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domingo, 9 de mayo de 2004
Reportaje:

Operación: salvar a los niños obreros

El Congreso Mundial contra el Trabajo Infantil estudiará una lacra que afecta a 246 millones de menores en todo el mundo

No tienen ni idea de quiénes son Harry Potter o Mickey Mouse, y pocos han llevado alguna vez la mochila escolar a la espalda. Unos 246 millones de niños fabrican cigarrillos o confeccionan alfombras. Uno de cada seis menores en el mundo trabaja y, de ellos, tres de cada cuatro lo hacen en actividades con riesgo para su salud física o psíquica, como decorar pulseras con agentes químicos o servir en casas donde el dueño les pega o prostituye. La ciudad italiana de Florencia servirá de amplificador para esta realidad, desde mañana al jueves, en el I Congreso Mundial contra el Trabajo Infantil.

Shiv Kumar, de 14 años, tiene la cara plagada de acné y sonríe al contar que le gusta estudiar y que su héroe es el actor Jackie Chan. Pero lo que llama la atención en él es cómo le cambia el gesto al recordar cómo empezó a trabajar. A los seis años, un hombre les secuestró a él y a su amigo con el señuelo de unos dulces, y se les llevó a Benarés a confeccionar alfombras, en una factoría, de cinco de la mañana a nueve de la noche, con estacazos si se quedaban dormidos. "Tenía tanto miedo que, cuando vinieron a rescatarme unos policías, me escondí". Shiv, que contará su historia en Italia, se imagina este país "con grifos con agua, nieve y todo el mundo hablando inglés", es decir, muy distinta a su pueblo natal en el norte de la India.

Uno de cada seis menores trabaja; la mayoría, con riesgo para su salud

Modu: "Llévame a tu casa como sirvienta, pero déjame ir un rato a la escuela"

A Modu y Ronje, en cambio, fueron sus padres quienes las obligaron a hacer alfombras, tal vez a través de un intermediario que se queda un porcentaje de lo que ganan. El olor a orina es inaguantable al entrar en el tugurio cerca de Katmandú (Nepal) en el que trabajan. Cuestión de hacinamiento: 20 metros cuadrados tienen que dar para cuatro grandes telares y 15 personas que comen, beben, duermen y hacen sus necesidades en un rincón tapiado. Un bebé descansa en una hamaca de plástico colgada entre dos estacas y, como su madre, respira continuamente polvo y hebras de lana, que probablemente le producirán una enfermedad pulmonar crónica.

Ronje y Modu tienen los dedos diminutos de una niña de siete años, ideales para atar nudos sobre hilos tensados a cambio de dos platos de arroz y lentejas diarios y 20 euros al mes para sus padres. Con el cuello y el pelo llenos de roña, cansadas y pálidas, agradecen la invitación a té y galletas de la mano de Renu y Silvia, dos activistas que los rescatarán de ese antro, como han hecho con muchos otros niños.

"O son huérfanos o trabajan para pagar una deuda contraída, por ejemplo, con el farmacéutico", explica Silvia del Conte, una italiana voluntaria en una ONG. "Los empresarios hacen lo que quieren, se subcontrata por el coste más bajo, y punto", comenta Renu, coordinadora de un grupo de activistas de derechos humanos nepaleses que luchan por bajar las cifras: la mitad de niños del país trabajan, pero sólo el 17% recibe una paga.

Se hace mucho dinero con la barata y dócil mano de obra infantil y hay muchos intereses entrelazados. Según el Gobierno indio, en el país trabajan 11 millones de niños, aunque diversas ONG aumentan la cifra hasta 60 millones. Muchos son esclavos: ni reciben el salario mínimo ni tienen la opción de abandonar. La ley prohíbe a un menor de 14 años trabajar en actividades dañinas para su salud como tejer alfombras o fabricar cerillas, pero no siempre se respeta. "Hay que hacer cumplir las leyes, tiene que haber verdadera voluntad política", dice Suman, una directora de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil.

