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jueves, 12 de mayo de 2005
Entrevista:RÜDIGER SAFRANSKI | Filósofo

"Lo que se piensa siempre es distinto de lo que se vive"

Schopenhauer, Heidegger, Nietzsche y Schiller. Esa galería de personajes sirve como carta de presentación del filósofo Rüdiger Safranski (Rottweil-Würt, Alemania, 1945). De todos ellos se ha ocupado, ha rastreado sus vidas y ha destripado sus obras. Sus trabajos destacan por su rigor y por la elegancia con la que ha sabido traducir los complejos universos de semejantes autores. Safranski, además, se ha ocupado de desarrollar sus propias inquietudes filosóficas en libros como El mal o el drama de la libertad (Tusquets, 2000) o Cuánta globalización somos capaces de soportar (Tusquets, 2004). Además de algunos de sus trabajos biográficos, Lengua de Trapo ha publicado en España Cuánta verdad necesita el hombre, que reúne un puñado de ensayos sobre cuestiones y autores muy distintos. Ayer, Safranski pronunció en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dos conferencias: Heidegger y el inicio y Eros y filosofía.

"Ese problema, esa paradoja, la de crear algo sobre lo que pierdes el control, sigue estando ahora presente en nuestras vidas"

"Cuando los idealistas alemanes defendían la fuerza arrolladora de la razón, Schopenhauer se fijaba en las oscuridades del hombre"

"Está bien que en la globalización haya libertad de movimientos pero para que esto no degenere hay que inventar nuevas fronteras"

"Nietzsche no es tanto un filósofo como un gran proceso en el que están envueltas propuestas muy distintas"

Pregunta. Ahora que todo ha cambiado en el siglo XXI, ¿qué conceptos de Heidegger siguen sirviendo para interpretar el curso de las cosas?

Respuesta. A través del término Gestell [esqueleto, armadura, estructura], Heidegger se ocupó de pensar cómo los hombres habían sido capaces de desarrollar sofisticadísimos adelantos tecnológicos, sobre los que habían perdido, sin embargo, todo dominio. Ese problema, esa paradoja, de crear algo sobre lo que pierdes el control, sigue ahora presente en nuestras vidas. Las nuevas tecnologías, el átomo, la investigación genética... Se va muy rápido en todas partes, pero el hombre pierde el control sobre sus propias invenciones.

P. Y en un plano más metafísico, ¿sigue resonando su obra en nuestro tiempo?

R. Pensó sobre la vida y sobre la muerte. Sobre cómo no tenemos más remedio que seguir viviendo aun cuando no se pueda obviar el horizonte final de la muerte. Trató del miedo, del aburrimiento, de todos esos momentos en que se piensa que nada tiene sentido. Me temo que el hombre de hoy sigue teniendo estas preocupaciones. Lo interesante, en su caso, es que no pretendió dar respuestas. Su gran pasión fue la de formular preguntas.

P. Se ha criticado mucho la estrecha relación de Heidegger con el nazismo. ¿Fue así?

R. Cuando el nacionalsocialismo llega al poder en 1933, Heidegger entiende que se va a producir una gran revolución. No fue mero oportunismo, como se ha dicho, fue entusiasmo, auténtico entusiasmo. ¿Cuál fue la imagen que se hizo del nacionalsocialismo para celebrar su triunfo? En mi biografía he intentado comprender qué fue lo que lo sedujo, y creo que se sintió fascinado por el proyecto de comunidad nacional. La propuesta de una sociedad anónima terminaría siendo una comunidad nacional que camina unida para conquistar sus objetivos. Ésa es otra de las lecciones que Heidegger nos ha dado, que también los filósofos pueden quedar deslumbrados por el brillo del poder. Aun cuando defendía su distancia frente a las cuestiones de su tiempo, fue devorado por su vértigo, y defendió posturas totalitarias.

P. También se ha hecho a Nietzsche responsable de inspirar el nazismo...

R. Lo fascinante de Nietzsche es que detrás de ese nombre hay una legión de pensadores. No es tanto un filósofo como un gran proceso en el que están envueltas propuestas muy distintas. De ahí su riqueza, de ahí su peligro. Por ejemplo, la voluntad de poder. Cuando Nietzsche piensa este concepto en términos del individuo lo convierte en el principio más rotundo de soberanía de la persona. La voluntad de poder es, en este sentido, el poder de cada uno sobre sí mismo. La posibilidad de manejar tus fantasías y tus necesidades y tus miedos, de poder jugar con cuanto eres sin depender de influencias extrañas. Más adelante, cuando convierte la voluntad de poder en un concepto político, de lo que habla es del dominio de una aristocracia de elegidos. Unas cuantas personalidades eminentes que se imponen sobre todos aquellos que no lo son. Contra esta idea totalitaria de la voluntad de poder hay que reivindicar la otra: la que defendía la soberanía de cada individuo.

P. El tercer filósofo del que se ha ocupado es Schopenhauer, ¿qué fue lo que le interesó de su obra?

R. Me apasiona la época en la que vivió, la de la irrupción del idealismo alemán y del romanticismo. Schopenhauer fue su contrafigura. Cuando los idealistas defendían la fuerza arrolladora de la razón, él se fijaba en las oscuridades del hombre. Entendía que a las fuerzas biológicas no había razón que las frenara, y entendía que la forma de conservar la libertad pasaba por la negación de la voluntad. Teóricamente cuestionó la posibilidad de ser libres, pero en su vida supo buscar espacios para ejercer la libertad. Lo que se piensa siempre es distinto de lo que se vive. Afortunadamente, la vida siempre se las arregla para ser imprevisible.

P. Después de tres filósofos ha terminado recalando en Schiller...

R. Nietzsche, en una de sus perversidades, lo definía como el trompetista de la moral de Sächingen, un pequeño pueblo. Creo que es injusto. Schiller fue un gran maestro del autodiseño: ya no basta con escribir una pieza maestra, tienes que convertir tu propia vida en una obra de arte. Supo hacerlo. Estaba profundamente enfermo, pero no dejó que el dolor le estropeara su trabajo creativo.

P. ¿Por qué el mal como el gran tema del que se ha ocupado como filósofo?

R. Porque está ahí, y es el precio de la libertad. Cuando tenemos la posibilidad de ser libres, se advierte cuán ambivalente es la condición humana. Entre todas las opciones, también existen las que pueden destruirnos y son, muchas veces, las que elegimos. Por eso es necesario tener claro que el proceso de civilización no es un reto del pasado, sino un desafío que se repite cada día.

P. También se ha interesado por la globalización...

R. Está bien que en la globalización haya libertad de movimientos y que no existan fronteras, pero para que esto no degenere hay que inventar nuevas fronteras. La gente se traslada de un lado a otro, pero debe integrarse allí donde llega. Y en cuanto se trata de la integración surge la necesidad de establecer normas, reglas, límites. Ahí está, también, el mercado global, pero si no se crean contrapesos en el mundo político y social, la dinámica económica sin control alguno puede devorarlo todo.

El filósofo alemán Rüdiger Safranski, ayer, en Madrid. / ULY MARTÍN

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