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martes, 28 de septiembre de 2004
Reportaje:

La búsqueda de lo salvaje de Paul Gauguin

El Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid muestran la influencia del artista en las vanguardias

Una sola exposición, dos sedes distintas. Seis de los nueve capítulos en los que está dividida Gauguin y los orígenes del simbolismo se pueden visitar en el Museo Thyssen-Bornemisza (paseo del Prado, 8); los otros tres, en la Fundación Caja Madrid (San Martín, 1), las sedes madrileñas de las dos instituciones que han organizado la ambiciosa muestra. Desde hoy y hasta el 9 de enero de 2005, 186 obras -que proceden de 65 museos del mundo y de varias colecciones privadas, amén de las propias colecciones del Thyssen- reconstruyen un momento decisivo en la configuración del arte moderno. El protagonista de la historia es Paul Gauguin (París, 1848-Atuona, 1903); el momento: los años que van de 1884 a 1891.

"Pretende recuperar una humanidad más crédula, más vital, aunque pueda ser a veces fanática y brutal"

"En los años ochenta del siglo XIX se produce una radical transformación del campo artístico que va a tener una influencia fundamental en el nacimiento de las vanguardias del siglo XX", explicó ayer Tomás Llorens, conservador jefe del Museo Thyssen-Bornemisza, durante la presentación de la exposición. "Se abandona una pintura de sensaciones, que habían defendido los impresionistas, para acercarse a una pintura de ideas, de mitos, creencias y leyendas, una pintura de fuerte contenido espiritual".

En el centro de esa transformación está Paul Gauguin, que también va a sufrir durante esos años un profundo cambio personal. Dejará de ser un aficionado a la pintura, "un ridículo pintor de domingos" que remedaba a los impresionistas -como dijo Guillermo Solana, comisario de la exposición-, para convertirse en uno de los referentes del movimiento simbolista. Gauguin dejará además su trabajo en la bolsa, convencional y seguro, para sumergirse en una agitada aventura que lo llevara de un lado a otro del mundo en su obsesiva búsqueda de lo salvaje, de lo primitivo, en su afán de recuperar el viejo Edén que la civilización había sepultado en su disparatado frenesí por conquistar el futuro.

Visión del sermón, que pertenece a la National Gallery de Scotland (Edimburgo) y que Gauguin pintó en 1888, es el centro de gravedad de la muestra. "En esa obra se tiran por la ventana cuatro siglos de tradición artística, cuanto se había hecho desde el Renacimiento hasta entonces", dijo Solana. "Todos los recursos expresivos que habían convertido el arte en una ventana abierta al mundo se ponen en cuestión y se inicia una vuelta atrás, un partir de la nada para recuperar la fuerza de las imágenes primitivas y la energía de los colores planos".

De aprendiz a maestro y de hombre sumergido en la civilización a infatigable rastreador de lo salvaje allí donde se encuentre: ése es el itinerario que sigue Gauguin en esos años, los que lo hacen madurar, los que van a empujarlo finalmente a su definitivo viaje a Tahití. "Lo más importante sucede en aquel periodo", subrayó Solana. Y es ese brutal giro que se produce entonces y que da alas al simbolismo lo que reconstruye esta ambiciosa exposición. "La búsqueda que emprende Gauguin es antropológica y lo que pretende es recuperar una humanidad más crédula, más vital, aunque esa vitalidad pueda ser a veces fanática y brutal". Viaja a Bretaña, a Martinica, y en el trayecto comprende que la pintura necesita volver a sus orígenes. Evitar toda complejidad, recuperar los colores planos sobre una superficie.

El proceso se cuenta en la exposición en nueve capítulos. "La historia del arte no es la historia de un genio aislado. Surge a través de los encuentros y del diálogo con otros creadores", comentó Solana. Así pues, el primer momento que se trata es el del encuentro de Gauguin con Pisarro, el maestro impresionista del que asimila una mirada que reconcilia al hombre con la naturaleza a través del paisaje y de la sencillez de los campesinos. Luego está el diálogo con Cézanne y su viaje a Martinica: curvas sinuosas, arabescos, erotización del paisaje. La tercera estación del recorrido reconstruye la relación con Degas. El artista de los desnudos y los baños, del baile y del cuerpo humano tendrá un peso decisivo en el tratamiento que hará Gauguin de la figura humana: descubre que todas las distorsiones son posibles y entiende la importancia del ritmo en la composición de cada una de las escenas.

La visión. Del Cloisonismo al Sintetismo, cuarto paso, explica el trato de Gauguin con los más jóvenes, y cómo artistas como Louis Anquetin y Émile Bernard le abren nuevas fronteras (las estampas japonesas, las antiguas vidrieras, los esmaltes...) para renovar su pintura. Eva y los dioses da cuenta de la influencia de la mujer en la pintura de Gauguin y apunta a su intensa relación con Vincent van Gogh a través de un puñado de cuadros. La intensidad de aquel encuentro, tantas veces contado y con tanta leyenda detrás, acaso queda sintetizada en la figura de la arlesiana, que pintaron ambos artistas. El sexto capítulo, con el que concluye el recorrido por el Thyssen-Bornemisza, muestra la Suite Volpini, una colección de zincografías (grabados en planchas de zinc) en las que Gauguin resume sus inquietudes de aquella época y propone un recorrido por lo que considera más significativo de su producción de aquellos años. Ya es definitivamente un maestro, aunque su tiempo no lo reconozca aún como tal.

De camino hacia el futuro

Los capítulos de la exposición que se exhiben en la Fundación Caja Madrid abren la obra de Gauguin hacia el futuro. Guillermo Solana cita a Maurice Denis en el catálogo: "Después de Manet, fue el pintor francés que tuvo la mayor influencia. Lo que fue Manet para la generación de 1870, Gauguin lo sería para la de 1890". Y Solana repara en la paradoja de "que un pintor tan radicalmente individualista como él se convirtiera en algo así como el fundador de una escuela".

La estela de Gauguin: de Pont Aven a los 'Nabis'; La obra gráfica de los 'Nabis' y Paco Durrio, Picasso y el Sintetismo en España son los títulos de estas salas. La búsqueda de lo salvaje emprendida por Gauguin ha llegado a buen puerto y la fuerza de su obra explota en diferentes direcciones. Maurice Denis, Edouard Vuillard, Pierre Bonnard, Ker-Xavier Roussel o Paul Sérusier son algunos de los artistas presentes en estos capítulos finales, pero hay también piezas de Émile Bernard, Georges Lacombe, Aristide Maillol, Paul Elie Ranson... Grandes y pequeñas obras, litografías y grabados en madera,manchas de colores y juegos de texturas, paisaje y escenas campestres, campesinas y vacas (hay muchas vacas en esta exposición)...

Llorens contó que Gauguin es uno de los artistas preferidos de la baronesa Thyssen, que asistió entusiasmada a la exposición, y Rafael Spottorno, director gerente de la Fundación Caja Madrid, destacó el rigor de una propuesta que empezó a ponerse en marcha hace cuatro años. Un detalle final de su envergadura: una sala recoge la huella de Gauguin en los artistas españoles. Y ahí están, entre otros, Picasso, Joan González, Durrio, Echevarría y Joaquim Sunyer.

La baronesa Thyssen y otros asistentes a la presentación de la exposición sobre los orígenes del simbolismo contemplan una obra de Émile Bernard. / ULY MARTÍN

En las olas (Ondina 1) (1889), de Gauguin. / ULY MARTÍN

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