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domingo, 29 de junio de 2003
PROCESO HISTÓRICO PARA LOS DERECHOS HUMANOS

De torturador disciplinado a respetable empresario

México 29 JUN 2003

El argentino Ricardo Miguel Cavallo, de 52 años, extraditado ayer a España, fue un militar disciplinado que se ganó a pulso sus ascensos, cumpliendo con méritos sus funciones de represor torturador, según los cargos. Sus actividades le permitieron obtener un excelente botín, con el que pudo crear en México una empresa que ganó la importante concesión del Registro Nacional de Vehículos (Renave), por la que pagó más de un millón de dólares al Gobierno.

En la trágicamente célebre Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) -en la zona norte Buenos Aires, donde estuvieron detenidos ilegalmente alrededor de 5.000 personas, la mayoría dadas por desaparecidas-, desempeñó todas las funciones, desde secuestrador hasta jefe de La Pecera, el último piso de ese centro de represión del régimen (1976-1983) por donde pasaron miles de perseguidos políticos. Familiares de desaparecidos que han investigado la vida de Cavallo aseguran que el ex marino se apropiaba de los bienes de sus víctimas.

Shula Eremberg, portavoz del movimiento Cavallo entre Rejas, creado por los argentinos residentes en México, afirmó que, Serpico o Marcelo, como se le conocía durante los años de la represión, participó de manera directa en secuestros que tenían objetivos económicos. Una de las víctimas de la ESMA, Pilar Calveiro, que llegó hace más de 20 años a México tras sufrir torturas y vejaciones en varios centros militares, recuerda a Serpico como un sujeto serio, frío y distante.

Cavallo, preso desde el 26 de agosto de 2000 en un sector especial del Reclusorio Oriente, uno de los cuatro grandes penales del Distrito Federal, fue muy parco con la prensa y en las escasas declaraciones que ha concedido a medios argentinos ha negado su culpabilidad. Algunas autoridades que vieron a Cavallo en los últimos días contaron que el presunto genocida temía por su vida, aunque siempre mantuvo la actitud que asumía cuando encaraba las notificaciones judiciales, fijando la mirada en su interlocutor, sin mover un sólo músculo de la cara.

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