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martes, 29 de marzo de 2005

Arrabal se sumerge en la obra de Houellebecq

El libro se centra en el interés que comparten los dos escritores por los temas científicos

Michel Houellebecq puede presentarse a las cuatro de la madrugada en el domicilio parisiense de Fernando Arrabal. Para beber una copa, la última, siempre la última. Para tocar el piano a cuatro manos. Para hablar de ciencia. "Nos une el interés por la ciencia", dice el dramaturgo y cineasta español, que ahora publica en España un libro sencillamente titulado ¡Houellebecq! La ciencia, el piano y el vino no es, sin embargo, lo único que comparten.

"Los dos tenemos la esperanza de que el mundo por venir ha de ser mejor y los dos hemos nacido en África, yo en Melilla, Michel, en la isla de la Reunión. No tenemos raíces, sino piernas", explica Arrabal. El entusiasmo por la ciencia puede manifestarse de forma poética: "Las matemáticas fractales sirven para calcular en un volumen geométrico el espacio que ocupa una nariz o una nube", asegura Arrabal a partir de las teorías de Benoît Mandelbrod, de la misma manera que la llamada "teoría de los conjuntos" le sirve tanto para explicar por qué los políticos crearon Yugoslavia como el porqué de que dicho país haya estallado. "Dos y dos no son cuatro. Cuando sumas dos peras y dos manzanas no obtienes cuatro manzaperas".

La complicidad entre los dos artistas se hizo pública el 17 de septiembre del 2002, cuando un Tribunal juzgó en París a Houellebecq por unas declaraciones que se consideraron insultantes para el islam, una religión cuya influencia represora el escritor francés combatiría "bombardeando con minifaldas los países en que domina. Las minifaldas serían más eficaces que los misiles. El eslabón débil de la sociedad musulmana es el sexo débil". El tribunal declaró inocente a Houellebecq, que recibió el testimonio favorable de Arrabal, que acudió ante el juez en tanto que experto y antiguo acusado de blasfemia por la justicia franquista. "Le dije lo que Beckett declaró en mi descargo: 'Es mucho lo que tiene que sufrir el poeta para escribir, señor juez, no añada nada a su propio dolor".

Houellebecq vive en la actualidad en el sur de España. "Michel se interesa mucho por la hipótesis de un enriquecimiento del cerebro gracias al ordenador. Y quiere creer en la clonación". Esa posibilidad, la de fabricar mejores humanos gracias a la ciencia, era la conclusión de su novela de tesis, Las partículas elementales. "Pienso que nuestra especie podría transformarse en otra inmortal gracias a la regeneración que permitiría la clonación. La verdad y la belleza seguirían siendo los mitos del arte y la ciencia, pero sin el dardo de la vanidad o de la urgencia", le dice Houellebecq a Arrabal en el transcurso de una conversación que reproduce el libro que ahora publica la editorial Hijos de Muley-Rubio y que recoge textos inéditos, pero también otros ya publicados en revistas y diarios.

El positivismo, tal como lo desarrolló Auguste Comte, es para Houellebecq la mejor explicación del mundo y una utopía vivible, una religión sensata. "Comte piensa que el mundo no puede vivir sólo con dos grandes valores, la libertad y la igualdad, y por eso se inventa una religión para descreídos, el positivismo", explica un Arrabal que admite "tener nostalgia de cuando era creyente" y se interroga por las conversiones de cierta gente: "Las víctimas de secuestro, por ejemplo, que parecen haber redescubierto a Dios en el transcurso de su cautiverio, como si se hubieran replanteado de nuevo la apuesta de Pascal. O Paul Claudel, que entró ateo en la catedral de Notre-Dame y salió de ella creyente. Con Michel coincidimos en que si el mundo hubiese leído el Dostoievski de Los poseídos nos hubiéramos ahorrado a Franco y a Hitler". En definitiva, bajo su disfraz de irremediables escépticos y pesimistas, Arrabal y Houellebecq siguen siendo cándidos escritores.

Fernando Arrabal, en primer plano, y Michel Houellebecq, en la casa parisiense del primero. / DANIEL MORDZINSKI

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