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sábado, 9 de octubre de 2004
Reportaje:ESCAPADAS

Marraquech, talismán bermejo

La mítica ciudad marroquí se reinventa mirando al futuro

Una aerolínea de bajo coste, 'spas' y nuevos hoteles. Las inversiones tratan de impulsar este gran imán turístico de Marruecos sin perder los encantos que atrajeron a escritores y nómadas del desierto.

Tanto en las caravanas del Atlas como en las trincheras de la rebeldía joven se pasaba el talismán de boca en boca: Marraquech, la bermeja, la risueña. Cuidado, se decían, para ir no hay que preparar maletas, hay que prepararse uno mismo. Puerta y antesala del desierto para unos, oasis de los sentidos y de la fantasía para trotamundos y apeados del tren de la vorágine. Sobre todo por aquel ónfalos de la Xemaa el Fna, una explanada amorfa, un escenario desangelado que sólo los personajes convierten en plaza y drama. Allí están, desde primeras luces de la mañana, los músicos, rapsodas y púgiles, cuentacuentos y embaucadores, encantadores de serpientes y exhibidores de monos, echadores de cartas, aguadores que parecen brujos o pontífices, yerbateros y vendedores de pócimas o de gafas graduadas, matronas bereberes que tatúan con alheña sobre la piel cartografías de amor o desengaño.

Y al ocaso, cuando el canto de los almuédanos convoca a la oración desde los cuatro alminares que asoman, el hervidero se torna un inmenso estómago, alumbrado por lámparas de acetileno y el brillo de los ojos. Hasta él llegan olores y ruidos de los zocos, de verbena y albahaca, de especias almizcladas, de bosta recostada en los surcos de las calesas.

Se comprende bien que este panal haya engatusado a artistas y escritores de Europa y a los nómadas del desierto. El pintor francés Jacques Majorelle se hizo en los años veinte un taller con jardín, que luego restauró Yves Saint-Laurent. Juan Goytisolo posee una casa cercana al cine Edén, y Lorenzo Silva y otros aprovechan la ciudad como trama de alguno de sus relatos.

Fue hace sólo mil años cuando desde las profundidades del Sáhara partieron como una flecha ejércitos de creyentes, con aliento suficientepara rebasar el Estrecho y llevar su rigor religioso a los decadentes reinos taifas de la Península. Primero, los almorávides fundaron Marraquech en 1070 y plantaron vergeles mediante un sistema de pozos artesianos. Un siglo después, la dinastía almohade levantó la Giralda de Sevilla y su hermana menor de Marraquech, la Kutubiya, así llamada, según León el Africano, porque a su vera traficaban un centenar de libreros (kutubun, libros). Tras una relativa decadencia, la dinastía saadí devolvió el esplendor a la ciudad en el siglo XVI. Fue entonces cuando el país tomó su nombre, Marruecos, de la capital. Pero un siglo después, los alauíes repartirían su corte por otras ciudades imperiales (Mequínez, Fez, Rabat), y Marraquech empezó a quedar orillada, ensimismada en su espléndido aislamiento.

Los casi 20 kilómetros de muralla terriza, con 20 puertas, puede que le valieran el apodo de al hamra, la roja; como ocurrió con el palacio rojo (Alhambra) levantado en la Granada nazarí, cuyo eco, por cierto, asoma en esta ciudad con la que está hermanada; sobre todo en las Tumbas Saadíes, algunas puertas monumentales y palacetes.

La respiración de los vecinos

Pero no es éste el imán principal de la ciudad; es sobre todo la respiración de sus vecinos, en la mítica Xemaa el Fna, que fue declarada patrimonio de la humanidad. Y algo cambió: adiós al polvo dorado, gracias a una decente pavimentación. Desaparecieron los petits guides que perseguían al turista (aunque no son menos protervos los guías oficiales ahora). Está claro que aguadores o vendedores de dientes sólo están ahí para la foto. También se esfumaron los enjambres de moscas, y los puestos de casquería: ahora todo está limpio, y en los chiringuitos de comida se ofrecen viandas que los turistas prueban sin remilgos.

