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domingo, 5 de junio de 2005
Entrevista:MARY ROBINSON

Abanderada de la dignidad

Ha sido presidenta de Irlanda y comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. A sus 61 años podría vivir un retiro dorado, pero sigue en la brecha. Política sin partido y líder social cargada de ideales, quiere servir de puente entre los más poderosos y los más débiles del planeta.

Es una mujer irlandesa, de sesenta años, y de piel muy blanca. Muy delgada, y alta. Es conocida por su tozuda manera de ser; lleva años luchando por los derechos humanos, sin cansarse, sigue y sigue, como si acabara de empezar y sus fracasos en Naciones Unidas, de donde la apartaron los americanos, no fueran más que pequeños episodios. Nunca fue ubicada en la categoría de funcionaria internacional dócil a los intereses de las grandes potencias, así que su nombramiento, en el elenco de la ONU, para un cargo un tanto desdibujado, fue celebrado por las ONG implicadas en la causa de las libertades. La verdad es que eran otros tiempos. Porque Mary Robinson, que tomó posesión como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en 1997, empezó a repartir críticas a diestro y siniestro: a Rusia, por abusar de su población y cometer crímenes de guerra en Chechenia; a China, por las múltiples violaciones de los derechos humanos; a Estados Unidos, por los bombardeos de 1999 contra Serbia censurando el término "daños colaterales" para referirse a las bajas civiles. A lo largo de 2001, la alta comisionada volvió a generar polémica por sus amonestaciones públicas, en particular a Estados Unidos e Israel. Luego, llegó el 11 de septiembre, y Robinson exigió a Bush una pausa humanitaria en los bombardeos contra el régimen de los talibanes. Ahí comenzó su declive como alta comisionada. Al año siguiente abandonó el cargo, no sin antes, en mayo de 2002, calificar como "una señal muy peligrosa" la decisión del Gobierno norteamericano de no ratificar el Tratado constitutivo de la Corte Penal Internacional.

Anteriormente, de 1990 a 1997 fue presidenta de Irlanda. Y antes, senadora. Y antes aún trabajó como profesora universitaria y jurista de enorme prestigio. Hoy habla de su país como de un lugar lleno de ensueño, donde tuvo que trabajar duro. Se expresa con cautela, pero va al grano, y sonríe, y mide el tiempo, preocupada por dejar una buena impresión. La entrevista es precisa, contundente, y se acaba cuando ella quiere. Entonces se despide, da la mano, sonríe, le falta tiempo para todo. Y cuando ve que no me lo creo todo, o que van a seguir las dificultades con el algodón de Mozambique, por ejemplo, y al ver que yo la miro con cara de pocos amigos, porque ya hace muchos años que me dicen lo mismo, me mira, sonríe, y me responde aquello de que todo es verdad.

Puesto que la globalización es inevitable, quizá lo que tenemos que hacer es hacerla entrar en razón, hacer que sea una globalización ética.

Eso es exactamente lo que intentamos hacer. De momento, la globalización económica está dividiendo el mundo; algunos países son cada vez más ricos, pero muchos se encuentran estancados en la pobreza. Por eso, lo que tratamos de hacer es incluir una perspectiva de derechos humanos y de igualdad de sexos en la globalización. Por eso, ahora estoy trabajando en el aspecto del comercio y el desarrollo, el derecho a la salud, con las repercusiones en materia de acceso a los fármacos, enfermedades olvidadas y, por supuesto, la pandemia del VIH/sida. Hay un tercer ámbito, que es el de la inmigración, que constituye el lado humano de la globalización, un lado siniestro y vulnerable, con el tráfico de mujeres, niñas y niños; el contrabando, los inmigrantes sin papeles… Necesitamos que la globalización se guíe más por los valores. Nosotros decimos que tenemos esos valores, no hace falta que inventemos unos nuevos. Todos los países han ratificado varios instrumentos de derechos humanos. Ahora se trata de llevarlos a la práctica.

