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domingo, 24 de abril de 2005
COLUMNA

Exijo el último momento histórico

Los actuales censores y represores del lenguaje se pasan la vida protestando por cualquier "incorrección política" y proponiendo alternativas tan cursis como ignorantes. Una de mis favoritas recientes se la he visto glosar hace unos meses a mi antiguo compañero Pérez-Reverte: no sé qué comisión de Comisiones Obreras predica desterrar para siempre la palabra "lector", por intolerablemente sexista, y su inmediata sustitución por la breve, económica y evocativa frase "persona que lee". En vez de perder el tiempo y las escasas células grises que poseen con estas interminables majaderías, los policías lingüísticos podrían dedicarse a detectar los vicios periodísticos más cargantes y en cierto sentido más dañinos, porque a menudo acaban calando, dejan inservibles los vocablos y las expresiones y deforman la realidad. Y ya que nadie señala tales vicios, ni los periódicos con pomposo "libro de estilo" recomiendan a sus redactores abstenerse de ellos, empezaré por ocuparme hoy de tres. Son de los que más me irritan y de los más extendidos.

Se habrán fijado ustedes -personas que leen- en que ahora casi todo es "un hecho" o "un momento histórico". Basta, por lo menos, con que algo se dé por primera o última vez para que el locutor o periodista de turno -y tras ellos toda la masa repetitiva y mimética de que hablé hace una semana- se apresuren a calificarlo así, sin caer en la cuenta de que, en el sentido en que ellos emplean el adjetivo, todo es histórico y -como suelen añadir, otro topicazo, una cantinela- "irrepetible". Porque no se limitan a considerar "un hecho histórico" la muerte del Papa (pase; aunque antes que Wojtyla hayan muerto ya otros doscientos sesenta y tantos, con mucho más sosiego y menos histeria), sino también que el futbolista Raúl no esté por primera vez entre los titulares del Madrid, o que actúen por última juntos los ex-marido y ex-mujer Cruise y Kidman, por poner un par de ejemplos. Y lo de los "hechos y momentos históricos" ha calado de tal manera en las nada reflexivas muchedumbres de nuestro tiempo, que acaba siendo lo que en verdad las impulsa a tomarse molestias sin cuento, correr, viajar, gastarse el dinero, hacer colas inhumanas, pasar apreturas, arruinarse en fotos y robar alfombras a tijeretazos, con tal de poder luego decir: "Yo estuve allí y entonces", como tantos millares. Da lo mismo que sea tirarle una instantánea al pobre cadáver expuestísimo del Papa -raro respeto por su principal muerto el que ha mostrado la Iglesia- que al edificio Windsor en llamas o reducido a escombros; echarle un vistacillo a la Princesa de Asturias con su título aún fresco que admirar la bajada del autobús de Beckham en esta ciudad o en aquella. Claro que todo es "histórico"; hasta este momento en que las personas que leen lo que yo he escrito en otro momento también "histórico", faltaría más. En cuanto a lo "irrepetible", lamento recordar a esas personas que lo son todos y cada uno de los segundos de nuestros míseros días. Los buenos y los malos: todos.

Otro insufrible vicio es que, en cuanto muere alguien importante, en el campo que sea, la prensa y las televisiones corren a proclamar la desaparición del "último gran actor", o "el último monstruo de la batuta", o lo que sea en cada caso. Pero es que al cabo de unos meses, cuando muere otro "grande", vuelven a titular de la misma manera. ¿No habíamos quedado en que era Karajan el último de la batuta? ¿Y por qué ahora lo es Sinopoli? Si fuera dueño de un medio, despediría al instante a quien calificara de "último" a nadie. No sólo por hartazgo, sino porque la impresión que todos esos "originales" acaban dando es que en el fondo desean que ya no haya más "grandes" de nada y que no destaque nadie. Es como si en esos titulares, incongruentemente repetidos, hubiera implícitas dos palabras de alivio: "por fin". Por fin nos hemos librado del último excepcional, por fin viviremos tranquilos con nuestra mediocridad deliberada.

El tercer vicio es achacable más a los políticos y a las agrupaciones que a la prensa misma. Se habrán percatado ustedes de que hoy todo el mundo "exige" las cosas, por lo general a quien no puede. Ya nadie pide, solicita, recomienda, no digamos implora o ruega. Todos "exigen" siempre. Lo más cómico y grave a la vez es que, o desconocen lo que significa ese verbo, o son lunáticos todos. Uno sólo puede exigir cuando tiene fuerza o autoridad para ello, es decir, en contadísimas ocasiones. "Exigimos a ETA …", se oye a menudo. Y qué más quisiéramos que estar en condiciones de hacerlo. "Exigimos al Presidente …", cuando en principio él no recibe órdenes. Pero la demencia empezó, no crean, hace ya tiempo: he oído contar a mi padre cómo escuchó a un político argentino idiota, cuando agonizaba Eva Perón, en los años cincuenta, exclamar públicamente: "Pedimos a Dios, le exigimos la salud de la señora de Perón". Pues ya lo ven, hoy en día, peronistas todos.

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