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sábado, 16 de julio de 2005
Entrevista:Ernst Tugendhat

"La moral igualitarista se ha extendido en el mundo"

Discípulo de Martin Heidegger, Ernst Tugendhat (Brno, antigua Checoslovaquia, 1930) es uno de los pensadores más importantes de la filosofía moral. Este intelectual centroeuropeo ha tejido una obra profunda en la que ha subrayado el papel de la filosofía analítica del lenguaje. El catedrático Javier Muguerza mantuvo un diálogo con Tugendhat a instancias de Babelia.

"El pensar, la deliberación humana, están basados en el lenguaje predicativo"

Tugendhat: "Las manifestaciones contra la guerra de Irak en todo el mundo fueron una demostración de conciencia igualitaria"

Muguerza: "Yo no minusvaloraría ciertas funciones emancipatorias de religiones como el cristianismo o el judaísmo"

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Los dos filósofos se conocen desde hace tiempo y se profesan mutua admiración intelectual. La conversación, que se celebró en un hotel de Madrid en un caluroso domingo de primavera, en la víspera de que Tugendhat recibiera un doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma, fluye de un modo distendido y salpicado de referencias a obras y filósofos. El pensador centroeuropeo y autor de Lecciones de ética (Gedisa), su libro más famoso, habla con soltura un español aprendido en Venezuela, donde vivió de niño, y en Chile, donde ha impartido clases. Ofrecemos un resumen de las cuestiones más sustanciales del diálogo.

JAVIER MUGUERZA. ¿Usted ha tenido muchas vinculaciones con América Latina y de ahí su dominio del español?

ERNST TUGENDHAT. Viví de niño en Venezuela y más tarde, ya como profesor, he trabajado durante cuatro años en Chile y, más tarde, una época en Brasil.

J. M. ¿Y cuál ha sido su experiencia en el mundo latinoamericano?

E. T. Desgraciadamente, la filosofía no se encuentra en América Latina a un nivel internacional. He enseñado filosofía para poder vivir allí porque me siento muy a gusto en un ámbito latino.

J. M. Su pensamiento filosófico se ha centrado en la filosofía analítica del lenguaje.

E. T. Yo fui alumno de Heidegger y me trasladé de Alemania a Estados Unidos por indicaciones de él. En 1963 me invitaron durante un semestre a la Universidad de Michigan y aquel periodo resultó el momento más importante en mi vida profesional porque, a mi regreso a Heidelberg, ya entré de lleno en el estudio de la filosofía del lenguaje. De todos modos, mis raíces en la filosofía alemana y especialmente en Heidegger también son importantes. Heidegger fue mi maestro. Se podría decir que me considero un filósofo continental con métodos analíticos.

J. M. A partir de su familiaridad con el pensamiento clásico, con Aristóteles o Kant, usted se planteó una renovación de los contenidos desde una filosofía analítica del lenguaje, es decir, renovar el pensamiento clásico desde una perspectiva analítica.

E. T. Mi tesis fue que los problemas de la filosofía clásica se podían enfrentar mejor con métodos analíticos.

J. M. Ese rescate de la filosofía clásica con un lenguaje analítico entronca con una transformación lingüística de la filosofía.

E. T. A diferencia de otros filósofos con los que he discutido, como Jürgen Habermas, creo que el pensar humano es un pensar lingüístico. Está claro que todo el lenguaje de los animales es comunicativo, pero en el caso de las personas el pensar mismo, la deliberación humana, teórica y práctica, en su estructura está basado en el lenguaje predicativo.

J. M. Querría abordar su filosofía moral a partir de su obra Lecciones de ética. En esta magna obra, publicada originalmente en alemán en 1993, usted plantea una fundamentación de la moral tras la caída de las legitimaciones religiosas.

