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viernes, 30 de julio de 2004
Crítica:CRÍTICAS

La revolución de las máquinas

"¡Tú no eres más que una vulgar imitación!", le dice a una máquina con supuestos sentimientos el detective Spooner, interpretado por Will Smith. El policía, ante la posibilidad de que el descendiente más evolucionado de la revolución industrial pueda poseer emociones, lo pone a prueba: "¿Puede un robot escribir una sinfonía? ¿Puede convertir un lienzo en blanco en una obra maestra?". Al robot le viene a la ¿mente? la más tajante de las respuestas: "¿Puedes tú?".

Ambientada en el año 2035, Yo, robot, película dirigida por Alex Proyas, se pregunta una vez más por cuestiones como las anteriores, que ya aparecían en algunos de los mejores filmes de ciencia-ficción de la historia. Como el Hal 9000 de 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) o los replicantes perseguidos por blade runners en la película de Ridley Scott, el Sonny de Yo, robot es algo más que un conjunto de cables y programas informáticos. El discurso del hombre contra la máquina, y viceversa, es tan antiguo como la revolución industrial, y Proyas, inspirándose en los relatos de Isaac Asimov, ha enmarcado su historia en un espacio marcado por la casi total ausencia de delitos. Estamos en un mundo en el que el poder, más que en manos del presidente del país más poderoso de la Tierra (Estados Unidos, por supuesto), está en manos de la empresa que más ha invertido en su campaña electoral, la misma que surte de robots a todas las familias del mundo.

YO, ROBOT

Dirección: Alex Proyas. Intérpretes: Will Smith, Bridget Moynahan, James Cromwell, Bruce Greenwood. Género: ciencia-ficción. EE UU, 2004. Duración: 120 minutos.

Por una vez, los magníficos efectos especiales sirven para apoyar una historia que quizá en otro tiempo fuera imposible filmar de forma creíble. Proyas, autor de la esteticista El cuervo (1994) y de la interesante fábula futurista Dark City (1998), ha construido una entretenida intriga de ciencia-ficción con una madura base que sólo se le va de las manos en la parte final, cuando las concesiones a la galería del espectáculo mal entendido, la cabezonería de la acción por la acción, por demostrar lo cachas que está Will Smith, le obligan a una absurda secuencia a cámara lenta. Es entonces cuando, contradiciendo todo lo anterior, en el momento cumbre, la película se resuelve más por la masa muscular que por la masa encefálica.

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