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Crítica:AUTOBIOGRAFÍA Y FICCIÓN

Retrato del artista incipiente

El narrador comienza por ponerse una careta. Es la careta de un payaso. La de un tipo -un escritor- que pretende parecerse a Hemingway. No escribir como Hemingway, sino parecerse físicamente a él. Tanto lo pretende, que incluso llega a inscribirse en el tradicional concurso de dobles del escritor que se celebra anualmente en Key West, Florida. Llega allí con una barba postiza y desoyendo las advertencias de su mujer, que le ha dicho siempre que no se parece nada a Hemingway. Naturalmente, queda descalificado a la primera de cambio.

Con la careta puesta, el narrador pretende ahora estar leyendo el texto de una larga conferencia que imparte a lo largo de tres días en el marco de un simposio dedicado al tema de la ironía. Encomendándose a su particular poética de la improvisación, sin miedo a divagar (luego invocará a Roussel para declarar su tendencia a "narrar historias que surgen de la prosa misma"), el narrador va a aprovechar la ocasión, dice, para hacer una "revisión irónica" de los dos años que pasó en París cuando era joven y viajó allí con el firme propósito de convertirse en escritor.

PARÍS NO SE ACABA NUNCA

Enrique Vila-Matas

Anagrama. Barcelona, 2003

240 páginas. 13 euros

Comienza así un divertido, a menudo desopilante relato de las andanzas parisienses del aprendiz de escritor, alojado nada menos que en una buhardilla que le alquila Marguerite Duras. En esa buhardilla el narrador fue dando forma, dice, a su primera novela, La asesina

ilustrada.

-¿La asesina ilustrada? ¡Pero si ése es el título de la primera novela de Enrique Vila-Matas!

En efecto. La cual fue escrita, por cierto, en la misma buhardilla alquilada a Marguerite Duras de la que se habla aquí. Y por la misma época (años 1974-1975).

-¿Así que es el propio Vila-Matas el que se esconde tras la careta del tipo ese que quiere parecerse a Hemingway?

Bueno, no exactamente. No es del todo lícito confundir, en un libro, al autor con el narrador, por mucho que se parezcan.

-Pues entonces... ¿Qué necesidad tiene el narrador de ponerse una careta?

La verdad es que no mucha. De hecho, resulta un poco enojoso tener que oírlo hablar con la careta puesta. Como resulta enojoso, puestos a decirlo todo, aceptar que se está frente al texto de una conferencia cuando muy poco o nada lo caracteriza como tal.

Es evidente que tanto la careta

como la escenificación del texto aspiran a ganar un espacio de libertad o, más bien, de irresponsabilidad para lo que no deja de constituir, pese a todo, un testimonio autobiográfico. La cuestión es que el interés de ese testimonio se ve mermado antes que potenciado por esta tramoya superflua, que distrae y entorpece, sobre todo en sus primeros tramos (luego parece como si el autor mismo se desentendiera de ella), un texto sobrado, por lo demás, de alicientes, que entre otras cosas reconstruye ejemplarmente cómo, entre la candidez y la perplejidad, entre la soledad y la desesperación, una vocación literaria se abrió paso con increíble tozudez. Entre otras cosas, se ha dicho. Y es que este libro es también, cómo no, una indagación sobre las razones y el sentido de escribir. Y es además una crónica del París de los años setenta, imbricada, a través de la recurrente invocación a París era una

fiesta, de Hemingway (de ahí viene la careta), con la evocación del París de entreguerras. Si bien esto último lastra también el texto con demasiadas digresiones pertenecientes al género siempre resultón del turismo literario. ¡Ah, esa manía tan propia de Vila-Matas de trufar con citas y pistas literarias la experiencia propia! La experiencia, en este caso, de París, ciudad sobre la que se acumulan en estas páginas toda suerte de postales y bibelots culturales: cachivaches más o menos prestigiosos traídos de ese Marché aux Puces al que viene a parecerse, a partir de cierto momento, la memoria libresca de cualquier persona leída.