E. T. La ética ha sido mi mayor preocupación e intento mostrar que existe una fundamentación contractualista y no kantiana. El problema siempre ha sido que la única fundamentación moderna de la moral es un contractualismo enriquecido. Toda justificación de la moral, por tanto, es una justificación recíproca. No se puede defender la postura de un contractualista puro que sólo se justifica consigo mismo y espera así llegar a un acuerdo con el otro. Debe aclararse que la moral es esencialmente igualitaria y que se pueda definir como igualitarismo depende de su reciprocidad, o sea, resulta de una justificación recíproca.

J. M. A partir de algunas obras recientes suyas puede observarse que analiza la moral desde una perspectiva evolucionista, como si usted concediera a la antropología el rango de filosofía primera.

E. T. Platón fue de algún modo un antropólogo porque no hizo otra cosa que cuestionar nuestro autoentendimiento. De hecho, la reflexión sobre el autoentendimiento es un autoentendimiento compartido. Ahora bien, todas las incertidumbres filosóficas han respondido a problemas metafísicos, de identidad, aunque aparecen en nuestro lenguaje común.

J. M. A propósito de esto, en su libro Problemas cita usted un pasaje de la Política, de Aristóteles, donde el pensador griego distingue entre la voz, algo compartido por el hombre y los animales, y el lenguaje predicativo, que es una facultad exclusiva de los seres humanos.

E. T. Exactamente porque cuando Aristóteles habla de logos no se debe traducir por lenguaje a secas, sino por lenguaje proposicional.

J. M. Esta cuestión tiene una vinculación inmediata con la ética, con lo justo y lo injusto, se pueden expresar creencias o deseos, se puede distinguir entre lo que es y lo que debe ser... En ese sentido, el lenguaje resulta una ventaja evolutiva, de una evolución propia y cultural de los seres humanos que ya no guarda relación con lo estrictamente genético.

E. T. Con respecto a la filogénesis del lenguaje no sabemos cómo pasó, sólo sabemos que pasó. Al final de la evolución nuestra especie se convirtió en una sociedad de recolectores y cazadores. Pero, una vez llegados a este punto, los desarrollos culturales se independizaron del desarrollo biológico. Es asombroso que sigamos ahora con la misma base biológica y que hallemos tribus en las selvas con nuestra misma biología y que nosotros, con esa misma base biológica, hayamos desarrollado un pensar normativo que está muy lejos de aquella época.

J. M. Porque sólo los humanos disponemos de normas.

E. T. La verdad es que no conozco los tipos de moral de las sociedades anteriores a los recolectores y cazadores.

J. M. Sin embargo, creo que hoy no estamos más cerca de aquellas sociedades igualitarias.

E. T. Sufrimos una enorme desigualdad, pero tenemos hoy una moral igualitaria, tenemos derechos humanos. Todos estamos de acuerdo en eso. Existe una declaración de derechos humanos de Naciones Unidas, aunque vivamos en un mundo muy desigual.

J. M. Pero los derechos humanos no están globalizados.

E. T. La carta de la ONU está vigente y está en la conciencia de la gente. Cuando Estados Unidos anunció que iba a atacar Irak, millones de personas salieron a las calles de todo el mundo para manifestar su oposición a la guerra. Se trata de una demostración de esa conciencia igualitaria.

J. M. No obstante, los gobernantes reunidos en la cumbre de las islas Azores

[el estadounidense George Bush, el británico Tony Blair y el español José María Aznar] aprobaron ir a la guerra y no debieron pensar que estaban conculcando los derechos humanos.

E. T. Claro, pero hay que distinguir entre lo que tenemos de hecho y lo que subyace en la conciencia de la gente y hay que reconocer que la moral igualitarista se ha extendido en el mundo.

J. M. Quizá se ha elevado el nivel de educación moral. Pero ¿hay principios de aplicación universal? Puede ser importante que estén reconocidos de iure, sobre el papel, pero no se cumplen en la práctica.

E. T. De cualquier forma, tiene mucha importancia que existan de iure y es interesante que esos derechos humanos figuren en las constituciones de muchos países.

J. M. Debo reconocer que soy pesimista en lo que se refiere al progreso moral porque las conquistas no son irreversibles. La cota más alta de progreso moral se alcanzó cuando un hombre dio su vida por otro y la más baja se produjo cuando un hombre mató a otro. Todo eso ocurrió en el paleolítico y sigue ocurriendo en la actualidad.

