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sábado, 1 de noviembre de 2003
COLUMNA

Valencia en gripe

De la misma forma que se puede decir que Valencia está en Fallas, de veraneo o en elecciones, también es adecuado afirmar que Valencia está en gripe. Y ya se sabe que cuando ese fantasma nos recorre hay que tener cuidado con la fiebre y la bronquitis, vigilar esto y aquello, reposar un poco y tener paciencia. Pero además de todo eso, casi nadie nos advierte de que la gripe también provoca una visión pesimista de la realidad, en parte por la debilidad que nos produce, pero también porque no hay nada tan triste y deprimente como que el mundo entero se convierta en un pañuelo. Por eso es bueno, además de la fiebre, vigilar también nuestro estado de ánimo.

Si nos dejamos dominar por los virus, estos pequeñines que nos amargan la existencia durante unos días, no hay noticia buena ni suceso agradable que llevarse a la boca. Nos cuentan, entre otras cosas, que ahora es inmigrante todo el que no es de mi pueblo y, aún así, hay que diferenciar entre los vecinos y los de la familia, que no se puede confiar en cualquiera así como así. Añádase, para más inri, que el mapa de España anda un poco desenfocado, por aquello que decía aquel viejo polaco y lingüista llamado Korzybski de que no hay que confundir el mapa con el territorio.

Si volvemos la vista hacia algo menos fundamental y más pragmático, observamos que los presupuestos de la Generalitat están más cerca de la realidad, como se dijo ayer en estas páginas con mucho acierto y buen criterio. Claro que cuando se dice que hay que acercarse a la realidad, casi siempre es que la cosa anda triste y estamos a punto de tener una hartá de realismo. Tan real como la obligación de chaqueta reflectante para los conductores, algo similar al antiguo brazalete con la estrella amarilla, símbolo del holocausto que se está produciendo en nuestras carreteras. O la vigilancia del gasto de luz por parte del Ayuntamiento de Madrid para saber si la relación que mantenemos con nuestra casa es estable, algo pasajero o simplemente la poseemos y estamos obligados a ponerla en alquiler. Todo es real, aunque un tanto fantasmagórico.

Ni caso, de verdad. Son los pequeñines que trabajan a miles para que vivamos entre estornudos y tengamos una visión lacrimógena de nuestro alrededor. Sabemos por experiencia que la xenofilia siempre termina venciendo a la xenofobia por muy virulenta y contagiosa que sea, y que el mapa está cambiando desde hace siglos, pero el territorio permanece ahí cada vez que nos levantamos por la mañana. Cuando hacemos el presupuesto mensual nunca nos sale bien, pero siempre lo superamos de alguna manera. La chaqueta reflectante sólo es un negocio y terminará poniéndose de moda en discotecas y playas nocturnas, que también las hay, o entre políticos en campaña, que también tienen peligro, para distinguirlos del sufrido votante. Y en cuanto al dilema entre la luz y la posesión, la casa siempre estará primero y así veremos ciudades vacías pero resplandecientes en el firmamento madrileño.

La gripe pasa. Todo volverá a la normalidad en una Valencia sin virus que nos depriman. Entonces, todavía convalecientes, no hay nada más placentero que una profunda calada raspándote los verdes pulmones hasta el último alveolo. ¿Dije calada?, perdón, quería decir bocanada de aire fresco.

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