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domingo, 7 de septiembre de 2003
Reportaje:HISTORIA

El último de los de Franco

En la fecha simbólica, tan vinculada a su persona, del 1 de septiembre, falleció, a los 101 años, Ramón Serrano Súñer, el todopoderoso ministro del general Franco -y también su concuñado- durante la Guerra Civil y los primeros años de la II Guerra Mundial. Era el último protagonista y testigo vivo de aquellos años cruciales para la historia de España y del mundo. Justo 64 años antes de su muerte, las tropas alemanas habían cruzado sin previa declaración de guerra la frontera con Polonia y habían invadido ese país, cuyo territorio se lo repartieron impunemente con la Unión Soviética, tal como los dictadores Hitler y Stalin habían acordado en un pacto secreto. La confrontación entre la Alemania nazi y las democracias había comenzado.

Estaba considerado como la personalidad más germanófila del régimen; por eso le convocaron en Berlín para negociar la entrada de España en la guerra

Cuando tuvo que guarecerse en Berlín por un bombardeo aéreo británico, cambió la percepción triunfalista de la guerra en pro de una victoria alemana

Ramón Serrano Súñer fue ministro de Gobernación y de Asuntos Exteriores en una etapa en la que se fusiló o asesinó a decenas de miles de republicanos

En España, la contienda fratricida había terminado cinco meses antes de aquel 1 de septiembre de 1939. Serrano Súñer era ministro de la Gobernación y hombre de toda confianza del dictador Franco. Los dos creían que la guerra era inevitable y que Alemania la ganaría, tal como parecieron confirmar los acontecimientos de un año más tarde, cuando el ejército hitleriano tomó Francia y dominaba todo el continente, con excepción de las islas Británicas. Londres resistía como podía los bombardeos de la aviación alemana, aunque aún conservaba su poderosa flota. No obstante, el fin no podía estar lejos.

Panorama 'esplendoroso'

El panorama que aparecía ante el inquilino del palacio de El Pardo y su concuñado era esplendoroso: si se sumaba al nazismo victorioso, los españoles podrían construir un nuevo imperio, ahora con el Marruecos francés y el Oranesado; ampliar las colonias en el África ecuatorial, quizá hacerse con el Rosellón francés y recuperar Gibraltar. Ésas fueron las reclamaciones que, como botín, pedía Franco a Hitler para entrar en la guerra, más el imprescindible abastecimiento de alimentos y material bélico. A Berlín lo que sobre todo le interesaba era el territorio español como plataforma militar y la facilidad que ello suponía para tomar la base británica de Gibraltar, con lo cual los nazis dominarían la entrada al Mediterráneo.

El 13 de septiembre de 1940, Serrano Súñer recibió una invitación para visitar Berlín con objeto de ultimar los detalles. No era ministro de Exteriores ni tenía responsabilidades militares, pero en la capital alemana estaba considerado como la personalidad más relevante del régimen español, después de Franco, y el más germanófilo. Serrano insistió en las reclamaciones, pero no conectó bien en lo personal con su colega Joachim von Ribbentrop (luego ejecutado tras el juicio de Núremberg), que le trató con un cierto desprecio como a un subordinado, a lo que Serrano reaccionó con dignidad. Durante esta estancia se produjo un bombardeo británico de la capital alemana que tuvo una importante influencia psicológica en la posición franquista sobre la percepción de la guerra, era el primer toque de atención sobre el curso bélico. La delegación española tuvo que refugiarse durante cuatro horas para evitar los proyectiles ingleses. Esto quería decir que Inglaterra seguía viva y tenía una gran capacidad militar, lo contrario de lo que decía la propaganda nazi. Tras este viaje, Serrano cambió de ministerio al ocupar la cartera de Exteriores.

El siguiente asalto tuvo lugar en la estación ferroviaria de Hendaya, el 23 de octubre de aquel año, escenario de la famosa entrevista entre Hitler y Franco, en la que el primero exigía el libre paso de las tropas alemanas por territorio español para conquistar Gibraltar. (Aparecía el fantasma de Napoleón, que había realizado la misma solicitud en 1808 para poner orden en Portugal, y que luego sirvió para ocupar España). Una vez acabada la guerra, el peñón volvería a soberanía española, pero el führer no se comprometió a atender las demás reivindicaciones territoriales solicitadas ni los abastecimientos. Había ocurrido que el mariscal francés Philippe Petain, líder de la Francia no ocupada, había prometido a Hitler poner a disposición del "nuevo orden" el Ejército y la Armada franceses, a condición de que no se tocara el imperio colonial, porque tenía conocimiento de las pretensiones de Madrid. Hitler no podía, pues, transigir con las demandas de Franco.

