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miércoles, 2 de marzo de 2005
COLUMNA

Uruguay

Ahora ya hace mucho tiempo que miles de uruguayos vuelven a su tierra y se encuentran la luz encendida, pasean por sus calles sin temer que la sirena de la policía sea otra cosa que el aviso de una ambulancia, buscan libros viejos en lo de Linardi, toman carne sin miedo en los bares abiertos que consiguen su mejor mercancía allí donde aún hay novillos precoces, y, en fin, disfrutan de uno de los países más bellos, tranquilos y cultos de la tierra. Para que pase eso, para que vuelva a pasar, para que Uruguay sea un cielo azul que pasa, ocurrió sobre ese país un calvario y luego un convencimiento: nunca más aquel desastre moral, aquella persecución que la dictadura militar y cenicienta hizo sufrir a la sociedad civil más civilizada del mundo. Los uruguayos inventaron la silla para descansar en el trabajo cuando ése era un derecho lejano todavía, le dieron antes que nadie la libertad de votar a las mujeres, se constituyeron, pues, en una referencia y también en una esperanza, y fueron siempre una metáfora contra cualquier esclavitud. Vinieron años más duros que hicieron añicos la libertad misma, y hay películas y, más que eso, evidencias que ponen los pelos de punta aún hoy, cuando aquella negrura es sólo el pasado, el horizonte inverso de un paisito que siempre fue grande, y sobre todo lo fue cuando le hicieron sufrir. Cuando evocamos Uruguay siempre nos viene a la memoria aquella canción que nos cantaba José Larralde cuando aún estaba sobre Montevideo la nube babosa de los dictadores: "El Uruguay no es un río, es un cielo azul que viaja...". De allí nos vino, entorpecida aún por nuestra propia dictadura, la imagen de un país que vivía del peor modo la condorización salvaje por la que ahora parece que empiezan a pagar los que hicieron de su viaje por la política la peor carnicería. Lo que estos días sucede en el Uruguay en paz es un alivio que la historia hace pasar por encima de la frente cansada pero feliz del paisito del que ya la gente sólo se va porque puede volver, sin que haya detrás un hacha cortándole la libertad o el resuello. Y la luz está encendida, y no es para un interrogatorio.

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