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Reportaje:

El tenor que no sabía silbar

Juan Diego Flórez es el nuevo héroe de la ópera: le consideran el mejor cantante belcantista del mundo. La belleza de su voz y una técnica inigualable le han convertido en una estrella. Estos días demuestra su arte en el Teatro Real de Madrid con 'El barbero de Sevilla'. ¿De dónde ha salido este peruano de 32 años al que Pavarotti un día señalara como el heredero?

Después de revisar su agenda de conciertos hasta 2010, parece que la mayor tragedia de Juan Diego Flórez se trata, más que de una pesadilla de cinco años de aeropuertos y hoteles, de la imposibilidad de volver a cocinar. Cinco años de aire acondicionado. Cinco años de entrevistas para el dolor de garganta. Cinco años cantando lejos de la casa propia. No debe de haber más seres humanos en escena con un futuro tan comprometido. Ahora, Flórez es un cantante de ópera que trepa a los aviones como taxis. "A veces ya no sé dónde estoy", me dijo una tarde en casa de su madre. Ahora la ilusión más doméstica de este ex niño de padres divorciados es tratar de inventar un clima familiar cada vez que aterriza. Cocinar caucáu. Ir a la playa Chepeconde. Decorar su casa en Barranco. En estos tiempos posteriores a los Tres Tenores, en que las ovaciones de pie se están volviendo una engañosa costumbre, él sólo quiere sentarse en paz a ver un partido de fútbol mientras algunos bienintencionados críticos se ocupan de nombrarlo el cuarto tenor. Pero hay quienes no creen en comparaciones, y le están construyendo un altar de elogios a quien es el primer fenómeno de la ópera del siglo XXI. Un tenor cuyos fanáticos fletan autobuses para perseguirle por toda Europa y que ha hecho girar el cuello de un nuevo público hacia los teatros más aristocráticos del mundo.

Juan Diego Flórez es uno de esos cantantes a quienes no basta escuchar, sino a quienes hace falta ir a ver, y esto le acerca con peligrosidad a una estrella pop. Se necesitan orejas con párpados para disfrutar de su intensidad dramática en escena. Se necesita algo más redondo y tierno que un CD. Fui a verle entonces, un lunes soleado y lluvioso de septiembre, a la ciudad de Hudson (Florida). Era un extraño escenario, pero la situación más ventajosa para conocerlo: estaba lejos de los teatros, pero muy cerca de su mamá. María Teresa Salom vive ahora allí con su segundo esposo, y ha sido la mujer más decisiva de su vida, un guiño notable en la existencia de un artista que ha crecido rodeado de mujeres, pero también para alguien a quien la revista People en español consideró uno de los 50 más hermosos hombres hispanos del mundo. Una semana antes había pasado cerca un huracán, pero el tenor andaba con la despreocupación de quien silba una tonta canción. Según un amigo de la infancia, Juan Diego nunca aprendió a silbar. Sólo le quedaba el escándalo de un grito para convocar a sus amigos.

Al menos en el primer cuarto de hora que le vi, el tenor me habló con la seriedad de un niño tímido en vacaciones, una voz y un temperamento insospechados para quien lo haya visto en el papel del cómico Conde de Almaviva en El barbero de Sevilla. Vestía una camisa ocre, vaqueros azules y unos zapatos color coñac. En un instante pidió que bajaran el aire acondicionado. Luego se llevó a la boca un aparato que carga siempre en sus viajes, una especie de motor en miniatura que vierte gotas de agua que le humedecen la garganta. Frente a él, su madre picaba una cebolla para la cena. No parecía lagrimear, y eso podría ser un chiste vulgar sobre una mujer de carácter imponente. Lo cierto es que ella tiene la reputación de haberlo sido siempre, y él, de haber heredado el gen de la impetuosidad. Cada vez que puede, el tenor estrella se escapa a ver a su madre, casada con un jubilado estadounidense a quien tuvo la suerte de conocer por chat. Más allá deambula Julia Trappe, una esbelta rubia alemana a quien el último de los tenores galanes conoció en una firma de autógrafos en Viena y con quien lleva más de un año de viaje de novios. No parece coincidencia. Si algo comparten madre e hijo no es la voz: es la aventura de haberse hecho día a día a sí mismos, pero también de tener una buena estrella.