La mayoría de los activistas echan en falta otro tipo de acción, porque un boicoteo a las alfombras asiáticas en Europa, dicen, puede simplemente desplazar a los niños del taller al prostíbulo. Para otros, la penosa realidad tiene mucho que ver con la marcada sociedad clasista en India y Nepal. "El 90% de los niños explotados son de casta baja, y los políticos piensan con la mentalidad de las castas superiores", dice Swami Agnivesh, conocido activista indio y presidente del Fondo de la ONU de Lucha contra la Esclavitud.

Supria, a sus ocho años, ni se cuestiona por qué tiene que barrer los trenes o transportar cajas en la estación de Nueva Delhi. Simplemente, tiene que comer. Con suerte consigue 10 rupias diarias, menos de lo que cuesta una botella de agua mineral. No es fácil abordar un problema que es una cuestión de supervivencia: más de 300 millones de indios viven con menos de un euro al día, y la mitad de las mujeres son anémicas. "Tu opinión cambia cuando ves que las familias necesitan dinero, que los niños aprenden el oficio de sus padres porque es su único medio de vida", dice un empresario europeo que exporta con mucho éxito artesanía desde India. El Gobierno permite por ley el trabajo infantil si se hace con la familia o la dedicación no es a tiempo completo.

Empresarios y familiares mienten a los inspectores sobre las horas trabajadas o el parentesco de los niños, escudándose en que ayudan a quien lo necesita, que la culpa es de la pobreza. "No se dan cuenta de que no sólo es la causa, también la consecuencia del problema. El trabajo infantil produce generaciones de adultos analfabetos que perpetúan la pobreza", dice A. K. Khurana, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Kuldeep, de un pueblo del Punjab, se beneficia de un programa que financia el Gobierno indio con ayuda de una fundación deportiva. Sus padres reciben unos veinte euros al mes para que sientan que no están perdiendo un sueldo. A cambio, Kuldeep dejó de coser balones en el suelo de su casa para concentrarse más en sus deberes y en actividades recreativas. Ésta es la clave para Unicef: que los niños vayan a la escuela. "La única salida es escolarizarlos. Así romperán el círculo de pobreza, accediendo a mejores trabajos. Es el motor real para el desarrollo", dice Martin Dawes, portavoz de Unicef en Katmandú.

Ellos mismos intuyen que en el pupitre se les atiende, y no son invisibles como en sus trabajos. Fue lo primero que dijo Modu a Renu al conocerla en el telar: "Llévame a tu casa como sirvienta, soy muy buena limpiando. Pero déjame ir un rato a la escuela".

Un oficio para Mamta

Mamta, de 11 años, que antes limpiaba animales y transportaba grano, ahora se levanta como un rayo a las seis de la mañana y se peina sus negras coletas. Tras hacer ejercicio se enfunda su uniforme rojo y blanco y con Kavita, que antes recogía basura, desayuna y se apura para sentarse en primera fila de la clase de alfabetización. Al lado, sus compañeras mayores de 14 años ensayan con la máquina de coser, con la que han elaborado la ropa que usan.

Son algunos de los 70 niños que viven en la casa escuela en Delhi de la coordinadora de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil. Allí aprenden a leer y escribir, así como un oficio. Varias ONG financiadas por particulares u organizaciones de todo el mundo rescatan y tratan de reinsertar a menores en centros como éste.

Mamta desea volver a su pueblo y cambiar la tendencia. "Quiero que mis otros hermanos vayan a la escuela", afirma. "Voy a hablar con mis padres y con otras familias para que se conciencien". Según un estudio de la OIT, la relación coste-beneficio de sustituir el trabajo infantil por educación universal sería positiva: en 20 años el beneficio neto financiero para Asia sería de 2.736 billones de dólares en educación y salud.

Niñas trabajando en un taller ilegal de alfombras de Katmandú. / V. COLLARINO

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