Pero la experiencia nos muestra que los congresos y reuniones están muy bien, toman decisiones como la del 0,7%, que luego nunca se cumplen, o dicen que la pobreza tiene que disminuirse hasta tal grado, pero luego no se hace realmente nada. ¿Cómo cree que va a poder hacer cumplir todo eso?

Estamos tomando medidas prácticas en distintas instancias. Mantenemos conversaciones con el Banco Mundial, el FMI, la OMC, sobre la necesidad de emprender reformas. Reformar las condiciones de pertenencia y el equilibrio de poder en esos organismos. Al mismo tiempo, trabajamos desde la base, en colaboración con Oxfam, una ONG que lucha contra el hambre en el mundo. En diciembre estuve en Mali, para ver personalmente, junto con una delegación de importantes personalidades, la importancia del cultivo de algodón en aquel país. Ahora quiero ser una voz en el Congreso de Estados Unidos y en la cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio, que se celebrará en Hong Kong a finales de año, con el apoyo de Oxfam. Fui a Mozambique, con las secciones de Oxfam que trabajan allí, con un parlamentario español y con el presidente de la asociación de europarlamentarios por África, para examinar la importancia de la producción de azúcar. Es un caso claro en el que la política de la Unión Europea tiene que ayudar a Mozambique a desarrollar su sector azucarero, no arrebatarle posibilidades de salir de la pobreza. Como ve, son formas muy prácticas de introducir el elemento de derechos humanos.

Pero después de los años que lleva luchando por los derechos humanos y todo lo que le ha costado, ¿cómo mantiene la moral? ¿Por qué tuvo que irse de su puesto en las Naciones Unidas?

Primero le daré una respuesta seria, y luego, otra no tan seria, aunque igual de sincera. Mi inspiración es la Declaración Universal de Derechos Humanos; la visión de Eleanor Roosevelt y los demás juristas que proclamaron estos valores como un derecho inalienable de la persona, ya desde el artículo 1: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". La dignidad, antes que los derechos. Luego está el artículo 29, que no se cita lo suficiente: "Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad". Pero no hemos hecho realidad esa visión. Sobre todo nosotros, los que nos dedicamos a trabajar en favor de los derechos humanos. Hemos hecho hincapié siempre en la mitad de la agenda, que es muy importante -no a la tortura, no a los asesinatos extrajudiciales, independencia de los jueces, libertad de prensa, libertad religiosa-, todo muy importante. ¿Pero cómo es posible que los más pobres no vean que los derechos humanos son sus aliados, sus amigos? ¿Por qué los Gobiernos más pobres, que se esfuerzan por mejorar la situación de su pueblo, no ven que los derechos humanos sean una cosa positiva, sino que los consideran algo de lo que necesitan librarse? Tenemos que cambiar esa situación, y a eso pienso dedicar mi vida. Debemos destacar el derecho básico de las personas a tener comida, agua potable, salud, educación. Ésos también son derechos humanos. Los derechos humanos tienen que adoptar la agenda de la dignidad y los derechos. Dignidad, es decir, el respeto a uno mismo, la identidad cultural, todas las formas de hacer una globalización mejor.

En cuanto a la respuesta menos seria, hace poco, mi vida ha sufrido una transformación maravillosa; he sido dos veces abuela, de un niño que tiene un año y de una niña que tiene seis días. Y eso me ha dado nuevas energías, nuevo impulso. Estos niños, nacidos en Irlanda, tienen unas posibilidades fantásticas de vida. En cambio, todos los días nacen miles de niños que mueren de hambre, de enfermedades prevenibles. Me siento muy motivada.

Pero en los años que trabajó en la ONU se sintió un poco frustrada, así que al acabar su primer mandato decidió que no iba a prolongarlo. ¿Qué le hizo cambiar de opinión y seguir en el cargo?