Una vez, Juan Diego Flórez se descubrió con pudor en un cartel de un Tower Records de Nueva York y, luego de ver que su disco Rossini arias estaba en la lista de los 25 más vendidos junto a Britney Spears, se ajustó las gafas de sol. Otro día, el tenor abrió Vanity Fair y se vio allí en traje de baño como el único cantante ajeno al planeta rock and pop de esa edición dedicada a las últimas estrellas de la música. La prensa de espectáculos vive del ritual del divismo y de las etiquetas rosas: Flórez, el Tom Cruise de la ópera; Flórez, el nuevo Pavarotti; Flórez, el Beckham del bel canto. "Pero los públicos están ahora en peligro de no oír la voz, sino la publicidad", escribió hace unos días un sensato crítico de The Independent. Hace un tiempo, el Ruhr Nachrichten, un diario de Alemania, promovió un concurso para pelear por dos entradas a un recital. "¿De qué país es Juan Diego Flórez?", decía la pregunta. "A. Sudán. B. Perú. C. Camboya". Parecía una adivinanza inocente, pero también era la muestra de que nunca antes un tenor famoso había nacido en un país tan pobre. Por ahora, lo indiscutible es el éxito con mayúsculas de un tenor lírico ligero a quien hasta los Nostradamus de la música lírica conjugan en tiempo futuro como a un mito. Ante tanta idolatría prematura, Flórez ha sido muy prudente. Se ha creado un escudo contra las adulaciones y contra sí mismo. Pero también le sobra amor propio. Más allá de su afectuoso parentesco vocal con Kraus y de ser ahijado artístico de Pavarotti, sabe que por décadas ningún otro tenor ha despertado tantas expectativas como él. Eso es una responsabilidad, y a veces una maldición.

Si esta ruta de tenor estrella es a pesar suyo, la única receta para entenderlo será buscar a un astrólogo. Hace unos días, Juan Diego Flórez se detuvo a cantar en Madrid el día de su cumpleaños. Había nacido en Lima a las 7.07 el 13 de enero de 1973. Va en camino a los 33. A esa edad que los futbolistas se jubilan, los tenores embellecen la voz. Conviene leer la carta astral de un astro de la ópera: www.astrology.com. Juan Diego Flórez es capricornio. Pero para los astrólogos es sobre todo un hombre persistente, tenaz e incansable en sus metas. Es verdad. Un hombre serio, trabajador, disciplinado, pero también prudente y un pensador muy cauto. Conservador y calmadamente ambicioso. Una estrella con los pies en la tierra. ¿Quién es entonces Juan Diego Flórez? ¿Un hombre como esos castrati cuya gracia de voces sublimes era también como una maldición? Su carta astral dice que se está retando a sí mismo todo el tiempo. Que es un hombre decidido y que consigue por naturaleza lo que quiere. De eso se puede dar cuenta Andrés Santa María, un músico educado en Europa que es el director del Coro Nacional de Perú, y sin duda el maestro decisivo en la vocación de Flórez por la música lírica. Ambos, dice Santa María, tienen un lunar común en la planta del pie. "Primero hubo una afinidad de signos", añade sin ironía. Eran capricornio y tauro.

