnia hace 10 años. Y ni siquiera existía la force majeure de una catástrofe natural. Los huracanes de Europa los creó el hombre.

La mayoría de las personas, la mayoría de las veces, emprenden una lucha despiadada por su supervivencia individual y genética

Un factor de fuerza casi equiparable al de una inundación es la presión de la migración de las zonas pobres del sur superpoblado a las regiones ricas del norte

En China, donde los líderes tardocomunistas emplean el nacionalismo como distracción para permanecer en el poder, existe peligro de guerra

El elemento primordial es el mismo: si eliminamos las bases elementales de la vida organizada y civilizada -alimentos, un techo, agua potable, una mínima seguridad personal-, en el plazo de unas horas retrocedemos a un estado natural como el que exponía Hobbes, a una guerra de todos contra todos. Algunas personas, algunas veces, se comportan con heroísmo y solidaridad; la mayoría de las personas, la mayoría de las veces, emprenden una lucha despiadada por su supervivencia individual y genética. Algunos se convierten temporalmente en ángeles, pero casi todos los demás se convierten en monos.

Descivilización

La palabra civilización, en uno de sus sentidos primigenios, se refería al proceso de civilizar a los animales humanos, que quiere decir, supongo, lograr un reconocimiento mutuo de la dignidad humana o, por lo menos, aceptar en principio que dicho reconocimiento es deseable (como hacía Thomas Jefferson, aunque poseyera esclavos y, en la práctica, no hiciera lo que predicaba). El otro día, leyendo a Jack London, me encontré con una palabra poco habitual: descivilización. Es decir, lo opuesto, el proceso por el que las personas dejan de ser civilizadas y se vuelven salvajes. El Katrina nos enseña que la posibilidad de la descivilización siempre está presente.

Se ven indicios de ello incluso en la vida cotidiana. La agresividad al volante es un buen ejemplo. O lo que ocurre cuando se espera un vuelo a última hora de la noche que acaba retrasado o cancelado. Al principio, las burbujas de espacio personal que nos construimos cuidadosamente en los aeropuertos se deshacen en destellos de solidaridad: las miradas de simpatía por encima del periódico o la pantalla del ordenador portátil, unas cuantas palabras de frustración o ironía compartidas. Con frecuencia, eso se transforma en una expresión más enérgica de solidaridad de grupo, tal vez dirigida contra el desventurado personal de tierra de British Airways, Air France o American Airlines (encontrar un enemigo común es la única forma garantizada de obtener solidaridad entre humanos).

Sin embargo, de pronto, surge el rumor de que quedan unos cuantos asientos en otro vuelo, en la puerta 37. La solidaridad se derrumba instantáneamente. Los enfermos, los minusválidos, los ancianos, las mujeres y los niños quedan abandonados en medio de la estampida. Hombres vestidos de oscuro, con títulos obtenidos en Harvard u Oxford y perfectos modales, se convierten en gorilas que avanzan por la jungla. Cuando, después de haberse librado a codazos de sus rivales, consiguen su tarjeta de embarque, se retiran a un rincón y evitan la mirada de los demás. Son el gorila que se ha quedado con el plátano (créanme que sé de lo que hablo; yo he sido ese mono). Todo ello, sólo con el fin de no tener que pasar una noche en el Holiday Inn de Des Moines.

Evidentemente, la desciviliza-ción en Nueva Orleans fue mil veces peor. No puedo evitar la sensación de que va a haber muchos más casos así a medida que avancemos en el siglo XXI. Hay demasiados problemas al acecho capaces de hacer retroceder a la humanidad. El peligro más evidente es que se produzcan más catástrofes naturales como consecuencia del cambio climático. Si los políticos estadounidenses interpretan este cataclismo igual que ha hecho John McCain, como -para emplear la manida expresión que sin duda usarán ellos- una "llamada de alerta" a los ciudadanos sobre las consecuencias de que Estados Unidos siga emitiendo dióxido de carbono como si el mundo se acabara, entonces, la nube del huracán Katrina tendrá un resquicio de esperanza. Pero tal vez sea ya demasiado tarde. De ser cierto que, como todo parece apuntar, no sólo se están derritiendo los casquetes polares sino también el permafrost en Siberia -un deshielo que, a su vez, produciría aún más emisiones de gases invernadero naturales-, nos encontraríamos en una espiral imposible de detener. En ese caso, si grandes zonas del mundo se vieran azotadas por tormentas, inundaciones y cambios de temperatura impredecibles, lo que ha ocurrido en Nueva Orleans sería un juego de niños.

En cierto sentido, ésos también serían huracanes de fabricación humana. Pero además hay que tener en cuenta las amenazas directas de unos humanos a otros. Hasta ahora, los atentados terroristas han causado indignación, miedo, alguna limitación de libertades y los abusos de Guantánamo y Abu Ghraib, pero no han desembocado en histeria de masas ni en una búsqueda de chivos expiatorios. Menos que en ningún sitio, en Londres, la capital mundial de la flema. Ahora bien, supongamos que éste no es más que el principio. Supongamos que un grupo terrorista hace estallar una bomba sucia o incluso una pequeña arma nuclear en una gran ciudad. ¿Qué ocurriría?

Metáfora

Un factor de fuerza casi equiparable a la de una inundación es la presión de la migración masiva de las zonas pobres y el sur superpoblado a las regiones ricas del norte (no es casual que los populistas que se oponen a la inmigración utilicen de forma habitual la metáfora de las inundaciones). Si una catástrofe natural o un desastre político desplazara a más millones de habitantes, nuestros controles de inmigración podrían llegar a ser, un día, como los diques de Nueva Orleans. Ya con los niveles actuales, los encuentros que se producen -especialmente los encuentros entre los inmigrantes musulmanes y los actuales residentes europeos- están resultando explosivos. ¿Hasta qué punto vamos a seguir siendo civilizados? Al oír hablar a algunos europeos y algunos inmigrantes musulmanes, veo la sombra de una nueva barbarie europea.

No hay que olvidar tampoco el reto que mencionaba en esta columna hace dos semanas, el de hacer sitio a las nuevas grandes potencias, sobre todo India y China, en el sistema internacional. En China, especialmente, donde los líderes tardocomunistas emplean el nacionalismo como distracción para permanecer en el poder, existe peligro de guerra. Y no hay nada que descivilice con más rapidez ni más garantías que la guerra.

Así, pues, olvidémonos del "choque de civilizaciones" de Samuel Huntington. Como afirma un viejo dicho ruso, eso pasó hace mucho tiempo y, de todas formas, no era cierto. Lo que está en peligro es simplemente la civilización, la fina capa que colocamos sobre el magma en ebullición de la naturaleza, incluida la naturaleza humana.

Nueva Orleans ha abierto un pequeño agujero por el que hemos atisbado lo que yace debajo. La ciudad de la vida fácil [The Big Easy, su apodo] nos ha enseñado qué es lo más difícil: conservar esa capa. Si adoptamos un tono de predicadores políticos, podemos ver al Katrina como una llamada a tomarnos en serio estos retos, lo cual significa que los grandes bloques y las grandes potencias del mundo -Europa, EE UU, China, India, Rusia, Japón, Latinoamérica, Naciones Unidas- traten de alcanzar un nuevo nivel de cooperación internacional. Sin embargo, con un análisis menos entusiasta, podríamos aventurar una conclusión más pesimista: alrededor de 2000, el mundo alcanzó una cota de difusión de la civilización que las futuras generaciones contemplarán con nostalgia y envidia.

http://www.freeworldweb.net Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

Evacuación de un afectado por el huracán Katrina en Nueva Orleans. / AP

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