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jueves, 12 de mayo de 2005
VISTO / OÍDO

El crimen de todos

En este cúmulo de conmemoraciones de hace sesenta años está el suicidio de Hitler y su crimen contra todos en los campos, con una especial malquerencia por los judíos. Un genocidio -la palabra se inventó para él- nuevo, sobre todo por su cantidad inmensa. Suelo resistirme a creer en la personalidad única como autora. Cuando digo Franco como criminal de españoles, uso una facilidad de dicción por no citar a todos sus cómplices, militares o falangistas, monárquicos de Juan o de Francisco Javier en cada alusión. Pero nunca he creído que el ánima de la cuestión fuera una exclusiva suya o de Stalin o de Hitler. El Churchill del bombardeo de Dresde, el Truman de Hiroshima y Nagasaki, no tenían un ánima distinta aunque defendieran cosas contrarias, y eso hay que tenerlo en cuenta. Repito una y otra vez, en estos trances de las revisiones históricas, que no es lo mismo el crimen del amo que el del esclavo, y si hace un par de días alguien repetía en estas páginas que cada niño que muere de hambre es un niño asesinado me puede permitir aclarar que hasta en los tribunales hay eximentes y hay atenuantes en diversos grados, entre otras la de defensa propia. Stalin estaba metido en el desarrollo de una revolución sangrienta y en la defensa del cuerpo expedicionario, del ejército blanco, del cerco y de quienes querían pactar, o llevar la revolución por otro sitio.

Cuidado, no digo que eso fuese razonable ni justo, pero sí que si Trotski se hubiera quedado en el poder y Stalin hubiera huido, los crímenes habrían sido más o menos los mismos. Hitler no fue el primero en asesinar judíos por el hecho de serlo: quizá la Reina Católica de España, a la que se quiere beatificar, fue tan genocida como él y sentó un precedente en señalar esa raza y esa religión como culpables de todo. Es cierto que eran civilizaciones distintas y los católicos habían ganado una larga guerra contra los españoles musulmanes, contra los que también fueron rudos: parece más extraño que en la civilización actual, sabiendo lo que sabemos, habiendo trabajado las humanidades y las religiones, aparezcan Stalin y Hitler; pero no deja de aparecer Bush con su campo de Guantánamo y sus detenidos sin abogados, y sus bombardeos sobre civiles atribuyéndoles una provocación fantasmal y secundado en su declaración terrible por Blair y por Aznar. No exculpo a los grandes canallas de entonces ni culpo sólo a los de ahora: muestro ese aspecto general del horror.

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