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sábado, 19 de octubre de 2002
MI AVENTURA | EL VIAJERO HABITUAL

En el reino de los hielos flotantes

NO ÉRAMOS demasiados los que ese 17 de agosto, desde el aeropuerto de Keflavik, en Islandia, embarcábamos en el vuelo FL 9245 hacia Kulusuk, puerta de entrada en Groenlandia, país de los inuit, o esquimales, que hace tan sólo cien años vieron por primera vez a un europeo en su suelo.

Llegados, en un par de horas, a tierra groenlandesa, un helicóptero nos traslada hasta el poblado de Tassilaq -1.500 habitantes-, situado a la entrada de un profundo fiordo cuajado de icebergs y de hielos flotantes, y con un fondo de altas y desnudas montañas, coronadas de nieve, con neveros que descienden, lentamente, imparables, hasta el mismo océano.

El hotel Angmagsalik, de dirección danesa, es sumamente confortable y su cocinero nos hace disfrutar de toda clase de sopas, mil recetas de bacalao y hasta de filetes de ballena. Por otra parte, la temperatura actual es muy agradable, lejos de los 20 grados bajo cero normales en las noches invernales. Así, las nieblas peligrosas casi no las hemos disfrutado, al igual que la lluvia ha dejado de presentarse.

En pocos días me he acostumbrado a dormir a las doce de la noche con la luz solar penetrando a raudales por la ventana del dormitorio, huérfana de toda protección, pues aquí desconocen lo que pueda ser la persiana de librillo o el postigo. Casi no he podido resistir, en cambio, el helado viento polar que nos azotaba, inclemente, durante la travesía en un barco ballenero hasta otro poblado del fiordo, Ikateq; sólo la compasión de la tripulación esquimal, que me proporcionó un grueso abrigo con capuchón y orejeras de piel de no sé cuál animal salvaje, me salvó del peligro de hipotermia.

Por lo imponente de su soledad, el alejamiento de toda civilización, el mundo fascinante de la cultura inuit, la inmisericorde dureza de la naturaleza y la insuperable belleza de sus paisajes, ya no puedo ver nada mejor en este mundo. 'Vedere Groenlandia e poi morire'.

Un viajero norteamericano, alojado en mi hotel, pretendía convencerme para que volviéramos a Groenlandia en pleno invierno, y así disfrutar de los hielos y de la noche polar; reconozco que era una buena proposición, pero el homo mediterraneus y el inuit me parecen difíciles de combinar cuando de luz y sol se trata.

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