Parece que ese lunes en casa de su madre, Juan Diego Flórez fue él mismo. La suya era la voz de alguien que se escucha a sí mismo respondiendo las preguntas de siempre sobre el oficio de tener una hermosa voz. "Yo tengo dos funciones: on y stand by. Cuando no estoy cantando, entro en un estado de stand by. Soy muy flojo. Pero cuando me toca cantar recupero la energía. Y me gustaría ser más normal", me dijo. No es que en Flórez convivan por turnos un Dr. Jeckyll y un Mr. Hyde. "La carrera del tenor tiene que ser larga para ser importante, pero últimamente he ido cambiando. Quisiera estar más en mi casa. Tener una familia, hijos. Pero eso no se consigue con mi carrera", me dijo. Aquí, frente a mí, estaba la estrella apagada y doméstica que aspiraba a placeres tan normales como tener una casa, dos hijos, un perro… Allá, en otra dimensión, era una estrella explosiva que trepaba a los escenarios hasta convertirse en un gran ilusionista, una generosa metamorfosis a beneficio de la platea. María Laura Vélez, una novia histórica de su adolescencia, me dio una clave: a él no le gustaba la vida nocturna, y, sin embargo, cuando entraba a una taberna todo el mundo podía pensar que era el detonador de la fiesta. Su carta astral dice que tiende a ponerse nervioso hablando en público por el miedo de equivocarse. "Antes de comenzar cada año escolar, recuerdo que soñaba que rendía un examen y yo no sabía qué responder: ésa era mi pesadilla", declaró Flórez en una entrevista. "Siempre he tenido miedo a no estar preparado".

Ese lunes por la tarde se le veía muy recatado. No era el mismo tenor cuya actuación había conmovido a los más imperturbables críticos de ópera que miran este mundo con una necesaria maldad. Se le veía quieto y relajado: no era el cantante acróbata que corría, saltaba y bailaba al estilo Astaire en la ópera Il capello di paglia di Firenze, de Nino Rota. Incluso se le veía tan tímido y menudo como para sospechar que un enorme y egocéntrico Pavarotti lo hubiese elegido su sucesor y el único tenor a quien invitara a cantar en su despedida en el Metropolitan. Aquella tarde no era más el tenor despampanante. Menos aún el niño inquieto, curioso, distraído y cabecilla de barrio que todos me contarían después. No parecía ser suya esa voz que había divertido a públicos tan glaciales como los de La Scala de Milán. "En 2003, allí recibí una ovación de 14 minutos, según un diario local. Ni siquiera fue al final, sino en un intermedio", me dijo Juan Diego en casa de su madre. Tenía razón. Otros diarios habían cronometrado 10. Diez minutos. Dios. Hay gente a la que no han aplaudido 10 minutos en toda su vida. Fue un premio a su persistencia después de años de actuar en ese teatro. El fin de la mezquindad.

Y esa tarde no hubo mezquindad de su parte. Por ratos se asomaba el Juan Diego Flórez bufón. Lo suyo nunca fue contar chistes, sino la interpretación y la mímesis. De niño divertía a los suyos con Rafael, Bosé y Raffaela Carrá. De adolescente, con Paul McCartney. Un amigo y ex compañero del Curtis Institute of Music, Fernando Valcárcel, lo recuerda imitando ese rictus de seductor y patán de Clark Gable. Las víctimas no eran sólo actores y músicos. Había profesores, por supuesto. "Imitaba también a Mrs. Hayden, la profesora de inglés del Curtis, y a Mr. Adwell, el profesor de armonía y contrapunto", dice Valcárcel. "Ahora sólo le sale Chaplin", dice su madre. De vez en cuando, mientras me contaba su vida, Juan Diego hacía muecas con esa elasticidad con la que interpreta en la ópera a una monja o a un militar. "Realmente era un payaso", resume Valcárcel, quien recuerda las caras que el tenor le hacía cuando improvisaba notas en el piano. Esa tarde no le salió el payaso. No había escenas. Parecía sólo él.

