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lunes, 20 de septiembre de 2004
Crítica:ÓPERA

Con sencillez

Faltó Ramón Elúa a la función inaugural de la temporada de ópera de la ABAO. La muerte se lo ha llevado hace unos días. Aficionado entrañable, cultísimo, excelente conversador, presumía de haber sido taquillero de la ABAO en la primera de sus representaciones en 1953. Fue amigo personal de Giulietta Simionato, de Bastianini, de Corelli, de María Callas y de quién no. En febrero de 1989, EL PAÍS incluyó a Ramón Elúa en un reportaje sobre grandes aficionados a la ópera junto a Caro Baroja, los duques de Alba o Narcís Serra. Qué gran tipo Ramón.

Como si fuese un guiño del destino, o un homenaje póstumo, en la escena de la muerte de Mimí se alcanzaron las más escalofriantes cotas de emoción en la representación del sábado de La bohème en Bilbao. La soprano María Bayo reaparecía en los escenarios después de su maternidad, y visto lo visto y oído lo oído su reciente experiencia ha dejado huella en la manera de cantar: contenida, interiorizada, emotiva casi desde la confidencia. A ello hay que añadir su timbre fresco y su fraseo impecable. Sus momentos de verdad de la buena fueron, en cualquier caso, en los dos últimos actos, los más líricos, los de mayor contenido dramático. Y en ellos encontró la complicidad de un apasionado y excelente también Aquiles Machado, de una desenvuelta y brillante María José Moreno o de un vibrante Stoyanov. El maravilloso tercer acto, la joya de esta ópera, tuvo temperatura vocal en una atmósfera de adecuada sobriedad escénica y en el cuarto, pues bueno, lo dicho, la emoción se apoderó del escenario... y de la sala.

La Bohème

De Puccini. Con María Bayo, Aquiles Machado, María José Moreno y Vladimir Stoyanov, entre otros. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Dirección musical: Kery-Linn Wilson. Dirección de escena. Jonathan Miller, realizada por Jean Christophe Mast. Inauguración de la temporada de ópera de la ABAO. Palacio Euskalduna, Bilbao, 18 de septiembre.

Ovación de gala

Dirigió la canadiense Kery-Lynn Wilson, recibida con una ovación de gala, seguramente por ser mujer. No consiguió que aquello arrancase en los dos primeros actos, tal vez por la rigidez de su gesto y por la obsesión de que nada se le fuese de las manos. El aliento lírico pucciniano se quedaba a medio gas. Mejoró mucho en la segunda parte de la representación, aunque sin llegar a desmelenarse, y a sus órdenes respondió con una actuación más bien discreta la Sinfónica de Euskadi.

La producción venía de la Ópera Nacional de París y el Maggio Musicale Fiorentino. Jonathan Miller cambió de época la acción llevándola a los cuarenta del siglo pasado. Tiempo de guerra, de escaseces. La sencillez de los decorados dejó en bandeja el protagonismo a los cantantes y éstos lo supieron aprovechar. En la segunda parte, desde luego, pero qué dos últimos actos tan desgarrados, tan sin trampa ni cartón.

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