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viernes, 14 de febrero de 2003
COLUMNA

El poder gris

Cada vez hay más gente mayor, pero el poder de los mayores no crece proporcionalmente. Más bien, al contrario: de las cuatro fuentes de poder social que han establecido algunos sociólogos, prácticamente ninguna ha quedado en poder de los señores y las señoras. Esas cuatro dimensiones del poder son: el poder coercitivo, el poder económico, el poder político y el poder simbólico. Sobre cada una de ellas, García Calvo, que acaba de publicar El poder gris (Mondadori), realiza un examen que conduce a un triste balance para los viejos. Los tres primeros poderes se han dotado ya de protagonistas jóvenes, sean como jefes del ejército, como ejecutivos de empresas o como candidatos en las elecciones, pero incluso el poder simbólico, antes monopolizado por los patriarcas de la cultura, se reparte entre figuras venerables y jóvenes de la ciencia.

¿Tiene, por tanto, algo que hacer la creciente multitud de ciudadanos provectos? Una idea iluminadora de El poder gris es que los mayores no son siempre iguales, ni los jóvenes tampoco. ¿Todos los jóvenes son rebeldes, románticos y revolucionarios? Depende de la generación que se trate. La generación de los sesenta fue de progres no por causa de la edad sino por argumentos de la Historia. No es lo mismo pertenecer a esa oleada nacida entre 1936 y 1956, escasa en número, en alimentación y en televisores, que alistarse en las filas de los baby boom, venidos al mundo entre 1957 y 1977. Las facilidades para emanciparse les permitieron a los primeros cumplir pronto con el ritual de asesinar al padre, enfrentarse a la autoridad y tener un piso. Pero los segundos, la generación X, torturada por la falta de empleo y habitante de una sociedad más asentada y hedonista, les impulsó a permanecer más tiempo subordinados.

"Cada generación", dice García Calvo, "tiene la vejez que se merece". De ese postulado se infiere que la primera cohorte capaz de cambiar el estado de las cosas sería aquella compuesta hoy por los adultos en torno a los sesenta años, derivados de la misma generación de los sesenta que lideró cambios y afirmó los valores que le convinieron en cada etapa: el patrón juventud en su juventud, el patrón maduro en su madurez. ¿Podrán, con todo, seguir manteniendo la influencia hasta el final de la vida? No es fácil. De la vejez se ha ido configurando una valoración que asimila su condición a los residuos. Los mayores deben ser sostenidos en cuanto artefactos improductivos, deben ser soportados como restos, han de ser almacenados y apartados de la vista en cuanto testimonios de decadencia física. La vejez remite a la muerte, trasluce la llegada y la faz de la muerte, ¿quién puede desear asistir a ese espectáculo? La valiosa carga de saber y experiencia que confería empaque a la ancianidad en otros tiempos se reduce o extingue en épocas de cambios rápidos donde lo aprendido resulta incluso incómodo para aprender lo más reciente. No pocas empresas, en efecto, prefieren emplear a ignorantes ambiciosos y flexibles que a tipos demasiado instruidos. ¿Cómo no iban a rehusar sujetos cargados con vicios de la costumbre y artrosis?

El poder gris, sin embargo, se alza sobre el horizonte de los países más adelantados. No sólo se han creado partidos políticos que, al estilo de los panteras grises alemanes, batallan por leyes favorables o impulsan discriminaciones positivas, sino que su peso global, como inversores y consumidores, les otorga una creciente importancia en el mercado. Ellos son, a su vez, creadores de sociedades y cooperativas para satisfacer necesidades de ocio o de salud, tal como si la edad fuera efectivamente una patria y sus intereses se sindicaran a la manera de una clase. El posible aislamiento que por una parte se insinúa actuando de esta manera corporativa se contrarresta con la consideración que obtienen. Envejecer no es fácil pero ¿qué otra edad está libre de obstáculos? El problema más grave aparece cuando las edades se perjudican entre sí, se menoscaban o se oponen. Para evitarlo, el poder gris actúa, al modo de las demás minorías, grandes o pequeñas, en la conquista del estatuto de iguales.

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