Hay en Perú una estampilla de Correos que exhibe el rostro de Flórez. Se le ve todo un galán. Sólo hay un inconveniente: en el mundo, la gente ya no escribe cartas, y en Lima debe de haber más aspirantes a físicos nucleares que espectadores de ópera. Esa estampilla y el tenor en ella son la metáfora de la ópera y sus héroes nacionales. En su país, como en toda América Latina, la ópera es un club de amigos. Hay que visitar el bohemio barrio de Barranco y tocar el timbre de Radio Filarmonía. Preguntar por un tal señor Molinari, y recordar que Miguel Molinari tiene un milagroso programa llamado Antología lírica. Fue uno de los que le ayudaron cuando Juan Diego necesitaba dinero para viajar a estudiar a Estados Unidos. "Los que van a ver a Flórez lo hacen porque Flórez es un boom", me advierte. Aquella tarde donde su madre, meses antes de emitirse esa estampilla, Flórez me dijo que le parecía algo raro: "He cantado muy pocas veces en Perú, pero no hay lugar al que llegue donde la gente deje de reconocerme. Es un fenómeno extraño". El presidente de Perú ha condecorado al tenor con la Orden al Mérito por servicios distinguidos. Si en algo se parece el presidente Toledo a la ópera es que las encuestas le conceden sólo un 10% de popularidad entre los ciudadanos.

Llego a Radio Filarmonía cuando Molinari va a dedicar su programa a Alejandro Granda, un tenor lírico spinto con un pasado de maquinista de la marina mercante. Un día, Granda se mudó del puerto del Callao y acabó en La Scala de Milán. El contador de un barco le había oído cantar en alta mar y le prestó unos discos de Caruso que terminarían devolviéndole a tierra firme. Dicen que hasta Mussolini fue su admirador, y que vivió una época en Hollywood. Si Granda fue un tenor marino, Flórez es un tenor playero: Juan Diego siempre ha estado flotando en el mar. Su madre se pasó la vida llevándole a playas y campamentos en su legendario Renault. Y más todavía: en la célebre foto de Vanity Fair, Flórez aparece en traje de baño en una playa de Pesaro (Italia), la ciudad donde reemplazó a un tenor resfriado y empezó su fábula moderna, el lugar donde queda la casa de verano de su padrino Pavarotti. Más aún: el tenor se ha comprado un apartamento con vistas a la Costa Verde de Lima. Y no sólo eso: por esa devoción al océano, Flórez no acudió una vez a la cita con una figura que luego iba a revolucionar su vida. Molinari pactó un almuerzo con Ernesto Palacio, un reputado tenor de Perú que cantaba en La Scala, vivía en Milán y era un exitoso representante de cantantes líricos. Palacio estaba de visita en Lima, y podía ser el pasaporte de Flórez a Italia. Juan Diego estaba invitado, pero nunca llegó: estaba en una playa.

Había una cita pendiente entre los tres tenores. Tiempo después sabría que Palacio había sido discípulo del ex marino mercante, y una noche se lo presentarían en un concierto. Palacio le invitaría a grabar discos a Italia, y un año después el fenómeno Flórez estallaría en el Festival de Ópera Rossini. Pesaro es una ciudad clave en el mapa sentimental de Juan Diego, en cuya playa posaría para Vanity Fair y donde años más tarde iría a comer helados a la casa de Pavarotti. Eran los Tres Tenores: Granda, Palacio y Flórez. Luis Alva completa el cuarteto nacional de tenores para la historia. Todos escaparon del naufragio en un país que aún no quiere a la ópera. "Uno se da cuenta de que los peruanos estaban dictando cátedra en cuanto al estilo de cantar", dice Flórez en una entrevista. "Siempre han tenido un estilo elegante, aristocrático". Al final, todos tuvieron que partir. Una extraña marea.

