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domingo, 8 de febrero de 2004
Crítica:LA LIDIA | Feria de Valdemorillo

El toro y el deseo del torero

Daba gusto ver la entrañable plaza serrana casi llena. Complacía conversar de toros y estar expectante por lo que fuera a suceder en el ruedo. La temperatura, de cine, y la luz, suave, dorada sin ser intensa. El panorama era prometedor. Luego fueron saliendo los toros al ruedo y embistiendo más bien poco, aunque, al fin y al cabo ejerciendo de toros.

Fue ese diálogo continuo entre la realidad y el deseo que, en definitiva, es una corrida de toros. La realidad la pone el toro y el deseo el torero. Y en tal diálogo, el mejor discurso lo dio Iván García, que en el sexto demostró capacidad lidiadora, estuvo valiente, dio buenos muletazos y, aunque no acertó con la espada, puede decirse que ganó la pelea. Lástima de los dos avisos escuchados antes de doblar el toro, ese regalito, tal como se califica a los toros mansos que desarrollan peligro o malas ideas.

San Román / Esplá, Encabo, García

Toros de Antonio San Román, bien presentados, mansos y deslucidos; 1º y 3º, blandearon; el 6º, peligroso. Luis Francisco Esplá: pinchazo, media tendida y descabello (saludos); media en la yema (saludos). Luis Miguel Encabo: pinchazo hondo y estocada desprendida (vuelta); estocada trasera y tendida, ocho descabellos (silencio). Iván García: estocada caída (vuelta); dos pinchazos, -aviso-, media baja -segundo aviso-, dos pinchazos y estocada delantera (silencio). Plaza de Valdemorillo, 7 de febrero, 3ª de feria, tres cuartos de entrada.

Iván García saludó a ese último toro de la tarde con limpios lances a la verónica de factura irregular, para después llevarlo al caballo y, a partir de entonces, ver cómo el toro salía casi de estampida tras probar el puyazo y no gustarle. Se formó un buen lío en banderillas, pues el marrajo cortaba el viaje o iba con cierto disimulo al bulto.

Montó entonces la muleta Iván García, al cambiar el tercio, y con unas dobladas que tenían poder y mando, se sacó para afuera al toro. Y terminó de imponer una faena, de cuerpo a cuerpo, en la que llegó a lucir temple y torería a la vez. En su primero, manejable y flojo, dibujó naturales despaciosos en un trasteo que fue aseado, amén de un galleo por chicuelinas en el primer tercio, templado y no exento de sabor.

Luis Miguel Encabo, en su primero, manso y deslucido para no desentonar con el resto de sus hermanos, en los lances de saludo dibujó dos preciosas medias verónicas. La faena de muleta fue ligera, mas tuvo unidad, algún que otro natural estimable, y variedad en cuanto a los muletazos de adorno y recurso. Aquel afaralado bien dispuesto, tal pase de pecho marcado al hombro contrario.

En el quinto, Encabo volvió a hacer del toreo al natural lo más logrado de toda su labor torera en esa jornada, esa mano izquierda que es la que más alegrías da al personal cuando tiene buen sentido, ritmo y nombradía. Pero el trasteo de Encabo fue perdiendo prestancia, conforme el manso burel iba como perdiendo agua.

El maestro Esplá, entonado en su primero, variado y variable, no le dio ninguna coba, o sea oportunidad, a su segundo, tal vez el más deslucido del encierro. Una media lagartijera, plena de efectividad y antigua raigambre, fue la nota alta que el torero alicantino, preferido de la afición, consiguió por derecho.

En fin, al terminar el festejo, parte del público, fue y arrojó almohadillas al ruedo, en señal de frustración y desconsuelo. La realidad del toro, en este caso cruel, blandengue y mansa, se hizo dueña de la dorada tarde en Valdemorillo, en la que, a pesar de lo visto y contado, se llegaron a pedir orejas en el segundo y tercer toro, que el presidente, con acierto y ponderación, tuvo a bien no conceder. Los Reyes Magos ya fueron. A ver si nos enteramos.

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