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sábado, 22 de noviembre de 2003
Tribuna:

Bicefalia

En contra del tópico autoritario de frecuente consumo entre nuestros políticos, y aun más entre los medios, yo no creo que la dirección dual de un colectivo, el que sea, lo que suele calificarse como bicefalia, sea necesariamente mala, ni que esté inevitablemente condenada al fracaso. Como la cultura clásica ha retrocedido enormemente debido al proceso de barbarización de la enseñanza que padecemos me parece que sería oportuno recordar que la República Romana tuvo una dirección bicéfala durante sus quinientos años de vida, que no parece un período de tiempo precisamente breve. No es necesario ir tan lejos en el tiempo y en el espacio: en tres de los cinco partidos alemanes, precisamente los mayores, la dirección del partido no coincide con la del gobierno: Gerhard Schroeder, sin ir más lejos, aun siendo canciller no es ni presidente ni secretario general de su partido, y no parece que por ello se quiebren las esferas. Lo que resulta obvio es que la bicefalia supone reparto del poder y, por ello, no es compatible con poder absoluto alguno.

Porque bicefalia significa reparto del poder poco menos que por definición, claro que como el reparto es necesariamente más complejo y delicado que su concentración requiere de condiciones de vida mucho más exigentes. La bicefalia es factible y puede ser funcional (véase la campaña del PP las pasadas autonómicas valencianas) pero requiere condiciones ecológicas muy estrictas, de tal modo que si éstas no existen el nicho que la dirección dual puede ocupar desaparece y la misma deviene imposible. Por de pronto la bicefalia exige un reparto de funciones y competencias, y cuanto más claro mejor, debe saberse con anterioridad y precisión qué asuntos tocan a cada uno de los cónsules y cuándo, y debe prevenirse medios para resolver los desacuerdos, que son tan inevitables como la sucesión de la noche y el día. Sin un reparto de papeles lo más claro posible resulta inevitable que un cónsul le pise la sandalia al otro, con las consecuencias de rigor. No es cuestión de cónsul senior y cónsul junior, es que cada uno antes de senior o junior son cónsules, que es de lo que se trata.

Por no salirse del caso alemán, el canciller apenas interfiere en la organización y la vida interna del partido, parcela encargada a la dirección del partido, salvo en la cuestión clave de las listas electorales, en la que canciller y dirección se reparten la designación y puestos seguros de candidatos; en contrapartida el partido respalda públicamente al gobierno y el grupo parlamentario apoya firme y lealmente al canciller. Los desacuerdos se resuelven en compromisos y ni el canciller cuestiona al congreso del partido ni éste cuestiona al canciller. Las políticas públicas se anuncian en el programa electoral y su definición y aplicación entran en la esfera de acción propia del canciller y su gobierno, que son respaldados por el grupo parlamentario. Los desacuerdos, cuando los hay, se dan generalmente entre los disidentes y críticos del grupo parlamentario y el canciller y se resuelven generalmente mediante compromisos en los que el grupo parlamentario endosa la política del gobierno a cambio de concesiones en asuntos concretos. El partido no interviene en tales diferendos, salvo que lo haga para respaldar al canciller. Claro está que todo ello es factible porque existe un acuerdo tácito de inicio sobre el reparto, porque a cada cual se le respeta su cuota parte de influencia y responsabilidad y porque se procura que exista siempre lealtad y si es posible confianza entre gobierno y dirección del partido. Porque resulta obvio que sin reparto claro de papeles, sin respaldo mutuo, sin lealtad y, si es factible, sin confianza el dualismo en el mando no es duradero.

En nuestro país los casos de bicefalia no han funcionado bien. En parte ello se debe a la cultura de "todo el poder para el jefe" ampliamente extendida y que, como consigna absolutista que es, repugna esencialmente a esa criatura liberal que es la distribución del poder. Si la cultura del partido es servil (o persa, como decían nuestros abuelos) no cabe esperar que el gobierno constitucional del mismo sea fácil. Pero esa es sólo una parte, y no necesariamente la más importante de la historia. La bicefalia como artefacto que es sólo puede tener buen diseño y con él posibilidad de funcionar si es deliberada y prevista y, a ser posible, inicial. El que esos requisitos no se dieran vició de salida la experiencia de bicefalia en el PSOE y explica sobradamente su fracaso.

En el caso del actual PP valenciano buena parte de los requisitos necesarios para el éxito de la bicefalia se dan. Su mayor inconveniente no radica en la ausencia de los presupuestos mínimos necesarios, radica en que el cónsul junior es sucesor del cónsul senior. Y esa sucesión en el tiempo supone que el cónsul entrante en el gobierno, que lo ha hecho con programa distinto al que en su día tuvo el cónsul senior, debe combinar la continuidad de la orientación política general del gobierno con el cambio de políticas que es indispensable tanto para hacer frente a las necesidades de hoy (que no son las de ayer salvo en el caso de que el gobierno saliente fuere ineficaz) como para marcar su perfil propio a la gestión de un gobierno que a la postre es suyo. Y eso, claro, genera tensiones. La pretensión de unos de hacer tabla rasa del pasado es un error, porque ellos son consecuencia y obra de ese pasado, y porque destruye la posibilidad de lealtad y confianza que el dualismo requiere. Pero la pretensión de otro de que todo siga igual es ilusoria, los momentos son otros, los problemas son distintos y los gobernantes también. La pretensión de que el cónsul junior haga lo mismo que el señor y con las mismas personas supone que el junior no es cónsul y no hay dualismo alguno, supone que el junior es un aparato con mando a distancia.Y alguien debería explicar que si ese artefacto existe en política se le acaban las pilas enseguida.

Es más, cuando se pasa el punto de inflexión que separa un ciclo de apoyo electoral alcista de otro a la baja (el PP valenciano ha perdido apoyos en casi todas las comarcas de economía más moderna y mayor población y ha bajado algo respecto de las anteriores autonómicas y casi el 20% del score de las anteriores legislativas) el reto del cambio está ante el gobernante.

Manuel Martínez Sospedra es profesor de Derecho de la Universidad Cardenal Herrera-CEU.

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