Un domingo fui al departamento que el cantante tiene en Lima. Le había confiado a su hermana mayor buscar un lugar adonde llegar cuando vuelva a Lima. "Una casa donde provocara entrar y tocar guitarra", dice Rocío Flórez, que es directora de marketing de una universidad privada. Al abrirse el ascensor, en el sexto piso, lo primero que dan ganas de tocar es un piano: un H. W. Brandes, una reliquia familiar, y el Brandes fue la primera gran caja de música donde el futuro tenor clavó los dedos. A unas calles queda la casa de Mario Vargas Llosa. Ahora, Rocío Flórez vive allí.

Casi toda su vida, los Flórez-Salom no tuvieron una casa propia. Eran como nómadas. Pudieron haberse dedicado al negocio de las mudanzas. También hubo otras. "Ninguno de los tres hijos tenemos recuerdos de mi padre y mi madre juntos", me dice la hermana mayor. Ellos se divorciaron después de tener a Milagros, la menor de los tres, que vive hoy en Tenerife. Entonces, María Teresa Salom trabajaba todo el día. Ventas. Corretaje. Decoración. Administrar un bar. Todo servía. Por años vivieron en una casa en el barrio residencial de Miraflores. Fue el barrio de la infancia y la adolescencia de Juan Diego. Hasta allí iba a recogerlos su padre para llevarlos a pasear los fines de semana. A él le decían "el tenor de la canción criolla". La legendaria compositora y cantante Chabuca Granda dijo que Rubén Flórez era su mejor intérprete. Que tenía una voz muy refinada, y que, de habérselo propuesto, podría haber sido tenor. "Juan Diego tiene el talento del padre y el carácter de la madre", cree el músico Andrés Santa María. El padre asiente en su casa, en el distrito de Surco. En su mesa exhibe un par de retratos que él y su hijo se tomaron en distintas épocas, y en los que parecen ser el mismo hombre. En resumen: el papá canta, la mamá baila marinera, la abuelita tocaba el piano, un tío toca el cajón, una hermana iba a ser ingeniera de sonido. "Te levantabas de la cama y siempre había alguien con la guitarra", dice su hermana mayor. Haber mamado esa reputación de su padre fue una sentencia para su hijo.

Flórez parece haber vivido su infancia contra esa prudencia que le diagnostican los astrólogos. María Teresa Salom le matriculó en un gimnasio para que, después de jugar al fútbol, llegara aún más exhausto a casa. Llega hasta el sexto piso una de sus primas, quien lo recuerda colgado de un árbol con los patines puestos. No era malvado. Era un indisciplinado por sufrir de una curiosidad tan vagabunda. "Del colegio me llamaban por su conducta, no por sus notas. Era el terror", me dijo su madre. Santa María se acuerda que le contaron que Juan Diego dibujaba desnuda a una profesora. "Yo no sabía que era un caso en el colegio. Conmigo siempre fue disciplinado", dice su ex maestro. Sólo entrar a estudiar canto en el conservatorio pudo detener esa naturaleza dispersa.

Andrés Santa María abre la puerta de su casa en Salamanca, un barrio de clase media de Lima, el lugar donde Flórez fue a recibir las clases de canto más decisivas de su vida. Fue con él que decidió el dilema de cantar música lírica o música popular. Los Beatles versus Rossini, Chabuca Granda versus Bellini, Pedro Infante versus Donizetti. El maestro es delgado y pulcro, y tiene una dicción perfecta. Allí, en su casa, entre los 17 y los 19 años, Juan Diego ensayaba su voz, iba de viaje con su maestro, imitaba a la Callas y cocinaba sin saber aún bien quién era el pantagruélico Rossini.

