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sábado, 22 de marzo de 2003
Crítica:

Imágenes del suicidio

  • Ron M. Brown
Ron M. Brown analiza el rastro iconográfico del suicido en la tradición cultural occidental. Desde Áyax hasta Andy Warhol, el autor recoge un amplio elenco de obras que muestran las transformaciones en la representación de la muerte voluntaria.

La muerte, la propia o la ajena, la muerte ocasional, la necesaria o la voluntaria, no es un tema que atraiga especialmente la curiosidad del lector, sobre todo en nuestra época, en que se la tiene por asunto médico, o judicial, y se la disfraza con discretos aprestos funerarios o simple gazmoñería, o bien se la proscribe de plano, como hace Wittgenstein decretando que "la muerte no es un acontecimiento de la vida". La muerte -y no digamos el suicidio- es asunto para morbosos, para depresivos o para individualistas extremos, como los que se reúnen detrás de la lucha por la reglamentación de la eutanasia y piden la autorización del Estado, para llegado el caso, tener la libertad de poder quitarse de en medio.

EL ARTE DEL SUICIDIO

Ron M. Brown

Traducción de Magalí Martínez Solimán y María Isabel Villarino Rodríguez

Síntesis. Madrid, 2002

270 páginas. 18,75 euros

El mérito de este libro, pese

a su morbosidad subliminal, es haberse atrevido a abordar -es verdad que sólo a través del seguimiento de un rastro iconográfico- una de las muchas caras de la muerte, el suicidio, a lo largo de la tradición de la cultura europea. Aunque el título del libro puede llamar a engaño en la medida en que sugiere que se trata aquí de una tecné de la muerte voluntaria (ahora bien, ¿hay en verdad algún suicidio que sea voluntario?), en realidad la cuestión que se analiza es la transformación de una representación, más exactamente, la historia de las representaciones corrientes del suicidio. El supuesto de Brown, como el de todos los que siguen el modelo historiográfico fundado por Michel Foucault y Paul Veyne, es que la iconografía es la inscripción de un discurso y el discurso la huella de prácticas, creencias, memorias y figuraciones de una cultura.

E igual que cabe a los libros de historia social de Foucault, a este volumen se le podrían achacar las excesivas generalizaciones o, si acaso, la circularidad de su argumento, puesto que el examen de las representaciones del suicidio viene a confirmar el modelo sobre el que se sostiene la investigación en conjunto. En alguna medida, el lector sabe de antemano lo que se le va a "demostrar": que los suicidas no eran vistos en tiempos de Homero o de Séneca como después de la Reforma o, más tarde, en pleno Romanticismo, y que esa diferencia de juicio queda de algún modo reflejada o expresada iconográficamente. Brown muestra cómo el paso de la imagen de la muerte "voluntaria" atraviesa una sucesión de condiciones que, a su vez, se representan. La muerte "voluntaria" empieza siendo trágica, para ser luego épica, heroica, patética, judicial, moral, didáctica o incluso cómica o satírica. El libro recorre una trayectoria que va de Áyax a Andy Warhol y, aunque las conclusiones no trascienden de lo que se muestra en las imágenes, el trazado y la dirección de la investigación son francamente interesantes, pese al tufillo necrofílico que tiene el asunto.

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