E. T. De todas formas, es cierto que hay un verdadero avance en no justificar la moral desde un punto de vista religioso, sino como justificación de un contrato recíproco. Sin embargo, asistimos a un resurgimiento del fenómeno religioso y habría que indagar sobre las causas.

J. M. Quizás es que los valores de la Ilustración no han seguido avanzando, se han detenido... En el siglo XX se han registrado acontecimientos muy graves, como los campos de concentración nazis, el Gulag soviético o el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima, y para mucha gente se ha cuarteado la fe en la Ilustración y eso es lo que conocemos con el nombre de posmodernidad.

E. T. No, no estoy de acuerdo. Esos sucesos tan terribles como Auschwitz han llevado al regreso de la Ilustración. Porque, por ejemplo, en Estados Unidos, donde no han ocurrido cosas así hemos asistido a un resurgimiento de la religión. De todas las maneras, me interesa resaltar mi interés por la mística que me parece un aspecto religioso que no guarda ninguna relación ni con las iglesias ni con Dios. Lo que yo tengo en la cabeza es, a modo de imagen, el arte budista. Me resulta atractivo que en una gran parte del mundo los artistas hayan querido pintar el recogimiento de una persona que se siente instalada en su ego pequeño, pero no delante de un Dios al que tiene que adorar y obedecer. Creo que hemos de aprender algo de esa visión que no responde a algo irracional o religioso en un sentido estricto.

J. M. De acuerdo, pero yo tampoco minusvaloraría ciertas funcionalidades emancipatorias de las religiones occidentales, como el cristianismo o el judaísmo. Sin ir más lejos, la lucha de los negros en Estados Unidos por sus derechos civiles fue encabezada por Martin Luther King, un pastor que utilizaba sus sermones en un sentido liberador. Es decir, que también podía darse un renacimiento religioso al servicio de la liberación. Pero déjame que te diga que lo que tú denominas igualdad sólo se fundamenta, en última instancia, en la metafísica.

E. T. La metafísica no trae nada a la ética.

J. M. Entonces ¿cómo se comprueba empíricamente la igualdad?

E. T. La igualdad no se puede comprobar empíricamente ni se pretende. La idea de igualdad moral es que uno concede el mismo valor a la otra persona, aunque la otra persona sea diferente y no sea idéntica.

J. M. Eso significa sencillamente que tenemos voluntad de igualdad.

E. T. No se trata de una cuestión de voluntad, sino de justificación de cómo nos debemos comportar y ahí el concepto de intersubjetividad aparece como el punto fundamental. Por eso la justificación es recíproca. Yo puedo ser más fuerte que mi hijo y, pese a ello, ofrecerle que nos comportemos con unas normas de justificación recíprocas.

J. M. No obstante, la desigualdad originaria no se habrá corregido. Puedes establecer una relación igualitaria con tu hijo, pero si se trata de un extraño y no existe una base de igualdad previa. ¿Qué pasa entonces?

E. T. No, no. La base de igualdad no tiene que ser previa, sino que ha de ser institucional. Dicho de otra forma, si el rico sigue siendo rico no hay igualdad, pero no tiene que ser previa. Al no tener que ser previa, no es empírica.

J. M. Pero en ese caso estamos hablando de una cuestión de voluntad. En una palabra, yo soy igualitarista porque estoy dispuesto a luchar en favor de la igualdad.

E. T. ¿Por qué estás dispuesto a luchar por la igualdad?

J. M. Bueno, porque me parece más justo.

E. T. Desde luego, pero creo que te parece más justo porque de este modo puedes justificarlo ante otras personas.

J. M. Digamos que justo es aquello que es bueno para todos.

E. T. Resulta más fácil entenderlo si hablamos de dos personas. Es una idea tuya porque tienes interés en justificarlo ante el otro.

Los filósofos Ernst Tugendhat, derecha, y Javier Muguerza. / BERNARDO PÉREZ

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