Respecto a mi trabajo en las Naciones Unidas, los primeros cuatro años de mi primer mandato me sentí un poco frustrada, así que, al acabar, decidí que no iba a prolongarlo. Pero la gente que trabaja en derechos humanos desde la base me pidió que me quedara, y dije que estaba dispuesta a permanecer un año más, cosa que aprobó la Asamblea General. Es decir, iba a estar cinco años. Pero, cuando faltaba un año, ocurrió el terrible atentado del 11-S, y entonces vi que los derechos humanos iban a estar en peligro, que Estados Unidos y otros Gobiernos estaban olvidándose de sus valores: los presos retenidos en Guantánamo sin que su situación estuviera clara, los abusos de las leyes sobre inmigración, etcétera. Todo lo vi. De modo que los defensores de los derechos humanos volvieron a pedirme que no les abandonara, y acepté permanecer dos mandatos enteros, o sea, ocho años. Pero creo que, cuando el secretario general hizo sus consultas al respecto, se encontró con dificultades, sobre todo por parte de Estados Unidos. No quise armar ningún escándalo que pudiera comprometer el cargo. De todas formas, tenía claro que iba a ocuparme de los derechos humanos, dentro de la ONU o de alguna otra forma, y tenía muchas ideas que estoy deseando llevar a la práctica.

Desde entonces, trabajo en estrecha colaboración con mis colegas de la ONU, con mi sucesora en el cargo de Alto Comisionado, Louise Arbour, que es una buena amiga, así como con Unicef… Yo creo en la labor de la ONU; necesita una reforma, pero tiene un papel muy importante.

¿Por qué era frustrante su trabajo en la ONU?

Es un trabajo que no dispone de los recursos que necesita, en absoluto. Derechos Humanos, que era mi cometido, obtiene menos del 2% del presupuesto regular de la ONU, para toda la labor de campo, los expertos, la oficina del Alto Comisionado, las misiones, todo.

¿Era libre de decidir?

Era libre porque pensaba que el Alto Comisionado de Naciones Unidas representa las tres primeras palabras de la Carta: "Nosotros los pueblos". Por tanto, aunque los Estados miembros eran mis jefes, yo representaba a los pueblos, y nunca me dejé limitar.

Pero, por ejemplo, ¿podían prestarle menos financiación para que dejara de hacer algo?

En realidad, si dispusiéramos de más fondos, podríamos trabajar mucho mejor. Pero nunca dejé que los países donantes tuvieran todas las riendas, siempre tuve la flexibilidad necesaria para que lo importante fuera sacar adelante nuestras prioridades, aunque no pudiera hacer todo lo que quería.

Desde que dejó la ONU hasta ahora, ¿cómo ha empeorado la situación de los derechos humanos? Porque si miramos los 10 años anteriores, da la impresión de que todo eran logros; fíjese, por ejemplo, en la Corte Penal Internacional, cuando especulábamos sobre ella y decíamos: ¿Por qué los americanos no querrán suscribir la fórmula de condena a sus soldados? Y ahora… Vamos a mucha más velocidad que entonces, pero en el sentido contrario…

En Estados Unidos, la trama de los atentados del 11-S produjo la reacción de sentirse en guerra contra el terrorismo, y, en una guerra, los derechos humanos pueden salir perdiendo. Y otros países han seguido el ejemplo. Cuando trabajaba en la ONU y le decíamos a un país que no debía ampliar sus leyes de seguridad hasta el límite de colisionar con la libertad de prensa, ni llamar terroristas a la oposición política, nos respondían: "Ah, es que los criterios han cambiado, fíjense en Estados Unidos". Fue, y sigue siendo, una etapa difícil. Por eso es tan importante la conferencia de Madrid [la Cumbre sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad celebrada en la capital de España en marzo de este año], y tan necesaria. Llama la atención que en esta conferencia, en todos los grupos, se haya hecho hincapié en el imperio de la ley, se haya destacado que los actos terroristas son actos criminales, pero que la democracia debe responder con medidas de seguridad, pero siempre respetando el imperio de la ley y los derechos humanos.