La magia está en el aire, no en los harapos. A unos metros de esta feria domesticada hierve otra ciudad ajena a los tópicos. En las terrazas de la aledaña calle de Banni Marine se consumen hamburguesas y refrescos globales. Y no digamos en la parte moderna, la llamada Guéliz, surcada de avenidas arboladas y hoteles de lujo. El paisaje de grúas y parcelas que abrocha ahora los huertos de La Menara con la Medina amurallada indica que, al menos por aquí, se han tomado en serio el proyecto Visión 2010, impulsado por el rey Mohamed VI. Este plan sitúa al turismo como motor principal de desarrollo y, mediante una inyección de más de 8.000 millones de euros, se propone alcanzar en 2010 diez millones de visitantes y doblar así los actuales. Marraquech se lleva la mejor tajada. Una superficie de 76 hectáreas formará, más que un barrio nuevo, una especie de parque turístico. La compañía aérea nacional, Royal Air Maroc, aporta su granito de arena, con vuelos directos desde Madrid y Barcelona y la creación de una compañía de bajo coste, Atlas Blue, que operará desde el próximo noviembre.

¿Aguantará la magia tal atracón de medios? De momento, la restauración y mantenimiento se agradece. El palmeral almorávide es ahora un remanso de calma, con tres campos de golf. Los viejos palacetes se transforman en hoteles con encanto. En los complejos y hoteles se vive la fiebre de los spas, dirigidos por una élite francesa, aunque heredera del hamman clásico. Eso sí, cuando uno sale a explorar los entornos de Marraquech se sorprende enlatado en alguno de los convoyes que trepan la montaña ante la mirada ausente, y el saludo casi hiriente, de cuadrillas de segadores que arrancan la cosecha a un pedregal, a mano, con una hoz que pudo ser fabricada por los almohades.

Decía el escritor marroquí Tahar Ben Jelloum que su país es bilingüe, por cuestiones de idioma y por su manera de casar la tradición con los anhelos de modernidad. En Marraquech, donde la tradición pesa tanto, esa afirmación no es menos cierta. Marraquech al hamra, la bermeja, la bahía, la risueña, sigue circulando de boca en boca como santo y seña, secreto talismán de quienes buscan reponer sus sentidos y su ánimo para enfrentarse a los desiertos invisibles. Que son los peores.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir- Royal Air Maroc (902 210 010; www.royalairmaroc.com) ofrece un vuelo directo a Marraquech desde Madrid, en código compartido con Iberia, a partir de 367 euros. Vuelos directos desde Barcelona, desde 426. - Politours ofrece un paquete de 4 días / 3 noches, que incluye vuelo directo a Marraquech, media pensión en el hotel Atlas Medina (de cuatro estrellas), visita guiada y traslados, por 399 euros desde Madrid, 424 euros desde Barcelona (tasas de aeropuerto no incluidas). En agencias.Dormir- Hotel Medina & SPA (00 212 44 33 99 99; www.hotelsatlas.com). Avenida de Mohammed VI. Es uno de los más recientes entre los grandes hoteles en el ensanche entre la Medina y la Menara. La doble, 118 euros.- Riad Aida (00 212 44 43 07 23). Charm, 59, Derb Lamouagni. Un hotel con encanto que se articula en torno a un patio de una callejuella situado en la vieja medina. Desde 48 euros.- Riad Kniza (00 212 44 37 69 42; www.riadkniza.com) Bab Doukala, 34. Uno de los más hermosos palacetes dentro de la medina. De 180 a 290 euros.Comer- Ksar el Hamra (00 212 44 42 76 07; www.net-tensift.com/ksar-hamra) 28, riad Zitoun kadim Sabt Ben Daoud. Uno de los locales con mejor ambiente, cocina marroquí y música andalusí, en un patio con fuentes. Unos 35 euros. - Dar Essalam (00 212 44 44 35 20; www.daressalam.com) 170, riad Zitoune el Kedim. Ofrece cocina marroquí en un suntuoso palacio del siglo XVII. Entre 25 y 30. - Les Cepages (00 212 44 43 94 26; www.ilove-marrakesh.com/lescepages). 9 Rue Ibn Zaidoun Guéliz. Restaurante moderno en la parte nueva de Marraquech. Entre 25 y 30.

Puesto de venta en la plaza de Xemaa el Fna de Marraquech, que luce una nueva pavimentación. / CARLOS PASCUAL

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