Según Serrano, durante la negociación, los ojos de Hitler brillaban cada vez que Franco enjuiciaba algún asunto militar que nadie le había solicitado, tal vez porque tenía el complejo de ser un aficionado en esos temas, ya que no había llegado más que a cabo en la guerra anterior. El ambiente estuvo algo más distendido cuando esa noche cenaron todos en el vagón del führer. Acabada la comida al filo de la medianoche, las autoridades nazis acompañaron a los españoles hasta su tren. Franco subió a la plataforma y saludó militarmente a los alemanes con la portezuela abierta. El vagón se puso en marcha dando un tirón muy brusco y el caudillo se tambaleó, estando a punto de caer de bruces a la vía si no fuera porque el general Moscardó, héroe del Alcázar toledano, le sostuvo.

La respuesta de Hitler

La propaganda aprovechó la entrevista de Hendaya para afirmar que Franco había capeado el temporal hitleriano y evitado que España entrara en guerra. Los acontecimientos habían sido muy distintos. Si el líder nazi no había dicho nada en Hendaya, aquella misma noche la diplomacia alemana entregó un protocolo ya escrito al embajador español con un ultimátum para que España entrara en guerra "en el momento en que Alemania lo considerara necesario". El embajador, despendolado y con la cantinela de que una negativa podría significar cualquier cosa, despertó a Serrano, que dormía en el palacio de Ayete de San Sebastián, y éste, a su vez, a Franco. Ante las pretensiones del amo de Europa, Franco claudicó. Al día siguiente, Hitler pudo mostrar a Petain el documento firmado por Franco.

Ahora todo quedaba en manos del destino, que ya se aparecía como poco prometedor, porque en esas fechas un informe de la Marina española expuso los gravísimos problemas que acarrearía la entrada en la guerra: la Armada británica estaba en condiciones de bombardear y destruir cualquier puerto español y, aún más, podía desembarcar en las Canarias e instalar y reconocer al Gobierno republicano, entonces en el exilio.

Serrano fue convocado el 14 de noviembre a Berchtesgaden, el refugio alpino de Hitler en Baviera, cerca de Austria, para comunicarle, nunca negociar, que pronto se pondría en marcha la Operación Félix, destinada a controlar Gibraltar mediante el paso, o la invasión si fuera necesario, del territorio español. Y otra vez la suerte acudió en ayuda de Franco. La Italia de Mussolini había invadido Grecia un mes antes, pero en esos días las tropas griegas se habían rehecho, poniendo en aprieto al duce. Entonces Hitler retiró sus soldados de la frontera española para acudir en socorro del líder fascista y ya nunca más tuvo la oportunidad de pensar en España.

En junio siguiente, los alemanes entraban en la URSS, rompiendo en mil pedazos el tratado acordado con Stalin. Con ese motivo, Serrano tuvo la idea de que los españoles devolvieran la visita de las Brigadas Internacionales, que habían tomado parte en la guerra civil patrocinadas en buena medida por la URSS. Así se organizó la División Azul, que combatió al lado de los alemanes en el frente ruso. En ese ambiente, el 24 de junio de 1941, Serrano pronunció una frase que hizo época: "¡Rusia es culpable!".

Pero su final político estaba cerca. Con el cambio de la marcha de la guerra -EE UU se había sumado en diciembre a la lucha contra el Eje-, el sentido común aconsejaba que al frente de Exteriores se pusiera a alguien menos significado. El motivo del relevo fue el grave enfrentamiento entre falangistas y carlistas en el santuario bilbaíno de Begoña, que casi termina con la vida del ministro de la Guerra, el general Varela, significado tradicionalista, sobre el que un camisa vieja arrojó una bomba. Los carlistas se sentían postergados por el régimen, que hasta entonces estaba copado por los azules. Serrano salió del Gobierno para no volver nunca más.

Desde entonces, Serrano quiso rectificar su itinerario político y se mostró partidario de una restauración de la monarquía borbónica en la persona de don Juan. Incluso llegó a entrevistarse con el ministro socialista Indalecio Prieto. Antes había sido partidario de Alemania en los momentos en que ésta se encontraba en el cénit. Fue ministro de Gobernación en una etapa en la que se fusilaron o asesinaron a decenas de miles de republicanos. Para la represión, se promulgaron leyes penales retroactivas, un atentado contra los principios jurídicos más elementales.