¿Cree que estas reuniones, estos acontecimientos llenos de gente, sirven para algo, o sólo acallan nuestras conciencias?

Es una pregunta que conviene hacerse muy en serio. Lo que hemos intentado hacer, y yo lo he apoyado todo lo posible, es proporcionar un espacio para el diálogo, para el intercambio de ideas, y ahora hay que llevar adelante esas ideas, proseguir el debate y emprender las medidas que salgan de esta cumbre. Dentro de 18 meses habrá otra reunión para examinar lo que se haya avanzado. Confío en que la cumbre de Madrid sirva para cambiar en la práctica todos los aspectos tan complejos que implica tener más seguridad, respetar nuestros valores y luchar eficazmente contra el terrorismo.

Pero la gente es muy escéptica con estas cosas. Les hemos fallado muchas veces…

Es comprensible. Yo creo que necesitábamos la cumbre. Estoy totalmente convencida de ello. Desde el 11-S hay incertidumbre, se han rebajado los criterios en el respeto a los valores, pero es que nadie tiene una posición clara sobre la tortura, el trato a los presos… ni en cómo hacer que la gente se sienta más segura. La conferencia ha profundizado en esos aspectos, ha examinado las causas y la complejidad, los actores involucrados. No se trata de que volvamos a casa con la conciencia tranquila después de Madrid. Volvemos comprometidos a hacer avanzar el proceso, se va a actuar en todas las instancias. No es una cosa perfecta, pero creo que va a marcar una diferencia.

Hay cierto cinismo, porque, cuando salieron a relucir las fotografías de Abu Ghraib, todo el mundo se escandalizó, pero el caso es que, después del 11-S, el Gobierno estadounidense aprobó que los organismos secretos tuvieran libertad para actuar, incluso para matar, y nadie dijo nada.

Por eso es preciso que nos reunamos, que reconozcamos que somos países democráticos y que, por tanto, estamos obligados a reforzar los valores del imperio de la ley y el respeto a los derechos humanos. Es el mensaje más claro salido de Madrid, un mensaje que hay que impulsar.

Hay una cuestión un poco paradójica. Los occidentales no se han ocupado seriamente de la pobreza; se ve por la tele, se mira mientras se cena… Ahora, al estudiar los motivos del terrorismo, entre otras causas, ha salido a relucir la pobreza. ¿Podría darse la paradoja de que, gracias al terrorismo, decidan ponerle remedio?

Hay algo de eso, sí, y, en cierto modo, no me importa. Mientras haya motivación… En mi opinión, lo que se está produciendo, y que me parece prometedor, es una alianza muy amplia de gente en todo el mundo, lo que llamamos grupos de la sociedad civil, que responden al llamamiento mundial, a la acción contra la pobreza. Está empezando a ser un auténtico poder popular, que es algo a lo que los políticos hacen caso. Tengo la impresión de que este mismo año veremos a gente llevando la banda blanca que simboliza el poder popular: el 1 de julio, con ocasión de la reunión del G-8; el 10 de diciembre, ante la reunión de la Asamblea General sobre los Objetivos del Milenio, y también, coincidiendo con la cumbre ministerial de la OMC en Hong Kong. ¿Sabe? El poder popular también se está globalizando, hemos pasado de manifestaciones contra la globalización a una globalización más inspirada en los valores, más justa, que pide el comercio justo, la cancelación de la deuda, el cumplimiento de los Objetivos del Milenio, el aumento de la ayuda al desarrollo hasta el 0,7%. Creo que es un gran cambio que tendrá mucha influencia en años venideros, si podemos consolidar este poder popular. Entre otras cosas porque, como decía antes, los políticos reaccionan ante las movilizaciones públicas. Es un movimiento muy amplio, que incluye a sindicatos, grupos religiosos, incluso empresarios. Es la combinación de fuerzas más amplia de la historia, y eso es muy significativo. La gente está harta de retórica y quiere una globalización más justa.

