Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

Las huellas de la historia

El Libro de los pasajes, legado intelectual y estético de Walter Benjamin, se edita completo por primera vez en España. Un documento historiográfico del siglo XX donde el pensador alemán concluye, por ejemplo, que la filosofía marxista de la historia ha llegado a un callejón sin salida y que el optimismo burgués del XIX eliminaba la conciencia del material histórico como una catástrofe.

Flaubert había previsto -y había acumulado innumerables materiales con este fin- que su novela Bouvard et Pécuchet (edición póstuma, 1881) acabara consistiendo sólo en un extenso prólogo narrativo a una segunda parte de la obra, mucho más vasta, en la que se habría reunido la serie más heterogénea y disparatada de pasajes leídos por los dos protagonistas de ese libro, sacados mayormente de la historia de la literatura y el pensamiento francés. Como es sabido, Flaubert no llegó a culminar este fabuloso proyecto y sólo algunas ediciones han aventurado una aproximación a ese confuso magma de citas y referencias, fragmentos y pasajes, básicamente concebidos como una "crítica", en un sentido seudokantiano, de la estupidez humana. En la trastienda ideológica de Flaubert se hallaban, como dos polos opuestos, la ascensión imparable de la burguesía francesa durante el Segundo Imperio -con sus grandes reformas urbanísticas, su poderoso utillaje económico-financiero y su desbordada tontería- y las propuestas utópicas de algunos de sus contemporáneos, las mismas que despertaron la imaginación futurista de un Julio Verne.

LIBRO DE LOS PASAJES

Walter Benjamin.

Traducción de Isidro Herrera, Luis Fernández y Fernando Guerrero

Akal. Madrid, 2005

1.104 páginas. 93,60 euros

Para Benjamin cualquier fenómeno histórico debía aspirar a una teoría coherente

El Libro de los pasajes es el monumento historiográfico más importente de la modernidad

MÁS INFORMACIÓN

Pues bien: no es casual que la novela póstuma de Flaubert fuera uno de los libros de cabecera de Walter Benjamin (1892-1940): la mejor prueba de esta rendida admiración del filósofo alemán por el novelista normando se encuentra, dentro del amplio conjunto de su obra, en el llamado Libro de los pasajes, en lengua original Passagen-Werk, título éste que posee un cariz artesanal que queda diluido, en gran medida, en el concepto de "libro". Benjamin trabajó en este proyecto en dos etapas: entre 1927 y 1929, en suelo alemán, y luego, en el exilio de París, entre 1934 y poco tiempo antes de su muerte accidental, acaecida en 1940. Muchos de los trabajos que Benjamin escribió durante este periodo de su vida, algunos incluidos en esta edición del Libro de los pasajes -como el exposé París, capital del siglo XIX-, y otros no, como La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica o sus ultimísimas Tesis sobre filosofía de la historia, acusan la impronta teórica que animó, desde el principio y con ligeros cambios de orientación, la fabulosa empresa de los Pasajes.

Las dos ideas que Walter Benja-

min había alcanzado ya a finales de los años veinte -ideas que presiden nuestro libro de hoy de arriba abajo- fueron, por un lado, que la filosofía de la historia derivada del marxismo había llegado a un punto sin salida al encontrarse falta de una sólida fundamentación teórica (algo de lo que se derivaba un panorama verdaderamente turbio para toda vindicación revolucionaria); y, por otro, que el optimismo burgués del siglo XIX -nunca mejor expresado que en la Francia de Napoleón III- borraba de golpe y porrazo, por los efectos de su propia "iluminación" (el carácter deslumbrante y enormemente seductor de la mercancía fetichizada), la posibilidad de una conciencia de todo material histórico como suma de escombros y desolación, es decir, como catástrofe. En expresión del propio Benjamin, era necesario percibir los "monumentos" de la burguesía, y todo documento histórico, como un edificio en ruinas, incluso antes de que llegara a desmoronarse, si se pretendía dar cuenta fiable de los procesos de la historia.

Este extremo es el que mejor explica la rara estructura del Libro de los pasajes; pues la obra está compuesta, como se ha dicho, de algunos textos con visos sistemáticos, pero sobre todo de una ingente cantidad de fragmentos parecidos a cascotes: la mayoría ajenos -entresacados de las lecturas de Benjamin en torno al fenómeno de la modernidad parisiense- y propios los menos, como un destilado teórico que a veces anticipa, a veces glosa, alguno de esos pasajes literarios. La propia fragmentariedad del Libro de los pasajes es emblema de esa gran fase última del pensamiento de Walter Benjamin, para quien cualquier fenómeno histórico debía aspirar a un constructo teórico provisto de coherencia, pero sólo luego de haber sido analizados los pormenores y los detalles más pequeños que constituyen la base material de toda civilización: no sólo los famosos pasajes comerciales de París -símbolo condensado, a su vez, de la iluminación y la fetichización aludidas más arriba-, sino también los grandes almacenes, la moda, los anticuarios, los coleccionistas, las catacumbas, el aburrimiento (tema baudeleriano por excelencia), las barricadas (restos de la Comuna de París), la construcción de grandes vías férreas, los establecimientos termales, la figura del flâneur, el juego, las casas de prostitución, los espectáculos panópticos en boga entonces, las más diversas formas de expresión artística, el alumbrado público, la mezcla de utopistas y marxistas que auguraban por entonces el porvenir, la bolsa, los autómatas, el caricaturismo (Daumier), al arte de la litografía, la ociosidad o la sabia institución de la francesa Escuela Politécnica.

