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viernes, 4 de julio de 2003
Tribuna:

...Y el chico es homosexual

Cuando el cambio social es muy rápido, la hipocresía se erige en norma y causa estragos. Parece ser que la señora Shere Hite o nuestra más doméstica Carmen Alborch, no se han enterado de esto. Sorprende más en Hite, pues en el mundo anglosajón hace décadas que existe una cuasi obsesiva preocupación por esta asignatura, el impacto sociológico y psicológico producido por las innovaciones de toda índole. Decía Toffler que "el choque del futuro" en nuestra época, es "la enfermedad del cambio". Y eso que Future Shock era ya entonces, va para cuatro décadas, la obra de un divulgador. Escribía el autor que no tenemos ni idea de cómo adaptarnos al ritmo frenético del cambio. A lo largo de 500 páginas demostró que también él sufría de la misma ignorancia, pero al menos, lo sabía.

Sociólogos de la Universidad de Barcelona dicen -informó EL PAÍS- que los padres reciben generalmente la noticia de la homosexualidad de los hijos como "una desgracia. La reacción de los padres suele ser de estado de choque, negación, culpa, ocultación o ira". Cabe preguntarse cuántos de estos consternados padres han sido defensores de la causa homosexual. Algunos de ellos no sabrían decir si mentían o se mentían a sí mismos y por extensión, a todos. "Tolerancia, pero con matices", reza otro informe de este diario. En el programa de Manuela Ríos en Canal 9, los homosexuales presentes en el escenario, reconociendo los avances de su causa, declararon no obstante que hay todavía mucho camino por andar. En la esfera heterosexual y según mis propias estadísticas, si novios y maridos se sinceraran, el llanto y el crujir de dientes se oiría en la cocina de un divertido Satán. Uno cree que si a alguien no le importa que su mujer se haya acostado con equis fulanos antes que con él, miente o se miente o tiene madera y no de boj. Pero lo he dicho al principio: cuando el cambio social es muy rápido, la hipocresía se erige en norma y causa estragos. Y añado: Tombola como remedio puede agravar el mal, nunca sanarlo. Pero no cabía esperar otra cosa. Si los efectos medioambientales del cambio acelerado han dejado el planeta hecho unos zorros, ¿íbamos a esperar que se tuvieran en cuenta los efectos de una determinada tecnología sobre la salud mental? Eso sí, la denuncia está permitida y florece; y no infrecuentemente, nutre al monstruo que pretende destruir. Ya se sabe que la ausencia de adversarios es a medio o largo plazo, el mayor peligro para el individuo y para el poder.

Visto desde una perspectiva histórica, la liberación de la mujer y la salida del armario de la homosexualidad, han sido procesos fulminantes. La gente de mi edad recuerda que al homosexual mariquita se le podían hacer toda suerte de cochinadas casi con entera impunidad. El vergonzante no sufría ensañamiento físico, pero su vida emocional y mental era un infierno. Hoy su sexualidad es considerada, oficialmente, una opción. Uno comprende las prisas, pues sólo se vive una vez y la vida es breve. A un individuo homosexual no le vaya usted con lo que le sonará a murga o a insulto, el proceso histórico, la necesaria armonización temporal del cambio de un sistema de valores a otro. A mayor abundamiento, esa persona es sólo parte de una situación total. Paladines del mismo respeto a las diversas opciones sexuales los ha habido en el transcurso de los siglos, pero aunque importantes y acaso necesarios para la causa, ni ésta ni otra alguna se alza triunfante si las condiciones sociales no están dadas.

En el programa de Manuela Ríos, un señor ya entrado en años, aseguraba no tener nada en contra de los homosexuales salvo su exhibicionismo. Se ganó la rechifla del público y la inquina de la mesa de gays y lesbianas. En efecto, podía tratarse de un fósil camuflado, pero yo pensé que de ser otra cosa, a saber, alguien que no acierta a expresar sus ideas, la hostilidad general habría sido la misma. Imaginemos en su lugar a uno que se hubiera dado rienda suelta en los siguientes términos: A ustedes les han estafado y a nosotros también. Son comprensibles sus prisas por recuperar el tiempo perdido, pero ustedes no parecen comprender nuestra angustia, originada en un cambio tan brusco del sistema de valores; algunos de los cuales nos han sido inculcados durante tantos siglos, que se ha llegado a decir que son genéticos. "Naturaleza es destino", escribió Freud, refiriéndose a la anatomía de la mujer comparada con la del hombre. Ustedes no parecen percatarse de la lucha interna que la mayoría de nosotros mantenemos contra nosotros mismos. Porque si con la razón les comprendemos y apoyamos sus reivindicaciones, eso es a costa de sacrificar la protesta de las vísceras. El cambio social será catastrófico mientras las preideas (el grito de las vísceras) no hayan sido perfectamente digeridas y metabolizadas por la razón, convirtiéndolas así en ideas. Un ejemplo que no tiene nada que ver con los casos anteriores es la presencia de negros en nuestra sociedad. No son gente de una raza inferior, en realidad, ni siquiera distinta, pues la ciencia niega, con pruebas, que exista más de una raza en la especie humana. Reclamamos para ellos los mismos derechos que tenemos nosotros, el mismo trato, la igualdad de oportunidades en la misma insuficiente medida que hoy tiene el grueso de la sociedad. Aprobamos la discriminación positiva, aunque bien planteada, sin los excesos que Hannah Arendt denunció en los Estados Unidos, por entender que así salíamos todos perdiendo. Estamos en favor de los matrimonios mixtos y de ningún modo le negaremos nuestra amistad a un negro por el color de su piel. Pero ay. Quienes así piensan y están dispuestos a defender esta causa con todas sus fuerzas, no pueden evitar la incómoda conciencia de la negritud de un determinado interlocutor. ¿Les llamaremos por eso xenófobos siquiera esta conciencia se resista al hecho más tangible de emparentar con ese interlocutor por mucho que le respetemos?

En el sistema de valores, el paso de las vísceras (preideas) a la razón (ideas) no se hace por real decreto ni de la noche a la mañana. Esta metabolización será más lenta y dolorosa cuanto más hondo y añejo el valor a sustituir. Cierto que el entorno social juega un gran papel en esto, creando y siendo creado a la vez. No hemos agotado el tema y sería ridículo pretender lo contrario, pero comprendemos a los hijos... y a los padres. Hipocresías fuera.

Manuel Lloris es doctor en Filosofía y Letras.

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