Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

La nostalgia de la inocencia

Vila-Matas reemprende su juego metaliterario en Doctor Pasavento. El escritor de entreguerras Robert Walser es uno de los convocados a esta nueva partida, divertida y trágica, en la que vuelven a fundirse realidad y ficción burlona, humor y literatura. El escritor barcelonés experimenta en esta obra con ironía acerca del escritor y sus obsesiones, de la fama y el anonimato; del pánico por falta de inspiración que acecha al novelista y de la neurosis.

La novela más extensa de Vila-Matas despliega la exasperación también más intensa y trabada de sus fijaciones neuróticas como novelista. O mejor, las fijaciones de su más veraz, verdadero y tiránico narrador, ese que no le deja explorar fuera de una red de conexiones filosóficamente literarias. La extranjería estética de Vila-Matas en nuestras letras tiene razones muy diversas, pero una de ellas es la obstinación con que ha emprendido la invención de una macrofantasía literaria en torno a la vida como literatura y la literatura como vida, porque ese lugar no preexiste, ni está predefinido: finge reproducir las leyes de la realidad interior del escritor Vila-Matas, empieza en su biografía y desemboca en literatura maniática, obsesiva. Cada una de sus últimas novelas ha ensayado la inmersión en un ángulo que es a su vez una perspectiva distinta sobre la psicopatología del escritor estudiado con la lente de aumento (desproporcionado y autoirónico) que es el mismo escritor neurótico, obsesionado con los mecanismos de la creación. Vila-Matas presta a su narrador la paranoia identitaria a partir de un pretexto conectado verosímilmente con su vida real: el deseo de desaparecer como autor conocido y solicitado, la ansiedad por regresar a un espacio de escritura sin condiciones ni apremios, anterior al de la bendita celebridad. La astucia del planteamiento está basada, sin embargo, en que ese esfuerzo de desaparición es ambiguo y siempre ambivalente, necesita un chequeo regular y a menudo se asusta de lo que logra de veras (ser olvidado, dejar de existir como referencia pública durante el año que abarca la novela), porque chocan dos tensiones al menos: el afán de huir de las servidumbres del nombre propio, sí, pero también otra de estirpe fundadora, la fascinación antigua y carnal por un escritor de entreguerras, ese Robert Walser que entusiasma a Kafka y cuya prosa y cuya vida fueron solidarias de la ilusión de desvanecerse, de ausentarse, de no ser haciendo literatura.

DOCTOR PASAVENTO

Enrique Vila-Matas

Anagrama. Barcelona, 2005

388 páginas. 19 euros

Curiosamente, mientras las dos novelas anteriores de Vila-Matas, París era una fiesta y El mal del Montano, perdían algo de interés en su segunda mitad, ésta lo gana. El emplazamiento de la aventura de Walser y el relato mismo de la peripecia de su búsqueda, a mitad de la novela ha de llevarla a un lugar vivido y encarnado, más allá de la inventiva y minuciosa angustia de correspondencias que vive el narrador que huye en la calle Vaneau, de París, (estando sin estar, huyendo de su editor Christian Bourgois o de posibles conocidos, como Lobo Antunes): Walser primero y Emmanuel Bove después son la nostalgia de la inocencia de la primera escritura, cuando no hay nada que interfiera en el escritor excepto su vocación a la intemperie, cuando el azar es el que dicta lo que escribe y la repercusión (ninguna) de lo que publica. Y todo eso se materializa en la extrema lucidez y autocontrol de Walser, tan leal a sus obsesiones que dejó de escribir al mismo tiempo que su hermana le recomendaba el ingreso en un sanatorio psiquiátrico en Suiza, y allí moriría sin haber vuelto a escribir excepto unas miniaturas gráficas que imitará el propio Pasavento (que es el psiquiatra cuya biografía y personalidad inventa el novelista para huir de sí mismo, o probar suerte novelesca con ese experimento). La diseminación de datos histórico-biográficos y literarios verídicos relacionados con esos y otros escritores (incluidos personajes con nombres de invención y sin embargo reales, como la profesora Yvette Sánchez) construyen el simulacro de verdad para una ficción burlona de la verosimilitud realista y ansiosa de fijar la veracidad de un sentimiento complejo: esa zona intermedia en que confluyen el espanto de un escritor a perder el fuelle de la inventiva, la obstinación en ahondar en la escritura misma como espacio de novela, la descarada complacencia en una poética literaria que recrea la improvisación como técnica novelesca e incrusta balas cargadas de excentricidad y de la purísima majadería tan rigurosamente suya. La piel de ese mundo es la prosa y su oxígeno la ironía como elemento estructural constante, como una epidermis invisible, y que es de las mejores virtudes de Vila-Matas.

La nostalgia de la inocencia es, por tanto, irónica, aunque la eficacia de la construcción puede hacer perder de vista esa distancia estética, sin advertir de que quien está desarrollando esa fantasía de coincidencias increíbles en la calle Vaneau obedece a un paranoico que escribe advirtiendo en los hechos ordinarios de la vida, incluida la prensa, la historia privada de una calle o un retazo de conversación, señales de un orden secreto que no es el de la vida, aunque lo finja, sino el de la invención novelesca sin perder de vista su objetivo último: la divertida, bienhumorada y también trágica recreación de las neurosis de un escritor que sabe imposible la huida del propio pasado y que sabe también que la única manera de protegerse de las paranoias identitarias es burlarse de ellas con una brillante novela experimental de humor y escritura.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de septiembre de 2005

Más información

  • Enrique Vila-Matas