El análisis de todos estos te-

mas (a veces la pura transcripción de pasajes literarios o ensayísticos referidos a ellos) habrían actuado, para Benjamin, no como piedras miliares, sino como los más básicos ladrillos cuya articulación o superposición llegan a levantar un edificio entero. En el caso que nos ocupa, y en el mejor de los supuestos, Benjamin se habría limitado a preparar el mortero que habría ofrecido aguante y estructura a ese enorme amasijo de particularidades; de modo que el universal-histórico que pretendía desentrañar y teorizar (en este caso, la apoteosis de la burguesía durante la segunda mitad del siglo XIX en Francia) se alcanzara por los meros efectos de la articulación de nimiedades, síntomas, pedazos y faits divers. Todas estas minucias, como metáforas y sublimes cristalizaciones, acabarían de dar luz a la totalidad que Benjamin deseaba caracterizar. Se trataba de "edificar las grandes construcciones a partir de los más pequeños elementos", en palabras suyas. El lector, pues, no deberá extrañarse al encontrar, aislada entre ese verdadero montón de documentos, datos, hechos y rarezas, una teoría de "la mirada a través de la ventana" (más allá del poema de Baudelaire), el carácter efímero tanto de los libros como de las camisas (a partir de una cita del Balzac, de Curtius), la extraña pasión por la acumulación de bibelots en las estanterías de las casas burguesas, el origen de la publicidad y de las llamadas, en francés, "columnas de Morris", el cambio en las costumbres que supuso la iluminación de las calles de París, la diferencia "política" sustancial entre el adoquinado y el macadam, e incluso hipótesis que parecen del todo descabelladas, como que la moda de pasear tortugas por las calles de París, en 1839, señaló el inicio del aburrimiento que se convertiría en tema predilecto de los autores de la década de los cincuenta, o anécdotas que parecen del todo intempestivas, como la de aquel célebre neurólogo de París que recibió, un día, la visita de un hombre que se sentía atrapado por el tedio, o mal-du-siècle: "No tiene usted nada grave", le dijo el médico tras un prolijo reconocimiento. "Distráigase. Vaya a ver al cómico Deburau [que actuaba por entonces en París] y verá la vida con otros ojos". A lo cual respondió el paciente: "Pero doctor, ¡yo soy Deburau!".

No hay duda de que el último

Benjamin tenía un asidero intelectual de primera e insoslayable magnitud en su peculiar visión del judaísmo; pero, en el polo no opuesto sino complementario -"actualizado", se diría- del mesianismo benjaminiano existía la firme convicción de que una filosofía de la historia cuasi religiosa como la que él deseaba alcanzar, tenía que pasar forzosamente por el análisis de lo más concreto. Enfrentándose al mismo tiempo con el idealismo histórico (Hegel, pero también Marx, a su juicio) y con el historicismo positivista, intentó presentar la historia del siglo XIX no como una construcción abstracta, sino como el comentario casi talmúdico de una serie infinita de realidades muy menudas.

El Libro de los pasajes es, en este sentido, el monumento historiográfico más importante que haya ofrecido el ya largo episodio de la modernidad para disipar el gran sueño del capitalismo y neutralizar la reactivación de las fuerzas míticas que éste ha conllevado; en otras palabras, un testamento intelectual cuya validez dependerá, precisamente, de la potencia aparentemente imparable de la civilización en la que todavía vivimos. Lo que está en juego, hoy más que en pleno siglo XIX, es la idea misma de progreso, que Benjamin entendió en este libro, quizá siguiendo a Schopenhauer, como "una fantasmagoría de la historia en la que los hombres se condenan"; es decir, como un infierno. No sabemos hasta qué punto Benjamin aceptaría, en nuestros días, que esta fantasmagoría se ha metamorfoseado en la más pura realidad, y que aquello que él había definido como "dialéctica en reposo" se ha transformado, a lo mejor, en un enorme reposo (o adormecimiento) sin dialéctica posible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de febrero de 2005

Más información

  • Walter Benjamin