Eso es cierto, y se ve que, en los últimos años, la ciudadanía mundial se ha globalizado totalmente.

Ha habido un factor que no sé qué influencia seguirá teniendo: el tsunami. El maremoto conmovió a la gente, porque fue de proporciones bíblicas. Afectó tanto a los ricos que estaban de vacaciones en Tailandia o Sri Lanka como a los pescadores más pobres, y la gente reaccionó con enorme generosidad, mucha más generosidad que los Gobiernos. Los Gobiernos fueron aumentando la ayuda oficial porque la gente exigía cada vez más. Fue un fenómeno muy simple, pero que, en mi opinión, devolvió cierto sentido de solidaridad a nuestro mundo. Ahora tenemos que conservar esa solidaridad a través de este movimiento de masas; vuelvo a pensar en el principio de nuestros deberes respecto a la comunidad, como parte de los derechos humanos.

Sus padres eran médicos. ¿Qué relación hay entre el ambiente que vivió en su casa con el hecho de que haya seguido este camino?

Creo que tuvo una profunda influencia, aunque tardé en comprenderlo. Yo veía a mi padre que acudía a los hogares más pobres -Irlanda era muy pobre, y nosotros vivíamos en la región más pobre, en el oeste- y que tenía un enorme sentido de la dignidad y amaba a la gente. Por muy pobres que fueran, o incultos o ancianos, siempre les trataba con enorme empatía y compasión. Era un hombre muy religioso. También estaba mi abuelo, que era abogado y siempre defendió a las personas corrientes contra los poderosos, a los pequeños arrendatarios contra sus caseros… Siempre trabajó por la justicia. A esa mezcla de empatía y compasión, de mi padre, y sentido de la justicia, de mi abuelo, hay que añadir la capacidad de organización de mi madre, que dirigía dos casas, la nuestra y la de mi abuelo, y que me enseñó que, para lograr cosas, hay que cambiar sistemas. No basta con una voz o una acción, hay que actuar dentro del sistema para cambiarlo. Además, por emplear de nuevo un tono un poco menos serio, yo crecí como la única chica entre cuatro hermanos varones, dos mayores y dos menores que yo: no tuve más remedio que aprender a luchar por mis derechos.

¿Desde el principio, usted tuvo muy claro lo que quería hacer y lo hizo?

Parece como si hubiera sido fácil, y no lo fue. En realidad, yo siempre tengo la sensación de que muchas cosas se han quedado sin hacer, muchas cosas no han salido como yo quería. Pero sí es verdad que he sido muy afortunada. He podido gozar del máximo honor posible, que fue ser escogida presidenta de mi país. Pude contribuir a dar forma a una nueva identidad sólida y moderna para Irlanda, mucho más integradora, y que es una contribución importante al mundo. He tenido la suerte de pertenecer a la dirección de la ONU y trabajar por los derechos humanos. Y ahora estoy en una situación que me permite trabajar con más flexibilidad para explicar mejor a la gente que los derechos humanos son unos derechos inalienables desde que nacemos, que necesitamos un mundo en el que haya unos derechos mínimos indiscutibles al alcance de todos. Junto a todo esto, puedo decir que tengo una vida personal plenamente satisfactoria.

¿Y ahora, qué es lo que más le interesa?

