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sábado, 29 de enero de 2005
COLUMNA

Valores solidarios

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Hay momentos en que la sustitución de los valores morales de inspiración cristiana por otros de carácter estrictamente laico muestra sus notorias deficiencias, deficiencias que sería necesario erradicar si, como parece, el futuro exige la asunción de unos valores que toda la ciudadanía pueda compartir, más allá de creencias religiosas, políticas o filosóficas diversas. La solidaridad aspira desde hace décadas a sustituir en la conciencia colectiva a la caridad cristiana. Ese proceso se ha hecho imponiendo a los valores cristianos una connotación peyorativa. Por eso hoy se ve la caridad como una acción frívola e inconsecuente, un modo de consolidar la estructura social generadora de injusticias. Frente a ello, se inviste a la solidaridad de todas las virtudes: compromiso personal, coherencia y eficacia.

Quien tiene un mal concepto de la caridad la materializa en esa sexagenaria ricachona que deposita una moneda en la mano del mendigo situado a la puerta de una iglesia, olvidando que ese mismo impulso caritativo mueve a mucha gente a consagrar su vida entera a los demás, o que la verdadera caridad no pasa por una jerarquía entre el que ayuda y el que es el ayudado, sino por una fraternal igualdad entre los dos. Pero esta batalla ideológica, que el cristianismo ha perdido definitivamente frente al pensamiento laico, no es el motivo de este artículo. La prueba de cómo se ha manejado la eficacia connotativa del lenguaje es que hoy nadie pide caridad (todos nos sentiríamos humillados si lo hiciéramos), pero sí nos consideramos con derecho a pedir solidaridad. De hecho, se pide con desparpajo, con soltura, incluso con un claro tono de exigencia. Lo que ocurre es que la cultura laica, en el fondo, reproduce valores íntimamente cristianos, y por ello el impulso que desata la solidaridad no es diferente del impulso originario de la caridad cristiana: la solidaridad requiere, sobre todo, un movimiento interior, una conmoción ética que transforme al individuo. La solidaridad, más que exigencia, es una autoexigencia; supone una transformación íntima que busca comprender al otro, ponerse a su lado e incluso asumir su misma suerte.

Es curioso, sin embargo, que la fragilidad de este nuevo universo moral se corrompa de inmediato, y degenere de forma mucho más profunda a la degeneración que supone, para la caridad cristiana, las inútiles monedas dadas a la puerta de un templo. La solidaridad también reclama un cambio interior, pero hoy muchas veces se convierte en una mera presión externa. Hay gente que reclama solidaridad a gritos, a cachetes. Hay gente que pasa lista en las manifestaciones solidarias, que ordena a los demás ser solidarios y que pone cada vez más lejos el verdadero móvil de la solidaridad: la transformación íntima, personal, del sujeto que la proporciona. No hay solidaridad a golpe de paraguas ni a golpe de decreto ni a golpe de acusaciones proferidas en rueda de prensa. No pide solidaridad quien te llama asesino o te insulta o te desprecia. No pide solidaridad quien insulta incluso a quienes han padecido sufrimientos similares a los suyos.

La solidaridad es un acto moral que realiza el que la ofrece, pero no un botín político que se embolsa el demandante. Pedir solidaridad es una demanda ética, pero no una reivindicación sindical. Ignorar esto es ignorarlo todo. Dan pena los que exigen solidaridad hasta el paroxismo pero imponen luego al aspirante a solidario una total identificación con sus ideas, sus proyectos y sus fines. Dan pena los demandantes de solidaridad que se la regatean a seres que han sufrido tanto como ellos. Da pena tanta exigencia de solidaridad que se resuelve en pasar lista, en delatar ausencias, en apuntar con el dedo, en gritar a ciertos concentrados. Ha habido policías de la solidaridad, pero ahora hay hasta gamberros de la solidaridad. Y esta actitud puede mover a que muchos, amedrentados, hagan algún gesto visible, pero poco tendrá que ver con conseguir que su corazón se mueva un ápice a favor de quienes la exigen de ese modo.

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