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lunes, 4 de noviembre de 2002
TRIBUNA

Educar para la convivencia democrática

La convivencia democrática precisa fomentar la generalización de una educación para todos y a lo largo de toda la vida que se inspire en valores y se alimente en una visión global de un mundo en paz y libertad.

En los comienzos del tercer milenio se ha instalado en el mundo un sentimiento de inseguridad y ansiedad que va desde el ámbito de la defensa y seguridad ciudadana frente al terrorismo y a las fuerzas en pugna por lograr un poder hegemónico hasta la vergüenza y el escándalo de una creciente extrerna pobreza en el seno de muchos países. De ahí que el relativismo moral imperante muestre una creciente incoherencia entre los valores e ideologías frecuentemente proclamados frente a las prácticas, hábitos y actitudes reales en relación con todos esos grandes problemas y desafíos. Frente a ello no se trata de proponer soluciones concretas paradigmáticas, sino de abrir el debate en torno a diversos escenarios globales posibles y promover la conciencia colectiva sobre el alcance de los problemas y la viabilidad de las soluciones globales o locales alternativas, a la vez que invitar a la creatividad, a la innovación y a la participción ciudadana, en el seno de las más diversas sociedades y culturas, desde una convivencia democrática activa.

Lo que ha faltado sobre todo ha sido una visión amplia, unos objetivos prioritarios bien definidos

La educación permanente tiene que plantearse a qué tipo de sociedad pretende servir

Las reflexiones actuales reconocen crecientemente los valores del espíritu y el diálogo de las culturas como la respuesta más sólida y eficaz que se puede dar a los muchos graves problemas de cara al futuro, además de reconocer que, junto a los derechos humanos, es urgente aceptar plenamente las correspondientes responsabilidades o deberes humanos.

En estas circunstancias, los mejores baluartes de la paz y el desarrollo son, sin duda, las mentes educadas, si bien las muchas lamentables experiencias negativas en la historia de la humanidad obligan a precisar que, para que ello sea cierto, tienen que serlo esencialmente en un marco de valores, incluidos los valores de convivencia, tolerancia y progreso.

Todos los pueblos e individuos aspiramos a la felicidad y a una elevada calidad de vida en todos los órdenes y, si somos conscientes y consecuentes con nuestros naturales sentimientos, debemos quererlo hacer extensivo a nuestros descendientes. El medio principal a tal fin es esencialmente la educación o, más concretamente, la formación, el aprendizaje y el adiestramiento adecuados para resolver los problemas de raíz, desde la dignidad humana, los derechos y los deberes de cada persona. Sin embargo, esa respuesta educativa no puede seguir siendo la simple expansión ni la mejora de los sistemas educativos existentes por medio de reformas y planes de actuación. Una revolución educativa en el siglo XXI tiene que lograr superar, sobre todo, la frustración que existe en el mundo actual ante el desajuste entre la oferta de los sistemas educativos frente a la necesidad de personas con una amplia formación integral, con un alto nivel cultural, proclives a una convivencia democrática y coherentes con los valores que proclaman. Además, esas personas deberán poseer, cada vez más, una sólida formación profesional actualizada que les haga capaces de crear riqueza a la vez que se preocupan por conseguir un desarrollo sostenible, social y humano.

No se trata simplemente de asegurar más educación, con el consiguiente mayor gasto, para seguir luego 'en lo de siempre', sino, por el contrario, de un esfuerzo mucho mayor a favor de una educación renovada y de un aprendizaje a lo largo de toda la vida, con rigurosa exigencia de rendimientos tangibles y al servicio de resultados sociales, culturales, científicos y tecnológicos, además de económicos. La educación permanente, así como los más novedosos procesos de aprendizaje, tienen que plantearse a qué tipo de sociedad pretenden servir y qué tipo de sociedad quieren contribuir a conformar. La educación debe servir, en todo caso, para aprender a asumir cada cual el esfuerzo y la responsabilidad para trabajar en equipo desde un enfoque interdisciplinario y desde una activa participación democrática en cuanto sirva a la convivencia pacífica multicultural y multirracial. Una educación que forme cabezas con criterio, desde los valores de las convicciones libre y coherentemente asumidas, ha de impedir la miseria moral de, por ejemplo, la drogadicción esclavizante, la violencia o el terrorismo. De ese modo, una educación que prepare para un mundo en progresivo y rápido cambio contribuirá a aportar soluciones individuales y colectivas a los problemas globales y a largo plazo.

