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sábado, 25 de junio de 2005
Reportaje:ESCAPADAS

Las diabladas de La Tirana

Una fiesta fuera del tiempo en el norte árido de Chile

Bailes y letanías. Rezos y melopeas. Del 12 al 18 de julio, un pueblecito chileno acoge una reunión multitudinaria. Más de 100.000 seguidores honran la borrosa leyenda de una inalcanzable mujer.

La Tirana es una pequeña población de ese norte grande chileno que para muchos viajeros no tiene otro atractivo que el desierto; los salares; las poblaciones abandonadas; las tierras salitrosas; las carreteras interminables, cruzadas a veces por rojos camiones de ácido; las quebradas vertiginosas, como las de la mina Cerro Colorado, y el recuerdo de las oficinas salitreras inglesas, como la fantasmal Humberstone, y de la riqueza que a ellas iba aparejada, la que dio verdadera vida al cercano puerto de Iquique. Eso, y unos cielos de un violento color azul. Y la soledad, hecha dudoso atractivo turístico. Es hermoso.

La principal atracción de La Tirana: el santuario de la Virgen del Carmen. Un edificio de madera y calamina, construido bien avanzado el siglo XIX, donde un fray Antonio Rondón edificó una ermita para sustituir a una cruz tombal encontrada en el corazón de un bosque de tamarugos. El mayor atractivo de la iglesia es su bóveda decorada con el cielo estrellado de julio.

Pero cada año, entre el 12 y el 18 de julio, por la festividad de la Virgen del Carmen, ese pueblo que el viajero puede encontrar en apariencia desierto, con los inevitables perros vagabundos recorriendo sus calles de sal y arcilla, flanqueadas por casas de adobes y calaminas de colores vivos, cobra una vida inaudita. Una población de menos de 1.000 habitantes se convierte de golpe en una de 100.000. Esos días están de fiesta hasta las animitas milagrosas de la carretera, y La Tirana crece y se ensancha de acampadas, cientos de tenderetes de feria, coches, camiones, caravanas y cocinas improvisadas. Día y noche, sin un respiro.

Peregrinos y comparsas

A La Tirana acuden peregrinos de todo el altiplano chileno, de la costa, de la vecina Bolivia, del sur peruano. Y al calor de las devociones y de los carnavales rituales de los peregrinos con sus comparsas, se arriman los comerciantes de todo y de nada, los descuideros, los curiosos y los turistas de lejos, para los que la devoción religiosa del prójimo es ya espectáculo enigmático.

Son familias enteras, clubes que se preparan durante todo el año y llegan a bordo de camiones en los que llevan todo lo necesario para esa acampada de casi seis días en los alrededores del pueblo, bajo los tamarugos y los algarrobos si hay suerte, bajo las estrellas si no la hay. Porque La Tirana es, en realidad, una mínima cuadrícula de calles alrededor del santuario y de la plaza ceremonial bien provista de fuentes de soda y locales de comidas y apetitosos comistrajos, siempre más suculentos que las comidas saludables: churrascos, lomitos, completos, prietas... y vino, claro.

La de La Tirana es una de esas fiestas de origen difuso, mezcla de creencias ancestrales, teatralidad carnavalesca y genuina devoción religiosa, cuyo pasado mítico se inventa y renueva a cada celebración. Allí conviven en buena armonía los ekekos andinos y las imágenes devotas, los amuletos con los escapularios. Lo que allí se conmemora es la muerte de una princesa inca a manos de sus propios súbditos después de una teatral conversión al cristianismo. Ésa es la versión oficial, mítica; la más pedestre hace que La Tirana sea una mujer de mal humor y armas tomar, propietaria de una fonda para arrieros en su ruta de la cordillera hacia Pozo Almonte y la costa. Como sucede en todos los lugares míticos, no se sabe con certeza cómo empezó esta peculiar romería, si antes de haber sido inventada, que es lo normal, o después, que es lo real.

El ambiente es de ruido atronador y polvo, febril, excitado, de voces que no cesan (más que en misa), y de charangueo reñidor, producido por el estrépito de bombos colosales, platillos, trompetas, carracas y hasta cascabeles, cuando lo demás calla. Casi todo, hasta el calor del día y el frío pampero de la noche, contribuye a que se cree esa contagiosa atmósfera de fiesta y urgencia devota.

Un misionero hace de aguador benévolo y reparte vasos entre los peregrinos que marchan de rodillas o se arrastran por el suelo, solos o sostenidos por sus familiares, en cumplimiento de mandas y promesas. Otros hacen guardia con unos cirios descomunales. Peregrinos que se confunden con las máscaras de las diabladas que están a la espera de su desfile ritual, sometido a unas precisas ordenanzas. Una mezcla de procesión religiosa y danza profana en la que el viejo Pascuero anda en buena vecindad con reptiles y dragones de cuernos retorcidos, coloreados con violencia.

Chicha agria

El olor espeso de las fritangas y las parrilladas se mezcla con el polvo, el humo de colores de las bengalas nocturnas, en la llamada espera del alba, con el olor de la chicha agria. Las voces de la devoción, entre cansinas y fanáticas, expandidas por altavoces o a capella, compiten con las melopeas profanas. La cueca anda hermanada con la letanía; la jeremiada del mendigo, con la del charlatán o el timador, y hasta con el himno patriótico y guerrero.

Alrededor de la iglesia, antes y después de los desfiles rituales, pululan las cofradías que muestran con orgullo sus estandartes, imágenes propias, bombos y tambores, y, sobre todo, los fantásticos disfraces de diablos -que entroncarían con las también fabulosas máscaras articuladas del carnaval boliviano de Oruro-; de pájaros, como el cóndor; de chinos, de gitanos y gitanas de lujo, pero todos con sus capas bordadas en oro, sus ricos trajes de seda, adornados con cascabeles y provistos de carracas, negras y fúnebres unas o festivas en forma de mariposa otras, y hasta patrióticas con la bandera chilena. Y todo en medio de esa pampa desértica donde tiemblan los espejismos y antes de que el silbido del viento vuelva a ser casi el único signo de vida.

Miguel Sánchez-Ostiz(Pamplona, 1950) es autor de la novela La nave de Baco (Espasa, 2004).

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos- Prefijo telefónico desde España: 00 56.- Población: La Tirana tiene 818 habitantes censados.- Altura: el pueblo se sitúa a 995 metros sobre el nivel del mar. - Moneda: peso chileno (un euro equivale a unos 700 pesos chilenos).Cómo ir- El pueblo de La Tirana se encuentra en la provincia de Tarapacá, al norte de Chile, a 118 kilómetros en coche desde la ciudad de Iquique, que cuenta con aeropuerto.- Lanchile (www.lanchile.com; 902 11 24 24) vuela de Santiago de Chile a Iquique. Con su Suramérica Airpass (para un mínimo de tres vuelos), cada trayecto interno en Chile cuesta 86 euros. En julio y agosto, ida y vuelta a Santiago de Chile desde Madrid cuesta a partir de 888 euros más tasas. - Iberia (902 40 05 00; www.iberia.com). En verano, ida y vuelta a Santiago de Chile desde Madrid, a partir de 943 euros más tasas y gastos.Información- Oficina de información turística Sernaturen Iquique (57 31 22 38). En el apartado de Iquique de la web www.sernatur.cl se encuentra un listado de agencias de viaje locales que organizan excursiones desdeesta ciudad.- Turismo de Chile en España (900 10 20 60; www.visit-chile.org).

Uno de los fantásticos disfraces, fabricados por los propios danzantes, en las fiestas de La Tirana (norte de Chile). / ROBERTO CANDIA

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