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jueves, 7 de abril de 2005
Crítica:JUEGOS

Máquina de destrucción masiva

En un entorno selvático como escenario real, el equipo de Hideo Kojima ofrece uno de los mayores espectáculos 3D que ha dado PS2

Sólo Hideo Kojima ha sido capaz de unir carisma y enemigos. Es la última entrega de Metal Gear Solid en la que participa, pero ha repetido y superado la fórmula original. En toda la saga, desde que apareció en el 1987 en MSX en dos dimensiones y 16 colores, la atmósfera en que se sumerge al jugador despierta empatías con el protagonista y profundo odio hacia los responsables de hacer el mal. Incluso la máquina de destrucción masiva, que no deja de ser eso, un robot y encima virtual, llamada Metal Gear recibe las iras y el desprecio sentido de quien se enfrenta al reto. Kojima y su equipo (Yoji Shinkawa en el diseño de personajes, Harry Gregson-Williams a las partituras y Motosada Mori como consejero militar) consiguen una comunión creativa que arrastra a millones de seguidores tras las aventuras del agente infiltrado Snake.

Metal Gear Solid 3: Snake Eater

Desarrolla: Konami

Distribuye: Konami

Plataforma: PlayStation 2

Género: Acción

Recomendado:

Mayores de 16 años

Precio: 60 euros

www.metalgearsolid.com

La historia en Metal Gear Solid 3: Snake Eater precede a todas las entregas anteriores y quien la protagoniza no es otro que Big Boss, soldado original desde el que se clonó a Solid Snake. En plena guerra fría durante los años 60 el científico ruso Sokolov ha sido secuestrado para que construya contra su voluntad el primero de los Metal Gear, que en esta ocasión recibe el nombre de Shagohod. La acción vuelve a un escenario original de la serie: la selva. No es fruto de la casualidad, si no del capricho de Konami para llevar a la máquina de Sony a la máxima cumbre visual que es capaz de alcanzar antes de que llegue la tercera generación de PlayStation.

Técnicas de representación 3D jamás utilizadas se invocan para dotar al título de un poco más de realismo. Destaca el mapeado de entorno aplicado a los personajes, que se utiliza de forma original para jugar con las sombras que recibe el cuerpo de éstos. Frondosa, húmeda, oscura y cegadora a la vez, así es la jungla de Kojima. Un escenario perfecto para llevar a cabo las tareas de infiltración y supervivencia.

Jack, nombre real de Snake Eater, debe alimentarse bien con aquello que la madre naturaleza le ofrezca. No puede iniciar la misión cargado con una enorme mochila de provisiones, con lo que será necesario cazar peces, pájaros, cangrejos, conejos e incluso serpientes para no morir de inanición. La fruta y las provisiones de los campamentos enemigos sirven también para saciar el hambre.

La supervivencia pasa también por recoger aquellas plantas medicinales que en el futuro le puedan servir para curarse una infección o cortar una descomposición inoportuna. Las posibilidades de diagnóstico y autocuración son variadas, llegando a extremos como tener que practicarse una dolorosa extracción de bala. Hay que ir con cuidado con las plantas venenosas, útiles para preparar armas pero letales en caso de ingestión.

En el campo de la infiltración hay que convertirse en el hombre invisible, ya sea eligiendo el traje de camuflaje ideal para cada ocasión o disfrazándose de algo que pase totalmente desapercibido. Existen uniformes específicos para la selva, marrones para zonas rocosas, batas de investigador ruso y si en la aventura no se da con el ropaje deseado, siempre se puede bajar de Internet.

Nada mejor que no levantar sospechas para acercarse a los objetivos y enfrentarse a los soldados totalmente desprevenidos. Con estas técnicas se puede llegar hasta soltar el aliento en el cogote del enemigo sin que éste se percate de nuestra presencia.

En ese momento entra en juego otra novedad, el Close Quarter Combat, una serie de movimientos de ataque a corta distancia y que sirven para rebanar un cuello o para sacar información del guardia de turno.

Se trata de la última joya con el sello Kojima.

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