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sábado, 1 de marzo de 2003
Crítica:

El terrorismo del siglo XXI

  • Walter Laqueur
Esta edición revisada del ensayo de Walter Laqueur y del prólogo escrito después del 11-S analiza los nuevos riesgos derivados de las armas químicas y biológicas.

Veintisiete años después de su primera impresión en lengua inglesa, la traducción al castellano de la edición revisada de este ensayo histórico sobre el terrorismo (de cita obligada en las bibliografías sobre la materia) publicada en junio de 2001 incluye ahora el prólogo escrito por el autor tras los atentados del 11 de septiembre. Bastantes cosas han cambiado, desde luego, durante estos cinco lustros: la preponderancia del fundamentalismo religioso como bandera de los grupos terroristas, la dimensión internacional de la amenaza, los Estados cómplices de sus acciones y el temor al empleo de armas nucleares, químicas y biológicas en atentados indiscriminados constitituyen aspectos inquietantes de ese nuevo panorama. Sin embargo, la lectura del cuerpo central del libro escrito en 1977 por Walter Laqueur lleva a concluir que las manifestaciones contemporáneas del terrorismo no modifican sustancialmente los rasgos invariantes de un fenónemo histórico de vieja data.

UNA HISTORIA DEL TERRORISMO

Walter Laqueur

Traducción de Tomás Fernández Aúd y Beatriz Eguibar

Paidós. Barcelona, 2003

351 páginas. 22 euros

Ni siquiera la eventual utilización de armas de destrucción masiva resulta original si se recuerdan los planes de los activistas y los temores de sus víctimas en el pasado. Kart Heinzen (el revolucionario alemán que terminó pacíficamente sus días como director de un periódico de Boston) depositaba en 1849 grandes esperanzas en el gas venenoso, los misiles balísticos y las minas capaces de volar "ciudadades enteras de 100.000 habitantes"; otro ideólogo decimonónico del terror, Johann Most, soñaba con dirigibles cargados de dinamita para bombardear desfiles militares. El feniano O'Donovan Rossa proyectó rociar con gas de osmio la Cámara de los Comunes; otros revolucionarios irlandeses intentaron construir submarinos. Durante la Gran Guerra, los servicios de espionaje advirtieron a las autoridades que las potenciales centrales habían contratado "elementos anarquistas" para trasladar bacilos del cólera en plumas estilográficas desde Suiza hasta Rusia. Ni siquiera los pilotos que se estrellaron el 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono inventaron el atentado suicida: además del precedente de los sicarios judíos en el siglo I y de los asesinos ismailíes en el siglo XI, los populistas rusos y los anarquistas europeos daban por descontada la alta probabilidad de morir en atentados perpetrados por medio de bombas.

Walter Laqueur advierte que las generalizaciones sobre la historia del terrorismo son modestas y se refieren al fracaso de las metas perseguidas y a la producción de efectos perversos. La discontinuidad temporal y las reapariciones por sorpresa marcan el curso de ese sanguinario Guadiana. Las causas a las que sirve el terror son heterogéneas: la ideología y la práctica de esa cruel forma de violencia política son reivindicadas por la ultraderecha y por la extrema izquierda, por los movimientos nacionalistas y por los fanatismos religiosos musulmanes y cristianos. Dentro del terrorismo puesto al servicio de objetivos etnicistas, Walter Laqueur se ocupa de ETA, aunque alguna mala lectura de las fuentes o un lapsus calami le haga cometer la equivocación de extender el irredentismo nacionalista vasco hasta Galicia.

Las explicaciones reduccio

nistas del terrorismo están condenadas al fracaso: si Cesare Lombroso vinculó de manera estrafalaria el anarquismo meridional con la pelagra y la avitaminosis, los estudios sociológicos que establecen correlaciones entre el terrorismo y diferentes variables (como la urbanización, la asistencia médica o el número de periódicos en circulación) conducen también a un callejón sin salida. No corren mejor suerte los indicadores económicos: aplicarlos a ese fin es como "usar un cascanueces gigante para cascar un objeto diminuto que tal vez ni siquiera sea una nuez". La falta de legitimidad de los sistemas políticos también ha dejado de ser una pista segura: aun siendo verdad que los populistas del siglo XIX se enfrentaban a la autocracia zarista en nombre de la libertad, las redes terroristas de nuestros días no atacan a los regímenes totalitarios, sino a las democracias permisivas y a los autoritarismos ineficaces. Hasta las percepciones sociales han sufrido notables alteraciones a lo largo del último siglo y medio: frente al rechazo casi universal que hoy provocan los atentados terroristas indiscriminados, los juicios morales sobre los "héroes y mártires" de Narodnaya Volya eran tan benevolentes que el análisis psicológico de sus motivos personales hubiera parecido tan impropio "como una investigación sobre la vida sexual de un santo en una historia oficial de la Iglesia". Y hoy día los autores de atentados criminales idénticos entre sí suelen ser calificados alternativamente de terroristas o de luchadores por la libertad desde enfoques ideológicos opuestos, a veces cínicamente modificados en el tiempo según la lógica de la razón de Estado.

Walter Laqueur sostiene que el terrorismo no es una ideología sino la utilización de la violencia por elementos radicales y fanáticos de todo el espectro político. Pero esa laxa definición deja tan insatisfecho al autor de esta obra imprescindible que le lleva a plantearse la conveniencia de abandonar un rótulo abarcador de una gama demasiado heterogénea de comportamientos; tal vez la única razón de que el concepto de terrorismo se siga utilizando -concluye- "es que nadie ha ideado hasta la fecha un término o unos términos mejores con qué sustituirlo".

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