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miércoles, 27 de noviembre de 2002
Crónica:FÚTBOL | 2ª fase de la Liga de Campeones

Éxito más soberbia, igual a tristeza

El Deportivo malgasta un arranque estruendoso y concede un empate ante el Juventus, que se rehízo tras recibir dos goles

Por más que se estudie y se investigue, nadie, incluido el aplicado Marcello Lippi -entrenador del Juventus-, hallará jamás la manera de parar una jugada bien hecha. Lo perfecto es imparable, la virtud del fútbol; el pecado es la soberbia y la complacencia. El Deportivo demostró ambas cosas. Por si había dudas, lo primero lo demostró dos veces, en dos minutos. Fran, en el callejón del diez, que es algo así como el pasillo de su casa, se cosió el balón a la bota, lo condujo una veintena de metros, advirtió la carrera de Capdevila por el rabillo del ojo y cuando sintió sus pisadas le cedió el balón con la pierna derecha; el catalán se la acomodó a su zurda, levantó las cejas, vió la espigada figura de Tristán tras los dos centrales y le puso el balón en el flequillo para que lo enviará a la red. Repetición, dos minutos después. Otra vez Fran, el zurcido del balón, Capdevila y su zurda, las cejas levantadas y, ¡zás!. Para que no digan que no hay repertorio, el balón al primer palo, por donde llega la locomotora de Makaay con el pie hambriento de gol.

DEPORTIVO JUVENTUS 22 Deportivo: Juanmi; Scaloni, César, Romero, Capdevila; Sergio, Mauro Silva, Duscher, Fran (Amavisca, m. 77); Makaay (Víctor, m. 61) y Tristán (Luque, m. 64) Juventus: Buffon; Thuram, Montero, Iuliano, Birindelli; Camoranesi (Zambrotta, m. 75 ), Tacchinardi, Davids; Nedved; Del Piero y Di Vaio (Zalayeta, m. 75). Goles: 1-0. M. 9. Contragolpe de Fran, por la izquierda, que habilita a Capdevila, cuyo centro lo cabecea Tristán. 2-0. M. 11. Repetición de la jugada, pero en este caso el centro de Capdevilla es raso lo remata en el primer palo Makaay. 2-1. M. 38. Birindelli sorprende con un disparo que se cuela por la escuadra. 2-2. M. 57. Nedved, desde fuera del área. Árbitro: Herbet Fandel (Alemania). Amonestó a Davids, César, Tacchinardi, Capdevila, Scaloni y Montero. 32.000 espectadores en Riazor.

Un espectáculo. El contragolpe como lo que es: un arte de magia, y el partido presuntamente en el bolsillo del Deportivo, que en un santiamén había reducido al Juventus a la condición de aprendiz del fútbol. El rombo de Irureta, con Duscher, como factor sorpresa, jugando de tapón y de medio punta, al mismo tiempo, condenaba al equipo italiano a trajinar sin sentido, como asustado.

El partido perfecto, soñado por el Deportivo, adquirió el carácter de pesadilla por la complacencia en el sueño. El Depor, suficiente y feliz, se durmió. Se descosió, se partió, y como primer resultado perdió el balón. Mal presagio ante un equipo italiano, difícil de tumbar por más que le golpees. Por momentos, pareció que el Deportivo no sólo se durmió en los laureles, sino que se desenchufó del argumento. Por ejemplo, no se enteró de que Nedved, inicial medio punta, se tiró al costado izquierdo, donde contaba con el apoyo del voluntarioso Birindelli, y dejó de ser un náufrago braceando entre un mar de medios centro. O que Del Piero se echó unos metros atrás para buscar aliento.

El Depor, en pleno ataque de autismo, aún seguía saborendo su grado de precisión en el contragolpe, su perfección técnica, su facilidad goleadora (dos delanteros, dos goles en once minutos). Cuando se miraba el ombligo, Birindelli le pegó en la cara. Un zapatazo insolente desde muy lejos, con un efecto impensable, se coló por la cruceta como un obús. Era el premio a la entereza y el castigo a la autocomplacencia, a la ausencia de tensión del Deportivo que no recibió el mensaje que le enviaba el Juventus, es decir que encajaba los golpes pero no entregaba la cuchara. Que apelaba a la jerarquía, en suma, de su pasado y de su presente y que confiaba ciegamente en élla.

El descanso refrescó las piernas, pero no la cabeza. Como si nada hubiera pasado, el Juventuspuso cercó al Deportivo, sin prisas, con Nedved en la izquierda y Thuram convertido en extremo derecho, como en sus mejores tiempos. Y llegó el gol del checo en un acto de decisión, robándole la jugada a Di Vaio, que recortaba al defensa, para construir un disparo seco y duro que se coló junto al poste.

Increíblemente, un equipo que se había doctorado en el contragolpe no supo jugar con un 2-0 a favor, y contrariamente, un equipo italiano, poco previsto a atacar con vehemencia, se sobrepuso a un resultado adverso con un ejemplo de ciencia y de paciencia. Poco a poco se levantó, gracias a la impetuosidad -rayana en la violencia- de Davids, como termómetro del partido, y la técnica individual de Nedved y Del Piero, jugadores acostumbrados a convivir con los momentos puntuales, pero álgidos, del partido.

Irureta decidió cambiar el encuentro, a cambio de que la grada de Riazor le recriminara sus decisiones: cambio de golpe a Tristán y Makaay, por Luque y Víctor y un poco después a Fran por Amavisca. Es decir, los orfebres del contragolpe dejaban su lugar a futbolistas de otro tipo, con la esperanza de abrir un poco a la defensa del equipo italiano.

Dio igual. El Depor no estaba para desperezarse. Acostumbrado a dormir durante media hora, le había cogido gusto al sueño. Los sobresaltos fueron en su área, a cambio de una sola acción personal de Luque que Buffon abortó con una salida rápida a tiempo.

Lo bueno y lo malo produjo un empate cuando se anunciada goleada o victoria cómoda. Y como no funcionó la magia europea, el Depor que comenzó riendo de placer, acabó con la cara hierática de la tristeza más profunda por su soberbia.

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