Santa María nunca le cobró por las clases. La historia de cómo Juan Diego llegó hasta el director del Coro Nacional es un enredo. Flórez estudiaba su último año de secundaria en un colegio privado. Había recibido allí sus primeras clases de canto con Gerardo Chumpitazi. Luego quiso clases particulares con él. Cuando se dio cuenta de que no se las podía pagar, el profesor le recomendó postular al Conservatorio Nacional de Música. Era gratis. "Entrar al conservatorio cambió mi vida", me dijo el tenor. Tenía 17 años. Eran tiempos de guerra en Perú. Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Un año antes, Juan Diego Flórez había ganado el Festival de la Canción por la Paz. Había debutado con un recital en dos bares de Lima, El Florentino y La Estación, y un repertorio de Sui Generis, Los Beatles, la Nueva Trova, más canciones suyas. Había sido también parte de Grafiti, una banda de rock. De esos tiempos, Gianmarco Zignago, un cantante muy popular en Perú y uno de los compositores del estudio de Emilio Estefan, recuerda sobre todo su melena. "Nunca imaginé que Juan Diego se iba a dedicar al canto lírico", me dijo por teléfono. En verdad, Flórez quería dedicarse a la música pop, a las baladas. Quería ser Gianmarco.

Hasta que en el conservatorio de música conoció al maestro Andrés Santa María. La carta astral dice que Flórez no es simple de convencer de nada hasta que él lo experimente por su cuenta. Flórez iba a ser un cantante pop y empezó a quedarse en casa de Santa María. El maestro lo recuerda con un disco de Maria Callas y Luis Alva en El barbero de Sevilla. Dice que a su discípulo le encantaban también los solos de las sopranos en la Misa en do menor, de Mozart. Para él, Santa María fue como un segundo padre, pero sobre todo su primer gran maestro de canto. "Más me considero amigo y padre de Juan Diego", me dice, con un fulgor en los ojos. Se acuerda de Ena, la abuela de los Flórez Salom. Juan Diego se había ido a vivir con ella, en parte porque él hacía demasiada bulla en su casa con una batería comprada a un ropavejero. Pero sobre todo porque la abuela era un ángel de la guarda con piano y la mujer que más creía en él. Una vez le envió dinero a Santa María para pagarle sus clases. Santa María le aconsejó invertirlo en otro maestro y continuó con la clase. Ahora el maestro me enseña un cuadro del aparato respiratorio para explicarme el misterio de su voz. Dice que fue él quien le presentó a Ernesto Palacio en un concierto de ópera en Lima. Esa noche no se había dado cuenta de que le estaba presentando a quien iba a ser su tercer padre y su segundo maestro. La tercera oreja sin la que Flórez no toma ahora una decisión.

Flórez quería estudiar música en Estados Unidos. Tenía 20 años. De las baladas y valses se había convertido a la ópera. Era un convencido y quería predicar. Juan Diego decidió presentarse a tres escuelas: Curtis, Julliard y Manhattan. La carta astral dice que tiende a ver las cosas como en un túnel. Esa visión tubular le permite expulsar de su mente cualquier asunto que lo distraiga de su fin. "Ya la decisión de Juan Diego estaba tomada, y lo único que podía darnos dinero era el auto. Había que venderlo", me dijo su madre. María Teresa Salom vendió el legendario Renault 1969. Le pagaron 1.000 dólares. Fernando Valcárcel, un compositor y pianista que estudiaba con él en el conservatorio de Lima, iba a postular a Curtis y Manhattan. Ambos viajaron a Nueva York, y se quedaron en el apartamento de un hermano del pianista. Estaba en Manhattan. Flórez lanzó al suelo su bolsa de dormir. Era abril de 1993. Valcárcel no olvida que se les acabó el dinero en unas semanas. Un día decidieron ir a cantar al metro. "Ese día me enfermé", recuerda Valcárcel. Flórez estaba nervioso. Tomó la guitarra y partió solo. Era la estación Grand Central. "Tenía que callarme la boca cuando pasaba el subway porque no se escuchaba nada", me dijo Flórez en casa de su madre.

