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lunes, 10 de noviembre de 2003
COLUMNA

Caligrafía

La estilográfica y el bolígrafo le dijeron adiós ya hace bastante tiempo a la caligrafía, es decir, al arte de escribir bien redondilla, letra inglesa, gótica, fina, menuda o bastarda. Hoy en día, el solo intento de nombrar la caligrafía, o arte de adiestrar a diestros y zurdos en la escritura a mano, merece la condena al más recalcitrante de los infiernos reaccionarios por parte de la pedagogía postmoderna. Qué le vamos a hacer. Aunque los maestros y maestras de primeras letras, con dos dedos de sesera, han seguido y siguen ofreciendo a sus tiernos alumnos la muestra que han de copiar para mejorar su letra. Pero, a pesar del voluntarismo de bastantes maestros, la letra y la corrección ortográfica de las jóvenes generaciones va a peor, sin que nadie ponga freno o tuerza el curso del proceso.

Por eso se dirigieron educadamente los miembros del Consejo Escolar del colegio Gaetà Huguet de la capital de La Plana al munícipe encargado de la Educación y la Cultura en su Ayuntamiento, Miguel Ángel Mulet; porque les preocupa que los niños aprendan con moldes que nada tienen que ver con la tablillas pictográficas del Museo Arqueológico de Bagdad, si todavía se siguen exponiendo después de la barbarie. Les preocupa que la iniciación a la escritura y la lectura de sus alumnos e hijos estén a años luz de la iniciación ritual a la palabra escrita que realizaban los niños judíos en épocas pasadas, y de las que nos da noticia el erudito hispanista Alberto Manguel en su magistral Historia de la lectura: el padre o el maestro sentaba al niño en su regazo y en una pizarra untada con miel, que la criatura lamía, escribía las palabras de la Torá y el alfabeto hebreo. Un molde religioso, práctico y dulce para acercar las letras a los niños. El de nuestra antigua caligrafía también era útil y práctico. Pero los padres se quejan y con razón, al dialogante Mulet, de que el molde donde aprenden los muchachos las letras es el artilugio del teléfono móvil, cuyos mensajes se reproducen en televisión. Y la televisión, ya se sabe, es el instrumento que estampa o da forma a la educación de los pequeños: este tio se yeva la tira de pasta; tiene + cuento que cayeja; q tio + bibidor x eso no lo escuchao... Esos son los moldes que estampan la cultura de los futuros ciudadanos; unos moldes cargados de analfabetismo funcional, pero con una floreciente economía, que permite que los inocentes niños deambulen por calles y escuelas con el telefonino, como lo denominan los italianos, sin saber de letra inglesa o redondilla, y sin conocer una ortografía correcta. Porque los móviles se pagan y los niños, que se sepa, todavía no entregan sueldo alguno en casa.

Algo huele como a desquiciado en esta sociedad mediática, donde la televisión reproduce estupideces ortográficas, y donde los niños consideran indispensable utilizar un móvil que pagan con gana o desgana sus progenitores. El destinatario o destinatarios de la preocupación social del Consejo Escolar del Gaetà Huguet, no son tan sólo los poderes públicos, ni los programas de televisión que desbancan a los maestros de las primeras letras: son todos los estamentos sociales con la responsabilidad alícuota que a cada cual nos corresponde. Estos días en que con letra historiada y florida nos hablan de futuras bodas regias, en que con letra bastarda inclinada a la derecha nos enseñan cómo se saquean los museos que albergan pictogramas... estos días se agradece que el Consejo del Gaetà Huguet haya señalado con letra menuda un tema de relevancia social.

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