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viernes, 8 de julio de 2005
Crítica:CRÍTICAS

El crepúsculo del vaquero

.Llega con el viento y con el viento se va. Procedente de una batalla con la vida, aterriza en un mundo que no es el suyo para remover la existencia de otras personas y después regresar a su lugar en ninguna parte con los deberes bien hechos. Como Shane en Raíces profundas (George Stevens, 1953), como Ethan Edwards en Centauros del desierto (John Ford, 1956). El protagonista de El viento, nueva película del argentino Eduardo Mignogna, es un vaquero sin pistolas en el cinto, pero con una bala en la recámara de los recuerdos, allí donde la memoria no deja en paz el tranquilo devenir de cada día. A Mignogna le ha salido un moderno western de ciudad sin un solo disparo. Una excelente película. La mejor de una exitosa carrera en la que se acumulan, entre otros galardones, tres premios Goya al mejor filme extranjero de habla hispana gracias a Sol de otoño (1996), El faro del sur (1998) y La fuga (2001).

EL VIENTO

Dirección: Eduardo Mignogna. Intérpretes: Federico Luppi, Antonella Costa, Pablo Cedrón, Esteban Meloni. Género: drama. Argentina-España, 2005. Duración: 93 minutos.

Mignogna inicia su odisea con unos fulgurantes primeros minutos contados desde la sencillez, desde la sobriedad, casi sin palabras y a través de imágenes aparentemente inconexas cargadas de sutileza que atrapan sin remedio. A partir de ahí, el honor, la culpa, la herencia y la necesidad de sosiego presiden una historia que se puede considerar compendio de algunos de los grandes temas de la carrera del autor argentino, caso de la soledad, la vejez, el crepúsculo vital, las raíces familiares o la maternidad acaecida en especiales circunstancias.

El inmenso Federico Luppi, que interpreta a Frank (hasta el nombre del personaje parece más de una película americana del Oeste que de un drama porteño), recubre con su caballerosidad de fuerte apretón de manos un universo al que no resulta fácil adaptarse. Así, el contraste campo-ciudad es otro de los muchos aspectos de los que habla un relato comandado por el sentido común, por la mirada al mismo centro de los ojos del contrario, por las palabras justas desparramadas sólo cuando hay motivo para ello. Ese archivo de word que desaparece del ordenador cuando nuestro héroe cansado pretende simplemente dejar un mensaje a su nieta es el vivo retrato de una existencia labrada a fuerza de golpes del destino, de ráfagas de viento malsano. La campechanía del abuelo que nunca había visitado la capital, frente a las prisas de un ordenador portátil que retiene sólo la información que alguien sabe transmitirle. Información, he ahí el gran secreto final de una película como El viento, ese dato que nunca se dio a conocer y que ahora se hace paso entre las sombras.

Sólo una pequeña objeción a una obra redonda en casi todos los sentidos: esa trama secundaria en el hospital donde trabaja la nieta (estupenda Antonella Costa), protagonizada por el chaval con el disparo en la cabeza, queda demasiado dispersa, metida con calzador en una película que no parece ser la suya.

Con una muy adecuada fotografía de tonos ocres y grano más bien duro, El viento, coproducida con capital español, llega a las pantallas nacionales antes incluso de su estreno en Argentina. Se disfruta, se sufre, y en sus escenas iniciales y finales, incluso se huele. Con mucha verdad y sin una pizca del sentimentalismo que siempre acababa por asomar en las películas anteriores de Mignogna. Áspera como el ocaso. Lúcida como el vaquero sin estudios que, en cambio, es catedrático de la vida.

Eduardo Mignogna (a la izquierda) y Federico Luppi. / CONSUELO BAUTISTA

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