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domingo, 26 de junio de 2005
IDA y VUELTA

Oda al pesado

Uno de los peligros de salir de casa es que puedes ser asaltado por un pesado. A primera vista, no presentan ningún rasgo físico que permita identificarlos. Se acercan, casi siempre con una sonrisa, y cuando quieres darte cuenta ya estás perdido. Cualquiera que haya pasado por esta situación sabe que uno de los métodos para quitárselos de encima es no darles cuerda. Un vecino que sale cada día a pasear con su padre, con serias limitaciones de movilidad, me contó que durante meses les asaltó el mismo pesado. Cambiaron de horarios, intentaron estrategias disuasorias, pero el pesado siempre conseguía imponer su torrencial amabilidad. Finalmente, mi vecino se armó de valor y, con mucho tacto, le dijo que paseaban por prescripción facultativa y que les convenía un poco de tranquilidad. Aquel día, el pesado les regaló doble sesión de pesadez y, de propina, les cantó una canción. Desesperados, mi vecino y su padre decidieron cambiar de parque. Pasaron los días y las salidas eran plácidas, reparadoras e incluso algo tediosas. Horrorizados, ambos comprobaron que echaban de menos los tiempos en los que huían del pesado y hasta qué punto les motivaba despotricar de él. Total, que regresaron al parque de los primeros paseos y reencontraron a su añorado pesado. Primera moraleja: algunos pesados pueden darle cierto sentido a tu vida. Segunda moraleja: seamos comprensivos con los pesados porque quizá mañana nosotros también lo seremos.

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Todo esto viene a cuento de que, el otro día, recibí noticias de un amigo de infancia que recuerdo como el primer pesado que conocí. En mi barrio, todo el mundo jugaba al fútbol hasta que a él le regalaron una pelota de rugby y no nos dejó en paz hasta que accedimos a jugar con él. Utilizar las manos en lugar de los pies nos resultó difícil, sobre todo cuando descubrimos que así como la pelota de fútbol dibuja trayectorias sensatas, el balón de rugby era una cabra loca. Fracasé como rugbyman, pero descubrí que si te pones pesado puedes conseguir que todo un barrio cambie sus fidelidades deportivas.

La persistencia en grandes dosis también ha provocado algunos matrimonios. Muchos novios utilizan el truco de ponerse pesadísimos para convencer a sus novias de que se casen con ellos. De tanto insistir, algunas de ellas acceden y, poco tiempo después de certificar el enlace, lo lamentan. Volviendo a mi amigo: me ha mandado una fotografía en la que, según él, se me ve con un balón de rugby. Yo no me reconozco, pero a él sí: luce su entrañable sonrisa de pesado. También adjunta una fotografía actual. Como casi todos, ha engordado más de lo conveniente y tiene un aspecto inequívoco de jugador de rugby: nariz planchada por algún placaje, mirada noble y una corpulencia de tienda de ropa de tallas grandes. Me ha alegrado volver a verlo y recordar que, a base de ponerse pesado, consiguió que simpatizara con el rugby, aunque sólo fuera en calidad de creyente no practicante. Es un deporte con muchas virtudes. La mejor: el tercer tiempo, cuando, después del partido, los dos equipos comparten varias rondas de cerveza. Entre los aficionados al rugby más notables estaba el cineasta Louis Malle, que hizo una memorable película sobre pesados titulada Mi cena con André. A Malle le encantaba el rugby y dejó testimonios públicos de ello. Dos ejemplos: "Cuando un deporte requiere de tanta inteligencia superior, entrega, cualidades morales y físicas por parte de sus practicantes, a la fuerza tiene que ser un deporte de enorme importancia humana" y "el rugby tiene de todo. Una comedia humana llena de sensibilidad, de esperanzas, de decepciones, de risas y de lágrimas".

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