Estoy intentando trabajar con los movimientos de mujeres para abordar el derecho de las mujeres a la salud. Hemos logrado la colaboración de ministras de Sanidad y mujeres que ocupan puestos directivos, tanto en el sector público como en el privado, para centrarnos en la vulnerabilidad de las mujeres y las niñas frente al VIH/sida. Éste es el tipo de cosas que mi trabajo me permite hacer, conectar a las bases con los líderes, colaborar con las bases de los movimientos de mujeres y conseguir la cooperación de las autoridades. E intento moverme con la misma facilidad en los dos ámbitos. Admiro profundamente a las mujeres que luchan sobre el terreno frente a tantas dificultades, y trato de lograr el máximo apoyo para ellas. Para todo esto es muy útil mi experiencia de haber sido presidenta de un país, estar ahora al frente del Consejo Mundial de Mujeres Dirigentes y pertenecer al Club de Madrid. Es importante tener todos esos contactos, no por ninguna cuestión de prestigio personal, sino porque puedo utilizarlos para ayudar a las personas necesitadas, proporcionarles el apoyo y el interés de quienes tienen el poder de cambiar las cosas.

En Irlanda trabajó con el Partido Laborista. ¿Fue tal vez la única experiencia de la que no ha salido satisfecha?

Empecé como independiente en el Senado, dedicada a la educación y la liberalización de las leyes irlandesas, y me incorporé al Partido Laborista porque quería hacer más para luchar contra la pobreza y la desigualdad en nuestra sociedad. Pero encontré que el proceso político dificultaba mucho el trabajo. Tengo la impresión de que no se me dio muy bien la política de partido. Después surgió un problema con la posición respecto a Irlanda del Norte y dimití del partido por una cuestión de principios. Es complicado de explicar, pero, en resumen, me pareció que el primer acuerdo anglo-irlandés no dejaba suficiente espacio a los protestantes; una opinión que no era precisamente popular, pero me parecía que era necesario ser lo más integradores posible. Así que volví a ser independiente, salí reelegida, y el Partido Laborista me designó candidata a la presidencia. Les dije que me sentía muy honrada, pero que sólo estaba dispuesta a hacerlo si me apoyaban como candidata independiente. Creo que el hecho de que triunfara pese a ser una candidata de la minoría se debió, en parte, a que traté de ser verdaderamente independiente e integrar todos los apoyos. Si hubiera sido candidata del partido, no habría ganado. No es que no confíe en los partidos políticos, sino que tengo la impresión de que a mí, personalmente, me va más tener lazos abiertos e independientes, espero que sin perder la integridad.

Parece que la ayuda humanitaria está contaminada, que los políticos la utilizan constantemente. ¿Hasta qué punto las ONG pueden hacer frente a esto, pueden tener una estrategia, o corren el riesgo de convertirse en ejércitos?

Es un verdadero problema. La restricción del espacio humanitario, los peligros que eso supone para los miembros de organizaciones humanitarias e incluso los representantes de la ONU. Hemos dedicado un grupo de trabajo al tema. Se dijeron varias cosas muy interesantes. Es preciso que los mandatos estén muy claros. Asimismo, todas las organizaciones y todos los organismos de Naciones Unidas deben mostrarse muy firmes en la defensa del derecho humanitario internacional y la legislación internacional sobre derechos humanos. Si queremos disponer de un espacio humanitario, hay que tener claro que somos nosotros quienes debemos crearlo, y eso no siempre es fácil. Piense en Irak, por ejemplo.

Cuando murió el representante de la ONU en Irak, que era su sucesor, Sergio Vieira de Mello, ¿qué pensó?

Fue uno de los peores días de mi vida. Éramos amigos, habíamos hecho una transición amistosa, y estaba con otros dos amigos, Arthur Helton y Gil Loescher, que habían ido a verle para hablar de los refugiados en Irak. Me quedé destrozada. El único superviviente es Gil, que ha perdido las piernas, y es un hombre muy valiente. Me mantengo en estrecho contacto con él y su familia. A veces nos reunimos para recordar y honrar a los muertos, pero también hay que recordar -como sucede con los atentados en Madrid- a los que resultaron heridos, a sus familias. El atentado fue un tremendo golpe para Naciones Unidas y supuso una pérdida desoladora para mí.

Mary Robinson / LUIS MAGÁN

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