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sábado, 21 de junio de 2003
Reportaje:VIAJE DE AUTOR

Tabarca, azul y salitre

Frente a Santa Pola, sueños al viento en la antigua isla Plana

Fue guarida de piratas y nuevo hogar para los refugiados de otra Tabarka, en la costa de Túnez. Hoy, el islote alicantino y su reserva marina, batidos por la tramontana y el mistral, se muestran apacibles.

Todas las islas son lejanas aunque estén situadas a cuatro millas escasas de la costa, como la isla de Tabarca, en la bahía de Alicante. La misma idea de insularidad tiene que ver con la distancia que alguna vez necesitamos establecer ante el mundo. Dicen los poetas que la lentitud es el alma del tiempo. No sé si es exactamente así, pero aquí en Tabarca cada punta doblada trae una pausa junto a un indeterminado olvido. Hay faluchos atracados sobre los que planean las gaviotas con un trofeo en el pico; la terracota morena de las calas se va apretando más hacia la orilla entre pigmentos de un color ocre algo oxidado; una mujer corta patatas lavadas y rezumantes al mediodía a la sombra de una pared de cal; el olor a puerto viejo... Todo queda atrás. La tierra y el mar a la espalda.

Aunque la costa mediterránea fue tallada casi al completo a hormigón por la codicia de los especuladores, todavía existen espacios milagrosamente salvados. En Tabarca, que antes se llamaba isla Plana, uno puede estar seguro de no encontrar ni un casino, ni yates, ni el paseo marítimo con farolas de diseño y barandilla de cemento. Es un arrecife pobre y muy llano, de calles estrechas tiradas a escuadra y apenas un centenar de casas cuajadas al sol con persianas verdes desvencijadas y capazos de esparto a la puerta y con pulpos puestos a secar en la terraza, como en cualquier antigua y apacible isla mediterránea. También queda alguna acacia para que duerman la siesta los perros. Además tiene una iglesia con los muros arañados de salitre; la casa del gobernador, hoy rehabilitada y convertida en un pequeño hotel; la torre de San José, que en tiempos fue prisión; un faro, y un cementerio marino con las tapias blancas levantadas en el mismo filo del mar. Pero este roquedal amurallado a poniente fue en otro tiempo guarida de piratas. Carlos III mandó fortificarla para que se alojaran en ella los vecinos de la isla italiana de Tabarka, situada en la costa de Túnez, cuyos habitantes habían sido capturados por los argelinos. Después de pagar un cuantioso rescate, la población fue asentada en esta isla, bautizada como Nueva Tabarca en memoria de la antigua patria. Todavía hoy algunos apellidos revelan su procedencia genovesa: Salieto, Chacopino, Luchoro...

Golondrina desde Santa Pola

Una isla es por definición un territorio ambiguo, como también existe una franja indefinida, pero deslumbrante, entre el pensamiento y la piel. Su geografía responde a otra metafísica perdida. Son lugares a los que uno siempre va huyendo de algo, aunque no lo sepa. Recuerdo haber llegado por primera vez a Tabarca en una golondrina desde Santa Pola. Era el final de un invierno y viajaba con el manuscrito de una novela en la mochila. Cualquiera que haya escrito alguna vez sabe lo difícil que resulta despedirse de unos personajes con los que se ha convivido largo tiempo en sueños. Después es necesario reconstruirse con paciencia por dentro, como en las peores separaciones amorosas. Y para mí no existe ningún lugar mejor que este islote requemado, donde la luz está hecha de la misma sal que el olvido. Por eso cada vez que acabo una historia real o inventada pongo rumbo a Tabarca, como si fuera posible enterrar el crepúsculo en sus escasas cuarenta hectáreas de tierra batida por el mistral y la tramontana.

Todavía en primavera, cuando las chumberas ya están coronadas, se puede aislar el silencio del aire recién bruñido en el interior de esta campana de cristal. Dentro pervive el sonido de las fichas de dominó contra la mesa de mármol de una taberna, los ladridos lejanos de un perro, las voces de los críos jugando en la plaza de Armas. Soledad de piedras calientes lavadas con agua salada. La sequedad del esparto.

