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lunes, 20 de diciembre de 2004
FÚTBOL | Internacional

Hugo Sánchez, la furia y las amígdalas

"La Virgen de Guadalupe le va a los Pumas", me dijo un taxista mientras un grupo de peregrinos vestidos de azul y oro avanzaba en bicicleta rumbo a la basílica de Guadalupe. El 12 de diciembre se celebra a la patrona de México; un día antes, los Pumas de la Universidad disputaban la final contra el Monterrey. Miles de feligreses rendían culto simultáneo a las potestades del cielo y a las de la cancha.

"No vamos a pedir un milagro, sino a dar las gracias", me dijo uno de los ciclistas peregrinos. Sobraban motivos para esta afirmación. En 2004 el equipo universitario había ganado el Torneo de Apertura, el Campeón de Campeones y el Santiago Bernabéu contra el Real Madrid.

México es un país fiestero donde antes de las posadas se celebran preposadas. Con el mismo ánimo de multiplicación, los campeonatos son tan breves que un mismo club puede ser bicampeón entre Reyes y Navidad, una desmesura equivalente a tener dos cumpleaños que ningún equipo había logrado. Los seguidores de los Pumas estaban conformes con su cosecha de 2004: tres títulos después de 13 años de sequía. Motivos de sobra para resignarse a que la Virgen padeciera campeonitis y favoreciera al Monterrey.

El fútbol mexicano sabe romantizar la derrota. En cada Mundial, los comentaristas elogian a la selección portuguesa, que pierde con una elegancia que desearíamos para nosotros. La escuadra que practica el mejor futbol de toque es el Atlas; naturalmente, no se rebaja a conquistar trofeos y su lema informal es Le voy al Atlas, aunque gane. ¿Y qué decir de nuestro grito de guerra en las tribunas, "¡sí se puede!", comprobación empírica de que por lo común no podemos?

En este ámbito victimista surgió un hombre de alta extravagancia, consagrado a la impopular tarea de triunfar. Desde su paso por la selección olímpica y su bautizo en Francia como El Niño de Oro, Hugo Sánchez mostró las condiciones que Napoleón pedía a sus generales: voluntad de hierro y suerte oceánica. Aunque esto lo facultaba para la campaña de Egipto, la época lo situó ante otro empeño: debutar en Primera División en 1977 y contribuir a que los Pumas ganaran su primera Liga. A partir de ese momento, Hugo se hizo el raro en un país en el que la canción La vida no vale nada ha llegado a representar el himno del equipo el León. Ganó todo lo que se puede ganar con un pie izquierdo y una cabeza rematadora: dos títulos de goleo en México y cinco en España, donde sus cifras sólo son superadas por el mítico Zarra, que anotaba lluvias de goles cuando un marcador dietético terminaba en un 4-3.

Hugo era el último en salir de los entrenamientos en Ciudad Universitaria. Pero su verdadero tesón se medía después: iba a la Facultad de Odontología a combinar la capacidad goleadora con un escalofriante temple para graduarse de dentista.

Los grandes artilleros, los killers del área chica, hacen del egoísmo su contribución al grupo. Hombres del instante, aparecen en cinco jugadas que pueden representar tres goles. Su único deseo de socialización es vencer al portero. Esta tendencia al lance solitario los aparta de la visión global del juego y muchas veces del oficio de entrenador. La estirpe de Rossi, Müller, Santillana y Krankl descubre huecos en el área amotinada y pasa trabajos para hacer relaciones públicas en el resto de la cancha. Cuando Hugo anunció su vocación de técnico, la fanaticada se preguntó si su ego cabría por la olímpica puerta del estadio. De nuevo, mostró que la severidad con que juzga a los demás es recreativa comparada con el trato que se impone a sí mismo. En 2000 tomó a unos despellejados Pumas y los llevó al tercer lugar. Aunque no es ajeno a las salidas de tono, bajó el volumen de su autofanfarria e hizo del trabajo una moral. Los Pumas, hay que decirlo, no tienen gran plantel. Tampoco logran un sofisticado juego de conjunto. Sin embargo, son dignos de su apodo. ¿Qué truco los convirtió en devoradores de trofeos? "Hay que jugar con amígdalas", dice Hugo para recordar que un universitario no habla de cojones y que estudió para dentista. Sus Pumas semejan una especie en extinción que en cada partido decide su supervivencia. Aunque suele hacer cambios atinados y privilegia una táctica de eficiente sencillez, Hugo ha sido ante todo un motivador. Por su trayectoria impar como futbolista, sabíamos que jamás reconoció la existencia de un obstáculo. Como entrenador, ha decidido volverse contagioso. Sólo así se explica que Kikín Fonseca, delantero nominal, arrebate balones en cualquier sitio con césped.

El miércoles 8 de diciembre, durante el partido de ida contra el Monterrey, las pancartas de Ciudad Universitaria no aludían a la Virgen, sino al Che y al espíritu del 68. Un gol del Monterrey estuvo a punto de arruinar esa algarabía de país autónomo. Los Pumas remontaron con los atributos del coraje. Al día siguiente, un periódico resumió el 2-1 con este encabezado: "¡Amígdalas!". Aunque el subcampeonato hubiera sido bueno, en el partido de vuelta volvieron a hacerse sorpresivos: 0-1 a domicilio.

Hugo Sánchez tiene el reto de llevar a los Pumas al título de la Copa Libertadores, pero ha empezado a escuchar otras ofertas. Su anhelado destino es la España del Real Madrid. La meta parece lejana para el hombre del instante. Por ahora, celebremos que alguien con su carácter no sea dentista, y que haya convertido al estadio de Ciudad Universitaria en sede del sonido y de la furia.

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