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jueves, 17 de junio de 2004
FORUM DE BARCELONA | Diálogos

Sánchez Ron y Wagensberg sumergen a don Quijote en el bosque de la ciencia

Vitiello compara al caballero con Fausto y Close cuestiona los mitos que ha generado la novela

Fueron 26 los ponentes que intervinieron ayer en el Congreso Internacional El Quijote y el pensamiento moderno. Cada uno dispuso de media hora para desarrollar sus ideas, lo que da cuenta de la intensidad, y densidad, del desafío. Las propuestas son muy variadas y, en una cita como ésta, que puede dar rienda suelta a peligros como los de la erudición y la excentricidad, reina sin embargo el buen humor. Y es que el tono hilarante de las aventuras del caballero y su escudero, sus largas y enjundiosas conversaciones y sus disparatadas hazañas lo llenan todo con la saludable bendición de la risa.

Sancho está más próximo al científico, mientras don Quijote es más un ideólogo

La gran crisis de la conciencia moderna, la profunda ruptura que supone frente a la tradición literaria anterior, las numerosas máscaras que cada nueva lectura coloca sobre los dos inmensos personajes, toda reflexión o hipótesis, toda teoría o especulación, todo queda hecho trizas en cuanto irrumpe la cita literal y la novela de Cervantes vuelve a vibrar con toda la riqueza de sus delirios en la Barcelona del siglo XXI, la que se abre al futuro con su experimento del Fórum. Es imposible resumir todas las miradas y perspectivas, las interpretaciones, los hallazgos. Quienes han pasado por este congreso saldrán sin duda más sabios pero saldrán también, y esto es muy importante, más contentos. Porque cada vez que aparecen el Quijote y Sancho Panza el mundo se para un instante, y todos se columpian en una carcajada.

Las sesiones de la mañana las abrieron Jacobo Muñoz, por un lado, y José Antonio Gimbernat, por otro. El primero trató de los triunfos y fracasos que desencadenó la emboscadura de los héroes cervantinos y el otro se enfrentó a don Quijote como arquetipo utópico. Pero de las intervenciones de ayer hubo dos que se apartaban un tanto del guión filosófico del encuentro, y se llevaban la novela hacia caminos menos transitados, los de la ciencia.

El primero en hacerlo fue José Manuel Sánchez Ron, que habló de La ciencia en el mundo cervantino. Levantó el mapa de la época en esta materia. El autor del Quijote nació en 1547, cuatro años después de que Copérnico y Vesalio publicaran dos textos de referencia y un año más tarde de que el Concilio de Trento dictaminara que "la Biblia no sólo era un libro religioso, sino también una fuente de datos científicos". Por aquellos tiempos nacieron también el astrónomo Tycho Brahe, el inventor de los logaritmos -John Napier-, los célebres Galileo Galilei y Johannes Kepler, y William Harvey, que descubrió la circulación mayor de la sangre. Cervantes, que murió en 1616, pudo haber leído algunos de los libros más importantes de esos autores porque le tocó vivir en "una época espléndida para la ciencia", incluso para la española.

Habló Sánchez Ron del estado de la ciencia en la segunda mitad del siglo XVI e inicios del XVII, pero se ocupó también de la presencia de estas materias en la obra cervantina. La medicina -a la que elogia, pero sobre la que también ironiza, y ahí está "el bálsamo de Fierabrás"-, la botánica e incluso "la astronomía y geodesia" le resultaron muy cercanas. Don Quijote le dijo al hijo del caballero del Verde Gabán que, entre los saberes que debía poseer un caballero andante, estaban la astrología y las matemáticas, "porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas".

Si Sánchez Ron habló de historia de la ciencia, Jorge Wagensberg prefirió ocuparse de la manera en que trabajan los científicos y utilizó palabras como "sujeto y objeto" en el título de su ponencia. "En el Quijote se respira el talante que hace falta para hacer ciencia". Y es que para practicarla con rigor es imprescindible la conversación.

Planteada la dirección del recorrido, Wagensberg se adentró en el bosque de los laboratorios y los centros de investigación, donde reinaron durante un rato las figuras del ingenioso hidalgo y de su orondo e impertinente escudero. "La ciencia conversa con el mundo y lo provoca para saber cómo reacciona, como no dejan de hacer, una y otra vez, los personajes de Cervantes".

Wagensberg se detuvo en tres momentos esenciales de la investigación científica. El primero de ellos arranca de la separación de objeto y sujeto. Para conseguir la universalidad del conocimiento, el científico tiene que ser humilde y discreto, desaparecer para darle el protagonismo al objeto del cual se extrae el conocimiento. En ese sentido, ilustró Wagensberg, Sancho está más próximo al científico, que pregunta sin inmiscuirse, mientras don Quijote es más un ideólogo que explora el mundo desde la verdad de sus ideales. Pero también la ciencia necesita, cuando se estanca, de esta posición más imaginativa, más abierta, que transgrede con mayor desparpajo el método para cazar nuevas ideas.

El segundo episodio por el que ha de transitar el científico es el de la inteligibilidad, el de hacer comprensible lo que investiga. Buscar lo común en lo diverso, separar lo esencial de lo superfluo: y es lo que continuamente hace Sancho, que busca respuestas sensatas a los disparates del caballero.

Queda, en fin, la evidencia, el poder de la evidencia. Ese punto al que llegan tantas veces los científicos que constatan que la verdad previa no se corresponde con la evidencia descubierta. Don Quijote sabe la verdad, que aquellos son gigantes, y es Sancho quien debe llamar la atención sobre la evidencia, que los huesos del pobre caballero los han maltratado las aspas de los molinos de viento.

Las barbaridades y el carnaval

Hay algunas eminencias que circulan por el congreso que proceden de fuera de nuestras fronteras. Anthony Close, de la Universidad de Cambridge, habló ayer de Don Quijote y la teoría de la novela moderna, y comentó que la crítica cervantina es "un cuento de hadas" y que se han inventado un montón de "barbaridades" sobre la obra de Cervantes. "La ha recreado cada cual según su propia imagen, siguiendo sus propios intereses y para adaptarla a sus propios fines". Es "saludable y legítimo" tender puentes entre el pasado y el presente, dijo Close; "al fin y al cabo, ¿cómo me va a interesar el Quijote si ni lo relaciono con mi vida?". "Pero no hay que olvidar que su sentido está sujeto a determinantes histórico-culturales que no se pueden pasar por alto. La lectura del Quijote, pues, debe participar de esa tensión: la que lo acerca a nuestra época y la que respeta sus propios criterios de inteligibilidad".

Vincenzo Vitiello, de la Universidad de Nápoles, comparó en su intervención el Quijote con Fausto. "Tanto Goethe como Cervantes parten de un mundo donde se ha producido una escisión entre las palabras y las cosas. En el Quijote, Cervantes quiere llevar al mundo las aventuras de los libros de caballerías. Goethe hace el camino inverso: Fausto quiere salir de los libros para conquistar la vida. Lo que ocurre en el caso de Cervantes es que todas las intervenciones de Don Quijote terminan por fracasar; de ahí su ironía trágica. Fausto, gracias a la intervención de ese diablo burlón que es Mefistófeles, contempla el mundo y la historia como un gran carnaval. Y Goethe se convierte así en el gran pagano, que no confunde los nombres con las cosas, sino que se sirve de éstas para vivir y gozar del instante".

De izquierda a derecha, Anthony Close, José Manuel Sánchez Ron, Vincenzo Vitiello y Jorge Wagensberg. / TEJEDERAS

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