Serrano había sido diputado en las dos últimas legislaturas de la República por la CEDA, el principal partido de la derecha. Al producirse la sublevación militar, iniciada en África por su concuñado, no tuvo participación alguna en la conspiración, sufrió el trauma personal de ver cómo unos milicianos asesinaban a dos de sus hermanos y a él le detenían sin mandato judicial, a pesar de su condición de parlamentario. Conducido a la cárcel Modelo de Madrid, estuvo a punto de perecer en los fusilamientos y sacas que se produjeron en los primeros meses de la guerra. Se salvó gracias a la ayuda de un allegado de Indalecio Prieto, que le sacó de la cárcel para internarlo en un centro hospitalario del que consiguió fugarse.

En Salamanca

Al llegar a Salamanca, se encontró con que en la llamada España nacional no existía el Estado, concentradas todas las energías en el esfuerzo bélico. Gracias a su formación jurídica, Franco contó con un colaborador inestimable que le ayudó a poner en pie la Administración. En estos primeros tiempos, Serrano se dio cuenta, a tono con la época además, de la necesidad imprescindible de contar con una figura indiscutida al frente del régimen, y así fue construyendo la nueva personalidad de Franco, ahora convertido en caudillo de la noche a la mañana, en tanto que a Mussolini y Hitler les había costado mucho trabajo ganarse esa posición.

Aunque no había sido falangista, encontró en ese partido el sustrato doctrinal necesario para montar el Estado y alcanzar la necesaria unidad de acción para ganar la guerra. Fue nombrado en 1938 ministro de la Gobernación. Promovió el llamado decreto de unificación por el que todos los grupos de la derecha que se habían sumado a la sublevación quedaban prohibidos y se creaba como partido único Falange Española y Tradicionalista de las JONS. Se rodeó de un grupo de intelectuales falangistas, que promovían un régimen de ese matiz, aunque hubiera que prescindir de Franco, y que luego serían la semilla de la oposición antifranquista no socialista ni comunista, entre los que cabe destacar a Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo y Antonio Tovar. Así fue el paso político del que fue llamado el cuñadísimo.

Un buen partido llamado Jamón Serrano

RAMÓN SERRANO SÚÑER había estudiado derecho en Madrid, licenciándose con premio extraordinario. En la Universidad se hizo amigo íntimo de José Antonio Primo de Rivera, hijo del entonces dictador, y que luego fundaría la Falange. Ingresó por oposición en el cuerpo de abogados del Estado y amplió estudios en Roma y Bolonia, lo que le permitió conocer de cerca lo que Mussolini estaba haciendo en Italia. Serrano había nacido en Cartagena el 12 de septiembre de 1901.

Con el prestigio que daba el ser abogado del Estado, se convirtió en el deseo y la comidilla de las jóvenes de Zaragoza, adonde fue destinado. Era tan buen partido que le llamaban Jamón Serrano, en alusión a su nombre y primer apellido, pero el destino le tenía reservada una mujer con la que haría historia. En Zaragoza conoció a Franco, que era el director de la Academia General Militar, y se casó con Zita Polo, hermana de la mujer del general, con la que tuvo seis hijos.

La única relación política que ambos concuñados tuvieron antes de la guerra fue la que desempeñó Serrano en 1936 al viajar a Canarias, donde Franco era la máxima autoridad militar, para convencerle de que no se presentara como candidato de la derecha al Parlamento por Cuenca y le dejara esa posibilidad a Primo de Rivera. Franco accedió de mala gana. En el avión se encontró con Juan Negrín, que sería jefe del Gobierno republicano durante la guerra. Éste, presumiendo la oculta misión de Serrano, le dio un ejemplar de El príncipe de Maquiavelo.

Tras su caída política se dedicó a la abogacía, llegando a tener uno de los mejores bufetes del país. Escribió como memorias dos libros: De Hendaya a Gibraltar (1947) y Entre el silencio y la propaganda (1977).

Las relaciones personales con Franco, a pesar de los vínculos familiares, ya no fueron buenas. En las recepciones oficiales apenas se hablaban. Sus continuas visitas a Estoril para ver a don Juan de Borbón no caían bien en El Pardo. Franco llegó a comentar con desdén "su afición a cambiar de chaqueta y ponerse al sol que más calienta".

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