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sábado, 12 de abril de 2003
REPRESIÓN EN CUBA

El régimen de Castro vuelve a la dureza de otros tiempos

Las ejecuciones persiguen disuadir a los cubanos que quieren huir

La ejecución, ayer al amanecer, de tres de los once secuestradores de una lancha de pasajeros, el pasado 2 de abril, en la bahía de La Habana, tendrá un efecto terriblemente disuasorio entre aquellos cubanos dispuestos a jugársela para salir de la isla. La medida exhibe un endurecimiento del régimen con pocos precedentes y parece responder, en parte, a las últimas tensiones con EE UU.

Ahora, la difusión de la noticia por la televisión oficial constituye un aviso a navegantes y prueba de que Fidel Castro no repara en costes de imagen, ni en la presión internacional, fundamentalmente norteamericana, cuando se trata asegurar "el orden interno y la soberanía de Cuba".

Necesariamente, la dureza de las últimas sentencias contra la disidencia (1.454 años de cárcel impuestos a 75 opositores) guarda relación con el fusilamiento de tres secuestradores que se emplearon con violencia, amenazas de muerte y armas, sin llegar a asesinar a ninguno de sus rehenes. También engarza con otro intento de secuestro ayer mismo, y con la ira oficial causada por el éxito de un cubano desesperado que, granada en mano, se apoderó recientemente de un avión de pasajeros de Cubana de Aviación: logró su desvío hacia Cayo Hueso, en Florida, tras negociar en La Habana la provisión de combustible y liberar a 22 rehenes.

El éxito de ese abordaje animó a otros y colmó la paciencia de las autoridades, que optaron por el escarmiento ejemplar. Históricamente, el escarmiento ha sido frecuente. Castro ha actuado con contundencia y sin contemplaciones cuando observa que algún sector social saca pecho contra las políticas oficiales porque las percibe débiles. Uno de los precedentes más conocidos data de 1989, cuando el régimen fusiló a cuatro militares condenados por narcotráfico, entre ellos el general Arnaldo Ochoa, uno de los oficiales más condecorados por la Revolución castrista.

Las respuestas para fijar los espacios o tratar de demostrar lo contrario son siempre fuertes y demostrativas, hasta ahora, de que no existe fuerza interna en la isla capaz de organizar una resistencia. El Ejército no manifiesta fisuras y los agentes de la seguridad del Estado controlan o se infiltran en buena parte de los cenáculos donde se conspira en la isla.

Históricamente, Fidel Castro estiró o aflojó a conveniencia en todos los órdenes de la vida y los resultados están a la vista desde el triunfo miliciano de 1959 contra Fulgencio Batista. La Administración legaliza o ilegaliza el mercado libre campesino cuando observa que el enriquecimiento de los agricultores causaba recelos en las filas revolucionarias más ortodoxas.

Las ejecuciones parecen estar relacionadas, igualmente, con las últimas fricciones con Washington, con el activismo opositor encomendado por George W. Bush al jefe de la Sección de Intereses en La Habana, James Cason. Las declaraciones de este funcionario, en el sentido de que Cuba no puede quedar al margen de la política norteamericana por su vecindad e interés estratégico, no parecen ajenas a los fallos sumarios. El objetivo es que Estados Unidos, cuyas últimas diez administraciones no han podido con Castro, no vislumbre miedo en la Administración antillana después de haber arrasado Irak y derrocado a Sadam Husein. Probablemente, muchos cubanos teman o anhelen una escala en La Habana del Séptimo de Caballería a su regreso de Bagdad. El mensaje oficial, a través de los tribunales, parece ser éste: aquí les esperamos.

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