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miércoles, 29 de septiembre de 2004

Blair trata de pasar página sin pedir disculpas por respaldar la guerra

Más tristeza que euforia en un congreso que lanza a los laboristas hacia un tercer mandato

Tony Blair intentó ayer cerrar página sobre la crisis de Irak sin disculparse por la guerra. En un discurso deliberadamente plano, sin la retórica y la pasión de otras veces, el primer ministro británico dedicó a la política exterior apenas 3 de las 15 páginas de su discurso ante las bases de su partido y el resto a exponer su visión del programa electoral que debería llevar al laborismo a su tercer mandato en el Gobierno. Pero los acontecimientos en Irak, donde un británico está aún secuestrado y ayer murieron dos soldados, han cargado todo el congreso de sombría tristeza.

Nadie diría, a juzgar por el ambiente que se respira en Brighton, que los laboristas se encuentran a las puertas de una tercera victoria consecutiva que constituiría un hito histórico en la política británica. El ambiente es triste entre los delegados y la aparición ayer de Blair, cuidadosamente orquestada, no consiguió romper esa imagen. El primer ministro cosechó aplausos y su liderazgo no parece en cuestión, pero faltó el calor y entusiasmo de otros años.

Hace 12 meses Irak era ya un asunto que dividía al Partido Laborista y también el enfrentamiento personal entre Blair y su ministro del Tesoro, Gordon Brown. Pero ambos supieron entonces galvanizar al congreso y transmitir una sensación de euforia y un optimismo que tamizaban las diferencias.

Esta vez ha sido distinto, quizá porque hay un británico secuestrado en Irak que puede perder la vida en cualquier momento, quizá porque el debate interno sobre la guerra está ya agotado y ha dejado a todos extenuados. "No puede haber alegría con los problemas que estamos viviendo en Irak", admitió en privado lord Falconer, ministro de Justicia y amigo personal de Blair de toda la vida. Pero a su juicio, el primer ministro había pronunciado "un gran discurso, muy importante".

Blair llevaba ya consumidos dos tercios de su intervención cuando se refirió por primera vez a Irak. Y lo hizo con suavidad en las formas pero desafío en el fondo. Admitió que "las evidencias contra Sadam Husein (...) han resultado erróneas", pero enfatizó que esas evidencias "habían sido aceptadas por toda la comunidad internacional". Y, sobre todo, se reafirmó en su decisión de ir a la guerra y en su determinación de no pedir disculpas por ello. "El problema es que puedo disculparme por esa información que resultó ser equivocada, pero no puedo, al menos sinceramente, disculparme por haber depuesto a Sadam Husein. El mundo es un lugar mejor con Sadam Husein en prisión y no en el poder", dijo.

Pero la sustancia de su intervención fue la próxima contienda electoral y la puesta en escena no tenía más objetivo que el de proyectarle como candidato y subrayar sus logros al frente del Gobierno. El escenario dispuso al público formando un círculo en torno a Blair, arropándole, y la larga pausa escénica desde que se anunció su entrada hasta que realmente entró, aderezada con música y una inacabable presentación de sus logros en una pantalla gigante, consiguió el deseado efecto de provocar las acompasadas palmas de la asistencia y evitar cualquier posibilidad de que la congoja de estos días se tradujera en una fría recepción al líder.

Fuera, unos 3.000 agricultores se manifestaban en protesta por la inminente prohibición de la caza del zorro. Dentro, un activista contrario a la guerra interrumpió al primer ministro a los pocos minutos de haber empezado su discurso. Luego, otros varios volvieron a interrumpirle, esta vez a cuenta de la caza del zorro. Consiguieron el objetivo opuesto al que buscaban: el público arropó a un primer ministro que hasta entonces había arrancado aplausos, pero no jaleos.

Ganar las elecciones

Blair centró la espina dorsal y buena parte de las extremidades de su intervención a la política nacional y desgranó un plan de 10 puntos para ganar las elecciones y "crear una nación más fuerte, más justa, más próspera". Antes había lanzado un gran capote al viceprimer ministro John Prescott y a su gran rival político, Gordon Brown, un clamoroso llamamiento a la unidad del partido que iba más allá de los gestos conciliadores vividos la víspera.

"Gordon y John, el uno un amigo personal durante treinta años y el mejor canciller del Exchequer

que ha tenido jamás este país; el otro, el más fuerte, el más leal y a veces el más dicharachero viceprimer ministro que pueda tener un líder", afirmó el primer ministro.

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