Pero bajo el mar existe otro silencio distinto, el de las extensas praderas de posidonias. Hay todo un universo esmeralda destellando en las profundidades. Tabarca es una reserva marina, y en la zona de libre acceso se puede nadar junto al dorso de plata de los sargos, las lubinas y las doradas en el agua iluminada por el sol. En estos bajíos, las estrellas de mar tienen un color rojo intensísimo, y hay erizos de púas moradas y cangrejos ermitaños. Todas las especies de arborescencias coralinas tejen una jarcia cimbreante que es la corona de este reino submarino. También para mí, la natación tiene algo de placer primigenio, como si me devolviese a alguna etapa lejana del proceso evolutivo. Cuando salgo a la superficie, ya estoy preparada para regresar de nuevo al mundo con el pensamiento limpio.

Las islas se parecen a las novelas que encierran una sugestión de lejanías cardinales, y, aunque sean muy escarpadas, en su corazón suele haber siempre un pequeño abrigo. En Tabarca, la erosión del viento y de la sal difuminan su contorno de humo, que es la pura esencia de la memoria. Yo recuerdo una iglesia hundiéndose en el mar y un poblado con sus murallas de color hogaza y sus tres puertas con nombres de arcángeles, San Rafael, San Miguel y San Gabriel. Recuerdo la balaustrada de una casa humilde refulgiendo pintada de amarillo como si sobre ella hubiesen derramado una yema igual que en los palacios venecianos, y recuerdo a un chavalito moreno que pasó por mi lado, descalzo y silbando, con un sombrero de paja. Al atardecer, con la ayuda legendaria del mistral, cualquiera puede divisar los espectros de los berberiscos levantando su cresta negra por encima de la punta Falcó. El viento es siempre un buen aliado para recuperar los sueños de aventuras de aquellas tardes tan largas de la infancia. Mientras saboreaba una cerveza helada en un chiringuito, un amigo me habló de 19 sargentos carlistas fusilados al pie de la torre centenaria que teníamos enfrente. De pronto vi cómo aquel torreón en forma de tronco piramidal empezaba a navegar igual que un barco fantasma sobre la marea. Y me recuerdo a mí misma, la que era entonces, echada sobre una esterilla, boca arriba, en mitad de ninguna parte, siguiendo el vuelo de los cormoranes y de los halcones peregrinos.

- Susana Fortes (Pontevedra, 1959) es autora, entre otros títulos, de Adiós, muñeca (Espasa Calpe, 2002)

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir

- Barco de Santa Pola a Tabarca (965 41 11 13) es la conexión más rápida, y sale cinco veces al día entre las 10.00 y las 17.30 (vueltas desde la isla, unos 45 minutos más tarde). Ida y vuelta, 10 euros. - 'La Gola' (609 60 71 48) sale de Guardamar. En julio, dos salidas: 10.00 y 12.00 (vueltas, 13.00 y 18.00). Ida y vuelta, 10,50 euros.

- 'Kontiki' (686 99 45 38), desde Alicante. De tres a cuatro salidas al día, entre las 10.30 o las 11.00

y las 15.30 (última vuelta, 19.00). Ida y vuelta, 14 euros.

- Cruceros Tabardo (669 41 22 33), desde Torrevieja, salida a las 11.00 y vuelta sobre las 18.30. Ida y vuelta, 18 euros.

Dormir

- La Casa del Gobernador (965 96 08 86). Arzola, s/n. Tabarca. La doble, 66,34 euros, con desayuno.

Información

- Oficina de turismo de Santa Pola (966 69 60 52).

- Información turística de la Costa Blanca (902 10 09 10).

Travesía a Tabarca (al fondo) desde Santa Pola. A la isla salen, además, barcos desde Guardamar, Alicante y Torrevieja. / JESÚS CISCAR

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