Aunque ya se sabe: Vila-Matas es un mitógrafo. Y es su pasión mitográfica la que ha dado lugar a esa particular textura genérica en la que se yuxtaponen e interfieren rasgos de la ficción, el ensayo, la crónica y la autografía, todo ello ligado con abundancia de citas y referencias literarias, y puesto al amparo del humor y de la parodia. Sin renunciar a esta particular textura, París no se acaba nunca se distingue por una importante novedad: por primera vez Vila-Matas, confiado tanto en el crédito ganado como en la perspectiva adquirida, se dedica a explorar su propio mito personal. Por primera vez hace Vila-Matas mitografía de sí mismo, bien que ciñéndose más o menos a sus años de juventud. Y el resultado es un libro en el que parece desembocar toda una etapa en la trayectoria del escritor que apuntaba desde sus comienzos a la asunción cada vez menos encubierta de su propio personaje.

"Había leído yo, no sabía dónde", escribe el narrador de París no se acaba nunca, "que André Gide decía que un artista no debía contar su vida tal y como la había vivido, sino vivirla tal y como la iba a contar". Y este libro parece la perfecta plasmación de esta premisa, aun a pesar de los paliativos que Vila-Matas todavía se siente impelido a emplear.

No sería extraño que alguien se animara a hablar, al comentar este libro, de "ficción autobiográfica". El autor mismo parece tentado a ello cuando hace decir a uno de sus figurantes que "una autobiografía es una ficción entre muchas posibles". Pero es éste el tipo de fórmulas y de afirmaciones que resbalan sobre el asunto que las suscita. En lo tocante a materia autobiográfica, lo decisivo no es el componente más o menos ficcional que inevitablemente incorpora, sino el hecho de que dicha materia se sustente sobre una personalidad reconocible, que no sólo es la que atrae y retiene la expectativa del lector, sino la que actúa como centro de gravedad de cuanto tiene lugar dentro del relato. Y tal es lo que viene a ocurrir en este libro.

Parece más propio, pues, al menos aquí, hablar de collage autobiográfico. Bajo esta forma, París no se acaba nunca ofrece un documento espléndido de cómo se fraguó una manera característica de vivir en literatura, y de cómo conquistó su razón de ser mediante la escritura de una primera novela que el autor no tardaría en repudiar pero que en la actualidad, desde las alturas de sí mismo, es capaz de recordar y de asumir con soberana indulgencia. Lo hace riéndose inevitablemente de la fatuidad del joven que la escribió, pero sin abjurar de él ni perder de vista cuánto de aquel joven prevalece en el escritor hoy consagrado, resultado al fin y al cabo de una firme resolución, por parte de aquel joven, de "madurar con obstinación y resistencia".

Ésta es la más hermosa lección de este libro, de este cómico y piadoso retrato del artista incipiente, cuyos mejores pasajes son sin duda los que testimonian de primera mano, con su conmovedora tendencia a la veneración, con su magnetismo para el disparate, las aventuras y desventuras parisienses del autor: su impagable relación con Marguerite Duras, los retratos memorables que hace de ella y de otros notables de la época a los que el narrador dice haber conocido más o menos de cerca, su noviciado cinematográfico ("iba mucho al cine", repite una y otra vez quien escribiría luego un libro titulado Nunca voy al

cine), sus escarceos con la dolce

vita, sus contactos con los exiliados españoles e hispanoamericanos, con la farándula y la bohemia, su indigencia sentimental, su curiosidad insaciable, su imperturbable esnobismo, su irresistible inocencia...

Piezas todas de una autobiografía disfrazada de otra cosa que, como Vicky Vaporú, "la travesti más guapa del Quartier Latin", pregunta a quien quiera oírla: "¿Verdad que yo no soy una mujer sofisticada ni falsificada sino que soy una falsificación verdadera?".

Si usted lo dice, señorita...

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de octubre de 2003

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