Era primavera en Nueva York, y el tenor recuerda haber cantado canciones napolitanas: "Me dieron 50 dólares por media hora". Al final les aceptaron en todas las escuelas y se decidieron por Curtis. Pero la beca no era integral. Había que salir a la calle a buscar dinero. Un tío de Flórez había conversado con Aurelio Loret de Mola, un melómano que había sido parlamentario del Congreso de la República y luego sería ministro de Defensa. Loret de Mola multiplicó copias de un casete con canciones del tenor. Escribió cartas a amigos. Les pidió dinero. Molinari organizó un concierto de despedida de Amigos de la Lírica. Fue la prensa. Flórez se fue tarareando una bonita canción a Filadelfia.

Valcárcel recuerda que Juan Diego le dijo un día: "Creo que poseo el don de la melodía". Juan Diego solía decir estas sentencias de modo impredecible. "Quien no lo conociera, le hubiera considerado un arrogante", me advierte. "A veces estaba tan inmerso en su mundo que le hacía parecer indiferente a los demás", explica. "Al final era como un niño grande. Uno no se podía molestar con él", dice el pianista. Las historias sobre la distracción del tenor son involuntariamente cómicas. El Curtis le pagaba a Flórez un viaje a Nueva York, donde vivía su profesora de canto. "Varias veces, de repente, estaba en el tren y se daba cuenta de que se estaba yendo a Washington", recuerda el compositor. En Filadelfia, Valcárcel vivía en el segundo piso de un edificio, y Flórez, en el cuarto. A veces, creyendo que era el suyo, intentaba abrir el apartamento de Valcárcel. "Era muy distraído, pero a la vez responsable. Puede tener que entrar a un ensayo y estar en otra parte", me dice su amigo Molinari. Pero Flórez siempre llega.

Hubiese querido una última escena fuera de la casa de su madre: salir a comprar discos con él. Pero este tenor me dice que no compra CD. Es más, dice que nunca fue un melómano. Quizá en un futuro diccionario de la ópera, su definición sería una inútil tautología: Juan Diego Flórez es Juan Diego Flórez. Se puede entender esa pereza si lo ves maniatado a su iMac, un juguete donde almacena cientos de canciones que escucha para matar el tiempo en los aviones. En ella, junto a cientos de fotografías, guarda un repertorio suficiente como para renunciar ahora mismo a su carrera, callarse la boca y oír la música de su ordenador sin interrupción hasta 2010: Sinatra, los Bee Gees, Celia Cruz, los Beatles, Agustín Lara, Pavarotti, Chabuca Granda, los Rolling, Gardel, Montserrat Caballé…, en fin. Le pregunto por Julio Iglesias y me dice que le gusta su sentido de la melodía. Flórez es una aspiradora musical. Sin que se diese cuenta, su novia le observaba desde un rincón con una admiración casi a pies juntillas de no ser por sus tacones. Cuando Juan Diego me recitaba su agenda de recitales hasta 2010, su madre la llamó y la sentó sobre sus piernas. Era una nueva escena familiar.

Los últimos años han sido un experimento de independencia. Flórez se había encerrado como en un laboratorio a buscar su propia voz, y ahora busca volver a la normalidad de un hombre casi mudo. Me recuerda que para costearse la vida cantaba en bodas y era el taxista de sus compañeros del Coro Nacional. Pero ahora tiene que cantar hasta 2010. Tiene un BMW azul esperándole en Bérgamo, la ciudad donde vive, y se da el lujo de no usarlo, además de un apartamento de lujo en Lima, donde tampoco vive. Tiene una dulce novia con la que viaja por todo el mundo. Una hermana mayor en Lima, de novia con un director de orquesta italiano. Una hermana menor en Tenerife, casada, y con un sobrino querido. Un padre rejuvenecido de una operación de corazón, y con un hijo de un segundo matrimonio a quien el tenor echa de menos como si fuese suyo. Una madre en Florida, casada y al fin con una vida hecha lejos de sus hijos. "Creo que toda su carrera la ha hecho en función a tener una familia", me dice Santa María. Entonces sólo le quedan un par de deudas: la primera es tener un hijo; la segunda, aprender a silbar.

