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jueves, 1 de mayo de 2003

Aranguren, el terror de Iribar

El ex lateral del Athletic vuelve al banquillo del Alavés con la obligación de salvar la categoría

Txutxi Aranguren, como jugador del Athletic, siempre tuvo puesto fijo. Al menos, puede decir que la línea defensiva en la que militó fue una de las más recordadas: Sáez (actual seleccionador nacional), Etxeberria, Aranguren, casi todos los domingos, y a cambio compartió dos copas del Rey con sus compañeros. Hoy es entrenador del Alavés, por tercera vez y la única en Primera División, sustituyendo a un amigo, Mané, que ha hecho historia en el equipo vitoriano.

"Yo no me quedo en Lezama para recoger balones", fue una frase expresiva de Txutxi Aranguren cuando tuvo que decidir su futuro posterior a su época futbolística. No era una crítica sino una asunción de principio. Prefería foguearse en las zonas guerrilleras del fútbol que amoldarse a los estándares del establishment de Lezama. Tras entrenar al Bilbao Athletic inició la peregrinación: Alavés, Cartagena, Deportivo, Logroñes, Sporting, Athletic, Alavés, Levante, Cartagonova y Alavés B. Todo un máster en equipos desconocidos o archiconocidos, pero en horas bajas que reclamaban su tacto duro e irónico, probablemente definido por el espíritu del lateral izquierdo. A los zurdos, generalmente, no les gusta jugar de defensa, porque les convierte en jugadores específicos. Eso les da un punto recalcitrante, a mitad de camino entre la sabiduría y la exigencia. Después de mucho transitar, Aranguren alcanzó su cénit con el Athletic, donde fue nombrado director de Lezama y, después, por la vía de las destituciones de entrenadores llegó a dirigir al club de sus amores en un mal momento. Su figura trascendió nacionalmente cuando en un partido del Athletic contra el Atlético de Madrid las cámaras de televisión se cebaron con él, ordenando a su ayudante la constante anotación de los errores que observaba desde el banquillo. Su libreta fue anterior a la de Van Gaal. Aquel día, el lateral izquierdo incombustible del Athletic pasó de página. Antes había rozado el éxito con el Alavés, con el Deportivo y finalmente con el Cartagonova (de Segunda B). Casi nunca lo hizo mal, pero le faltaba hacerlo bien, algo que en el fútbol siempre se mide por los resultados.

En el Alavés, Txutxi Aranguren consiguió una sintonía especial con Gonzalo Antón, entonces hombre fuerte, ahora presidente, de esas que perduran al acontecer cotidiano. Internamente, Aranguren se afianzó en el Alavés aunque externamente (aficionados, medios de comunicación), ni cuajó, ni fracasó, de hecho consiguió el ascenso del Alavés a Segunda División, algo así como el embarazo del alumbramiento posterior de Mané.

Si algo distingue a Aranguren es su carácter duro en el campo y amable en los exteriores, un tipo acostumbrado a foguearse en la dificultad, al que Gonzalo Antón no dudó en incorporar a su organigrama tras su renuncia en el Catagonova, un proyecto creado para ascender a Segunda División y abortado en el segundo intento. Aranguren tomó aire en Bilbao y enseguida se incrustó en el Alavés, dirigiendo al segundo equipo, un híbrido de la cantera y de los fichajes prometedores. Ahora le ha tocado sustituir al embrujo del Alavés, Mané, el forjador del pink team, su amigo. Tiene siete partidos, siete finales. Sin tiempo para la libreta, es tiempo de improvisación, de actuar al momento para levantar el ánimo de un equipo conjurado con su entrenador pero que no encontraba el camino de la salvación. "Cambiar de cara", lo llamó honestamente Gonzalo Antón. Cambiar el biorritmo, en sentido figurado. Aranguren sabe de eso. No en vano, fue el futbolista que más inquietó a Iribar, el gran portero del Athletic. Implacable con el extremo derecho, lo que históricamente se ha llamado una lapa, Iribar temblaba cada vez que su lateral hacía una cesión al portero. En su historia con el Athletic, Aranguren consiguió cinco goles. No más que los que le incrustó a Iribar en la portería. Tenía esa manía.

Txutxi Aranguren. / L. RICO

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