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sábado, 19 de octubre de 2002
Crítica:

La salvación por el arte

  • Vicente Molina Foix

El lánguido vampiro melancólico que creó Murnau recuerda este título de Molina Foix: un personaje confinado se dedica a recordar y después a practicar la clásica deriva picaresca del amor que no se atreve a decir su nombre, con algunas incursiones recurrentes en el amor de las mujeres. El rasgo melancólico es doble ya que se dedica a la restauración de arte; cerca siempre de la perfección estética, sólo la alcanza, como los críticos, de manera vicaria.

Refugiado en su casa, resignado a desaparecer de la vida como ha desaparecido su imagen de los espejos, empieza una relación de miradas con una vecina, quien por razones misteriosas lo reincorpora a una vida social de copas y baile, con lo que la novela incorpora un tono de crónica de costumbres madrileñas. Al que se sumará más tarde un equívoco en el que el héroe es confundido con unos sádicos asesinos de homosexuales y va a la cárcel, de la que sale enseguida, cuando se descubre la identidad de los culpables.

EL VAMPIRO DE LA CALLE MÉJICO

Vicente Molina Foix Anagrama. Barcelona, 2002 324 páginas. 16 euros

Además desfilan bellos y luciferinos ángeles de los bajos fondos; e incluso una víctima de amour fou por este protagonista que se propone como cruce de varias formas de la sociabilidad contemporánea. Que sea un cruce quizá explique lo abrupto de la prosa, que no se decide por un solo registro ni tampoco expulsa circunloquios o amplificaciones. El relato llega a su fin de modo relativamente consolador: la mujer de enfrente ya no está, aunque antes de retirarse haya asegurado, mediante una vasta escenografía y una confesión inesperada, la redención psíquica del vampiro; hay un compañero en la cama y se vislumbra incluso la perspectiva de una vaga salvación por el arte, ya que el héroe se vuelca a dibujar.

Si después todo se reduce a

una restauración espiritual, ¿por qué necesitó Molina Foix que el personaje fuese vampiro, vampiro de las películas de vampiro, vampiro gay del espejo helado que sólo reflejaba la imagen del ayudante del profesor en aquella escena inolvidable del filme de Polanski? Imposible decirlo: no parece haber en ninguna de las secuencias ni planos de este relato necesidad de que el vampiro sea tal. Podría haber sido un emblema, una broma, una alusión. Pero Molina Foix, excelente y perspicaz crítico, sutil observador de la vida teatral y literaria, eligió el verdadero, el de Transilvania.

Tal vez la explicación venga de otro lado: quizá se trataba de instalar un motivo fantástico en el corazón de la ininterrumpida línea de reconstrucción de la vida contemporánea española presente en sus novelas. Se rompería así la monotonía de la crónica -de generación, de militancia, de región, de identidad sexual, de matrimonio, de aeropuertos, de viaje a Nueva York o a La Habana- tan practicada por (muchas y) muchos novelistas castellanos contemporáneos. Pero ese motivo fantástico inicial ('soy el hombre que está mirándose en ese espejo donde no se ve a nadie') no tiene después desarrollo. Lo vampírico no se presenta como algo irónicamente perturbador o inquietante. No es una maldición, ni un destino. No se anuda a los recuerdos celebratorios de la educación sexual, ni al presente de la relación con la mujer de enfrente, ni tampoco al episodio del asesinato y la cárcel. Ni siquiera inserta el necesario desasosiego de una amenaza a ese final de leve restitución vital en el que tanto la compañía como la vocación le son devueltos al héroe. Se puede entonces volver a preguntar: ¿por qué vampiro?

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