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jueves, 21 de noviembre de 2002
Reportaje:LOS 'HALCONES' DE LA CASA BLANCA

Los más duros del equipo

Altos cargos de la Administración Bush defienden atacar a Irak, desestabilizar a Siria y que Israel reocupe los territorios palestinos

El convencimiento de que la guerra contra Irak es inevitable y que puede ocultar el deseo de llegar a un nuevo diseño de Oriente Próximo se extiende en medios no sólo árabes, sino también europeos y norteamericanos. Lo que causa más impresión no es sólo la coherencia y el gran activismo que despliegan en Washington los defensores de estas propuestas, que se podrían integrar en el llamado "nuevo conservadurismo americano", sino, sobre todo, la enorme presencia que han alcanzado, por primera vez en la historia, en una Administración estadounidense, la de George W. Bush.

Miembros relevantes de este grupo llevan años defendiendo en conferencias y documentos que se ataque a Irak y se desestabilice a Siria e Irán. Dos de ellos, Richard Perle y Douglas Feith, actuales presidente del Consejo de Política de Defensa y subsecretario de Defensa para asuntos políticos, respectivamente, estuvieron en el origen de un documento titulado A clean break, que causó conmoción en 1996. Fue presentado por el Institute for Advanced Strategic and Political Studies, de Jerusalén, a Benjamín Netanyahu, e instaba a Tel Aviv a romper los acuerdos de Oslo.

El subsecretario de Defensa apoyó en 1996 que Netanyahu rompiera los acuerdos de Oslo

Perle: "Es imposible reclamar la victoria en la guerra antiterrorista si Sadam sigue en Irak"

George W. Bush dispone de un gran margen de maniobra dentro de su propia Administración

El documento, que puede ser consultado en la web del Instituto (www.israeleconomy.org), propone claramente que Israel se deshaga de Yasir Arafat y vuelva a ocupar militarmente, y sin dudar un segundo, los territorios de Gaza y Cisjordania.

Furiosos críticos de Isaac Rabin y de Bill Clinton, Perle y Feith consideraron terrible la política de "paz por territorios", incluida la paz con Siria a cambio de las alturas del Golán, y aseguraron que Israel tenía reclamaciones territoriales legítimas y que debía conservar siempre el derecho de persecución dentro de las áreas controladas por los palestinos. Netanyahu ignoró en aquel momento las recomendaciones de A clean break, pero siempre mantuvo las relaciones con Perle y Feith y ha acogido ahora con alborozo su nueva y gran influencia en Estados Unidos.

La preocupación por el trabajo que realizan Perle, Feith y otros miembros del grupo en el entorno de la Casa Blanca ha sido resaltado incluso por personalidades como Martin Indyk, que fue en dos ocasiones embajador de Estados Unidos en Israel y que colaboró en los últimos esfuerzos de Clinton para lograr un acuerdo basado precisamente en "paz por territorios".

Indyk, en un reciente trabajo para el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, firmado junto con Philip Gordon y Michael O'Hanlon, critica las teorías de este grupo: creen, dice, que Estados Unidos no tiene que preocuparse por la paz entre Israel y los palestinos, sino que debe provocar primero el derrocamiento de Sadam Husein como la llave para el proceso de paz posterior en Oriente Próximo. Pero, advierte el ex embajador, esta teoría es muy peligrosa porque aun aceptando que derrocar a Sadam tendría una extraordinaria influencia en el actual equilibrio de poderes en el mundo árabe y beneficiaría los intereses de Washington, hacerlo sin enfriar previamente el conflicto entre Palestina e Israel acarrearía graves consecuencias a países aliados y amigos de Estados Unidos.

La creciente influencia de Perle y Feith, un abogado cum laude por Harvard, gran especialista en temas de desarme, se apoya básicamente en la fuerza del dúo formado por el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Son ellos quienes han llevado también a altos cargos del Pentágono y de otros departamentos de Washington a destacados representantes de la derecha religiosa, tanto judía extremista como cristiana fundamentalista. Entre ellos, el brillante y bien conocido vicesecretario de Defensa, Paul Wolfowitz; el secretario de Defensa adjunto para asuntos de seguridad internacional, J. D. Crouch, y el número tres del Departamento de Estado, John R. Bolton.

J. D.(iniciales de Jack Dyer) Crouch, profesor de la Universidad de Misuri y antiguo miembro del equipo de Dick Cheney con Bush padre, es un gran defensor de la necesidad de atacar Corea del Norte para destruir sus instalaciones nucleares. Es también contrario, como Feith, a que Estados Unidos se ate las manos con acuerdos internacionales sobre armas químicas y, según recogió The Washington Times (29 de abril de 1999), mantiene posiciones extraordinariamente conservadoras sobre la familia y la educación: la violencia escolar aparece, dijo, cuando "se saca a Dios de las escuelas y a mamá de los hogares".

Bolton, subsecretario para control de armamento y seguridad internacional, es, por su parte, un protegido del famoso senador Jesse Helms, y fue recomendado por Cheney a Colin Powell. Procede del ultraconservador American Enterprise Institute y está considerado tan extremista y tan opuesto a la mayoría de los tratados internacionales que su nombramiento fue uno de los más controvertidos. Fue confirmado por el Senado sólo por 57 votos contra 43. Bolton llegó a decir que Naciones Unidas no existía: "Existe una comunidad internacional que puede ser liderada por el único poder real que existe en el mundo, Estados Unidos".