Juan Diego Flórez canta este mes en el Teatro Real 'El barbero de Sevilla'. Se retransmitirá por TVE-2 el día 25 (en directo), y por Canal Arte, el 31 (en diferido).

El heredero Por Luis Suñén

Ah, el bel canto, esa tradición que se perdiera un día y que volviera otro para poner patas arriba el mundo de la ópera. Regresa ahora con toda su fuerza encarnada en una figura, la del peruano Juan Diego Flórez. El bel canto es lo que su nombre indica, la voz hecha su más bella expresión. Tan es así que algunos críticos, como el durísimo Sergio Segalini, hoy director general en el teatro La Fenice de Venecia, acuñaron la expresión mal canto para referirse al uso de lo contrario por parte de quienes no se adaptaban a las viejas nuevas reglas. Características fundamentales de tal estilo son la uniformidad en el timbre, la facilidad en los agudos, la disposición especial para el legato y la facultad especial para los adornos. El bel canto tiene además un origen español, pues fue el tenor Manuel García quien en cierto modo codificó y transmitió sus reglas. Luego vendrían sus hijas, la bellísima María Malibrán y la menos agraciada Paulina Viardot -esa de la que estaba enamorado hasta las cachas Ivan Turgueniev y que turbara al padre de Henry James-, que con la Colbran y la Pasta ocupan el olimpo de las cantantes por los siglos de los siglos.

El bel canto se olvidó después, hasta que gentes como Maria Callas, Leyla Gencer, Joan Sutherland (llamada La Stupenda), Teresa Berganza, Alfredo Kraus, Montserrat Caballé, Marilyn Horne o Luciano Pavarotti pusieron las bases para una recuperación que llegaría en forma definitiva en los pasados años ochenta. Luego, unos cuantos cantantes con menos tirón mediático, pero decididos a seguir trabajando en esa línea -June Anderson, Martine Dupuy o Ewa Podles, entre las féminas; Chris Merritt, Rockwell Blake o William Mateuzzi, entre los hombres-, consagraron lo que el bel canto tiene de peculiar: una línea inmaculada unida a una técnica que pone al intérprete al límite de sus posibilidades. Rossini, Bellini o Donizetti ya no son lo mismo desde que unas y otros impusieron unos modos que combinaban el rigor histórico con una expresividad que da a su música toda la morbidez y todo el encanto propio de quienes tenían a la voz por un instrumento perfecto.

No ya simple heredero, sino indiscutible cabeza reinante de esa gran saga es Juan Diego Flórez. Discípulo de otro de los protagonistas de la vuelta del bel canto, el también tenor y también peruano Ernesto Palacio, Flórez atesora lo que sólo los elegidos poseen: una voz simplemente maravillosa y unas posibilidades técnicas hoy por hoy inigualables. Con él nos encontramos ante la posibilidad cierta de salvar cualquier escollo, de irse al agudo más difícil -los famosos nueve dos seguidos de La hija del regimiento, de Donizetti- y de atravesar eso que se llama zona de paso con una naturalidad que se advierte, simplemente, en que no se nota ese fielato y que se percibe en sus escasas grabaciones para el sello Decca, con un disco dedicado a arias de Rossini y otro a piezas de Bellini y Donizetti. Va en gustos, pero se diría que sólo Luciano Pavarotti puede presumir en ese repertorio de haber tenido un instrumento semejante, pues algunos de los sucesores de los más grandes -Rockwell Blake como ejemplo más claro- se ven afligidos en sus excelentes condiciones mecánicas por una sonoridad no precisamente hermosa.

Para colmo, Juan Diego Flórez es guapo, da el tipo y hace que los públicos se vayan olvidando de esos tenores cuya opulencia vocal corría paralela a un físico imposible. Con él la ópera tiene, recién empezado el siglo XXI, un nuevo héroe. Con él, el bel canto sigue vivo. Y si se cuida, si no le da por entregarse a papeles más pesados, por muchos años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2005

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