Lo que ha faltado sobre todo, una y otra vez, ha sido una visión amplia, unos objetivos prioritarios bien definidos; realismo en las estrategias y tácticas para la ejecución de los planes; autonomía suficiente de los centros educativos para el logro de la máxima calidad posible; medios financieros y materiales adecuados; aprovechamiento sensato de las nuevas tecnologías disponibles; actitud positiva y responsable en favor de la creatividad y de la innovación. Tampoco ha predominado el buen sentido necesario para adaptar todo ello a la respectiva identidad cultural y a las legítimas aspiraciones y modelo de convivencia y de progreso de cada sociedad en el marco de una cooperación internacional activa y operante.

A mi modo de ver, la razón de tantas limitaciones y dificultades recurrentes es la falta de una auténtica conciencia política, social y económica de la opinión pública y de sus líderes sobre el papel decisivo que juegan los bienes de la educación para resolver los problemas mundiales más candentes y para lograr las respectivas metas más ambiciosas deseables a medio plazo, gracias a medidas, métodos y modalidades concretos y diferenciados para cada caso. Para ello sería esencial e indispensable promover y mantener un debate vivo, continuo, profundo, realista y directo entre todos los interlocutores (padres, alumnos y educadores, además de los líderes políticos, religiosos, empresariales, sindicales y demás sectores no gubernamentales, representativos de la sociedad civil). Se necesita un debate, sin altibajos oportunistas, que vaya aportando soluciones adaptadas a las cambiantes circunstancias y que permita evaluaciones cuantitativas y cualitativas periódicas realmente objetivas a fin de retroalimentar las sucesivas mejoras y modificaciones. Tales empeños deberían partir, en cualquier caso, de una propuesta referencial coherente. Tal ha sido siempre la convicción profunda de los educadores y de cuantos han tratado y tratan de trabajar honestamente en favor de la paz y del bienestar de los pueblos.

En esa perspectiva, cada vez está más extendida la inquietud en busca de un nuevo paradigma educativo en los albores del siglo XXI. Ese profundo replanteamiento no puede ser acometido por el sistema educativo en su conjunto ni tampoco en cada nivel o modalidad no reglamentada. La transformación profunda tiene que producirse esta vez de abajo hacia arriba: desde la firme convicción y demanda de la respectiva sociedad, desde una reconversión total de cada uno de los centros educativos, desde un cambio de actitudes y de planteamientos por parte de los educadores, desde la plena cooperación de las familias y desde el empeño responsable y la dedicación de cada uno de los discentes o alumnos.

La tarea pendiente o, más bien, la tarea renovadora a acometer es, desde luego, ingente a la vez que ilusionante. Tenemos que contribuir al nacimiento de un mundo nuevo ante la civilización global que está emergiendo.

Por todo ello, no queremos una educación egoísta, para unos pocos, para los ya más favorecidos, para grupos o países dominantes, para el imperio de una determinada civilización, sin consideración para con las numerosas identidades culturales existentes. Tampoco debe ser para el uso en exclusiva del conocimiento más avanzado y de las tecnologías más novedosas al servicio de unos pocos cada vez más ricos y más insensibles a la pobreza circundante que avanza sin cesar.

Lo que querernos es una educación para la paz, para la convivencia democrática en libertad, para la modernidad y el progreso que permita un desarrollo sostenido y sostenible a largo plazo.

Una educación humanista que forme sobre nuestros orígenes, devenir, realidad presente y futuro posible y deseable, es decir, una educación que permita alcanzar una cultura integral, tanto literaria como científica y tecnológica -incluidas las nuevas tecnologías-, que es lo que constituye el entramado del mundo del hoy y del mañana.

Una educación que permita hacer buen uso de la información para acceder al conocimiento y llevar a cabo acciones inspiradas en valores éticos y morales, desde las creencias e ideologías que libremente decidamos adoptar y ejercer coherentemente a lo largo de la vida.

Una educación y un aprendizaje al alcance de todos que permita formarnos, educarnos, instruirnos, entrenarnos profesionalmente, además de actualizarnos y perfeccionarnos permanentemente, para poder vivir en plenitud y con dignidad.

Una educación que sirva así también a los demás, tanto a los que nos son más próximos como también a los que están más distantes de nosotros, con espíritu de solidaridad, empezando por facilitar una igualdad de oportunidades en el acceso al conocimiento, incluso al conocimiento más avanzado.

Ésa es la educación y el aprendizaje que queremos para todo ese mundo en paz y bienestar que puede surgir y debe surgir si procuramos entre todos honestamente lograr un nuevo orden mundial justo y viable desde la convivencia democrática.

Ricardo Díez Hochleitner es vicepresidente del Patronato de la Fundación Santillana y director de la XVII Semana Monográfica de Educación para la Convivencia Democrática, Madrid, 25 al 29 noviembre de 2002.

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