Detrás de todos ellos se encuentra el ya mencionado Richard Perle, el hombre que en la época de Reagan adquirió el mote de Príncipe de las Tinieblas por sus maniobras para hacer descarrillar los acuerdos con Rusia sobre control de armamento nuclear. Ahora es el presidente del Consejo de Política de Defensa, un organismo independiente que asesora al ministro, su íntimo amigo Donald Rumsfeld, y por cuyo trabajo no cobra un salario oficial.

Perle pertenece al consejo de dirección del periódico Jerusalem Post y lleva años vinculado a uno de los conglomerados de prensa más importantes del mundo, la multinacional canadiense Hollinger. No ser miembro de la Administración le permitió firmar, junto con otros famosos neoconservadores como William Kristol, Francis Fukuyama o Robert Kagan, la famosa "Carta al presidente", de 20 de septiembre de 2001, solicitando medidas contra Irak y contra Siria si no rompía inmediatamente sus relaciones con Hizbolá.

El presidente del CPD, que tiene despacho en el Pentágono y acceso a todo tipo de información confidencial, es famoso por su formidable dialéctica y la rotundidad de sus opiniones. Hace un año declaró ante la cadena de televisión PBS: "Vamos a ir contra Irak porque es imposible reclamar la victoria en la guerra contra el terrorismo mientras que el hombre que apoya el terror continúa en el poder en Irak". E insistió: "Llegará la hora de Irak. Llegará, porque si no fuera así, terminaríamos la guerra contra el terrorismo sin una victoria". Y cuando el periodista le preguntó si detrás irían Irán y Siria, Perle contestó: "Si destruimos a los talibanes y destruimos el régimen de Sadam, el mensaje para los otros está claro: el próximo eres tú. Dos palabras [you're next] que son una diplomacia muy eficiente".

La presencia de este equipo (Perle, Feith, Crouch, Bolton) en altos cargos de la Administración de Bush ha provocado un alud de críticas no sólo en Siria o Irán, sino también en Arabia Saudí, Egipto o el Reino Unido. Incluso hay algunas voces, muy aisladas, entre los propios judíos que denuncian que A clean break puede terminar convirtiendo a Israel en el futuro en un mercenario de Estados Unidos, obligado a defender los intereses de su seguridad nacional en las zonas petrolíferas del área.

"El amoroso abrazo de los americanos ayuda ahora a los objetivos israelíes cara a los palestinos, pero ese amor puede ser en el futuro causa de graves problemas para nosotros. Uno de ellos, es la inestabilidad en la región", escribió el pasado mes de septiembre Alex Fishman en el diario israelí Yediot Ahronot. "Detrás de todo esto", recelaba Fishman, "hay un plan más grande de lo que pensamos y que no necesariamente nos hará felices".

La pregunta es casi siempre la misma: ¿hasta qué punto las opiniones de este grupo de halcones han sido asumidas por Condoleezza Rice, la poderosa y dura asesora para temas de seguridad de Bush y por el propio presidente? Nadie duda de que George W. Bush es un presidente con un extraordinario margen de maniobra personal y con una gran capacidad para moverse entre los distintos sectores de su Administración. Bush II tiene probablemente más poder personal que el que tuvo su padre, originado en el hecho de que ha demostrado al Partido Republicano que es él quien recauda dinero, quien arrastra a los electores y quien conserva la popularidad.

¿Hasta qué punto permite Bush que las iniciativas de quienes forman este grupo se contrarresten con las opiniones mucho más matizadas del secretario de Estado, Colin Powell, o de conocidos republicanos como Brent Scowcroft o James Baker? ¿Quienes asesoraron a Bush padre e impusieron sus criterios sobre lo que entonces era una minoría pueden quedar ahora arrinconados? Y sobre todo, ¿la guerra contra Irak contagiará inevitablemnte a Siria e Irán? Los aliados europeos deberían escuchar con más atención a Tony Blair y su decidida apuesta, defendía en un reciente editorial The Financial Times. Es mejor estar dentro e intentar influir a Bush y sobre todo, es mejor sentarse a la mesa en el caso, nada improbable, de que estos proyectos vayan adelante,

"Estados Unidos va a poner en marcha la remodelación de Oriente Próximo más importante desde que franceses y británicos parcelaron la zona, tras la guerra del 14", predice el periodista británico Robert Fisk. "La metástasis del conflicto una vez que las tropas norteamericanas estén en Irak es inevitable: un Irak débil favorece a Irán y antes o después Estados Unidos tendrá que lidiar con eso", asegura Michael Ledeen, del American Enterprise Institute y una de las principales firmas de la National Review. "Mejor que sea pronto", añade.

No todos comparten, sin embargo, esa visión en Estados Unidos. El analista Michael Young considera que en los medios políticos y académicos existe un debate mucho más importante de lo que creen los europeos y una resistencia muy superior a la que imaginan frente a lo que llama "la tentación hegemónica" de los halcones civiles del Pentágono. "Los norteamericanos nunca han querido un imperio", asegura. Y, sobre todo, confía en que Bush no haya tomado todavía una decisión sobre Oriente Próximo.

George Bush, durante una sesión del Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca. / AFP

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