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sábado, 23 de abril de 2005
Tribuna:

Gratitud

Estamos de enhorabuena. Al elegir a Joseph Ratzinger como nuevo papa, el cónclave no nos ha defraudado a los defensores del laicismo. Es difícil encontrar un aliado más activo, un colaborador más leal a nuestro propósito. Comprendo que los administradores políticos netamente de izquierda se duelan de la elección. Es decir, tengan miedo de tener problemas. Se va monseñor Rouco y llega por elevación el prefecto del ex-Santo Oficio, ahora Congregación para la Doctrina de la Fe, vulgo Santa Inquisición. Aquí, entre nosotros, la iglesia católica siempre ha sido levantisca y dada a la movilización en defensa de sus privilegios económicos, sociales y políticos, como se decía antes. Que si el divorcio, que si el aborto, siempre la educación, ahora la eutanasia o el matrimonio de los homosexuales y su derecho a adoptar hijos... Al fondo su ventajismo financiero, los acuerdos con la Santa Sede y la oscura memoria de la Cruzada, aquellas cruces en los muros de todas las iglesias con la lista de los nombres de los "mártires" bajo el arco formado por las palabras "Caídos por Dios y por España". Porque se cumple la regla: cuando se debilita, todo es pedir la protección de la libertad instituida; cuando es fuerte, todo es querer avasallar la de los demás y convertir en delito, o no proteger con el derecho, lo que sólo para sus fieles es pecado.

Dicen que desde el mismo nombre elegido, Benedicto, se manifiesta su voluntad de re-evangelizar Europa. Insisto, estamos de enhorabuena. El océano de dogma que se nos viene encima, la nueva vuelta de tuerca en el proceso de retour à l'ordre no puede sino redundar en una deserción despavorida del magisterio de la iglesia romana, en una merma de su influencia. No importa la obsesión de TVE por constituir como noticia central lo que en un estado aconfesional merece ocupar unos minutos en los telediarios, quizá algún programa de debate con expertos invitados. No importan las masas concentradas en la plaza de San Pedro. De siempre las masas reunidas han producido un engañoso efecto plebiscitario, pero son más los que se quedan en casa.

Dicen que Europa se seculariza, que la mano que mece la cuna de la cristiandad se debilita. ¿Pero la cuna del cristianismo no es asiática? Así llamaba Juliano el Apostata a los cristianos, asiáticos. Sea como fuere ¿Evangelizar de nuevo Europa de la mano de Benedicto XVI? No parece posible detener al viejo topo que orada convicciones y autoridades. Y hoy los dientes de ese topo roedor son los incontables divorcios, millones de píldoras del día de después o de abortos elegidos, las parejas de hecho sin cuento, las opciones sexuales más imaginativas e inimaginables, la imparable deconstrucción y reconstrucción propia de las mujeres, el disgusto ante la jerarquía externamente impuesta, los millones de inmigrantes con otras creencias o simplemente ateos, la progresión de éstos... La firmeza dogmática del nuevo papa excluye no sólo a cantidades ingentes de fieles de la comunión, también a los ciudadanos que no quieren sino decidir cómo vivir y morir: sin agobios, alegremente, disfrutando a su aire. La concepción de la vida de las gentes en Europa ya no es mayoritariamente sacrificial, se han desentendido de la mística del dolor, por eso los suicidas de otras religiones nos causa, además de rechazo, auténtico estupor.

Por decirlo con sus propias palabras en la misa pro eligendo romano pontifice: sí, el yo y sus deseos es la vara de medir. Y después, conciliamos, pactamos, nos damos reglas, las instituimos y, además, innovamos y renovamos los acuerdos. Todo ello para hacer posible el despliegue del yo y la satisfacción de sus deseos, lo cual también supone -se le olvidó decirlo a Benedicto XVI- considerar sus necesidades. Desde nosotros mismos y para nosotros mismos. Porque no hay un orden eterno y verdadero, sino muchas construcciones históricas, locales y variables, muchas ficciones útiles para organizar la experiencia propia. Unos concuerdan en unas, otros en otras, otros aún hibridan éstas y aquéllas. Todos pugnamos por que prosperen las que nos son más simpáticas. Sugerimos, proponemos este orden, mejor, estos órdenes, y no aquéllos, pero sabemos que siempre habrá muchos, que aquél del que participamos sólo es uno que otros no prefieren. Ése es el temido relativismo que, en cuanto puede, fustiga el papa.

Sí, vengan a evangelizar a la plaza, al foro, al ágora. Pero sin privilegios, no desde la escuelas, sino desde las parroquias, desde la catequesis. Que vengan los nuevos misioneros a decirnos que su religión y su código moral son los únicos verdaderos. Que venga a decirnos el papa que él es el único intérprete autorizado de un orden natural inscrito en la creación. Porque la risa es la cosa más contagiosa. No he visto augurio más demoledor que el comentario de dos jóvenes, con sus cervezas, poco después de la noticia: "Dicen que han elegido a Ratzinger Z". Que brame contra la modernidad, pero en tiempos en los que eran mucho más poderosos y las gentes menos instruidas no pudieron parar ni la ciencia moderna, ni la separación del poder político de la iglesia, ni la multiplicidad de creencias, el avance del agnosticismo y el laicismo, tampoco las formas democráticas de gobierno, la sucesiva incorporación a la ciudadanía de pleno derecho de nuevos sectores de la población... Cualquiera de estos aspectos supuso en su tiempo ganas de vivir de otra manera, imaginación, arrojo y mucho tesón. Cuando la iglesia los aceptó, la partida estaba jugada y ella, como institución, no había ayudado especialmente a ganarla. Es más, los pioneros siempre recibieron el anatema, su ira si no su pira, desde luego no su amor. Ayer unos retos, hoy otros. ¿La identidad europea? Está hecha de esas hebras. De muchas, como la libertad.

Nicolás Sánchez Durá es profesor del departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento de la Universitat de València.

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