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MI AVENTURA | EL VIAJERO HABITUAL

Murmullos lejanos en los barracones de Auschwitz

MIENTRAS EL TREN mastica lentamente los pocos kilómetros que separan Cracovia de Oswiecim, empiezo a sentirme un poco judío, homosexual, gitano y prisionero soviético. Cierro los ojos e intento escuchar los susurros de las cenizas que quedaron adheridas a los raíles de esta vía y husmeo el aire frío polaco con la ventanilla bajada, por si todavía pudiera percibir ese hedor a carne quemada y pelo chamuscado que extrañó a Irene Mengele cuando visitó a su marido en 1943. Hoy, mis compañeros de vagón son marmóreos trabajadores polacos; bien podrían mimetizarse en la industria que trabajan, grises y rudos, que ojean en silencio el último resultado del Legia de Varsovia. Sus bigotes recuerdan sin duda a los más famosos de Polonia, los de Lech Walesa.

Tras apearme en Oswiecim, creo que será fácil encontrar el campo de exterminio de Auschwitz. Tras la película La lista de Schindler, seguramente la productora de Spielberg habrá instalado un parque temático en el lugar. Imagino que podré asistir a alguna representación grotesca de rollizos actores con trajes de prisioneros judíos y recorrer todo el recinto en un trenecito de colores chillones mientras maniquíes vestidos de las SS me dan sustos en las esquinas de los barracones. Sin embargo, ¡qué raro!, no hay ningún cartel de neón que atraiga mi atención. Al preguntar a algún viandante, me señala con gesto esquivo una dirección mientras masculla 'muzeum, muzeum'. Me imagino que para el oriundo de Oswiecim no es ningún orgullo que su ciudad sea conocida por verse obligada a conservar un gigantesco cadáver embalsamado.

El precio de la entrada es un donativo voluntario y la mayoría de las visitas son excursiones de escolares. Hoy toca lección de memoria histórica y vacuna contra la fiebre neonazi. Tras abandonar el sobrio pabellón principal de la recepción, me adentro en el recinto y franqueo el famoso arco donde se lee la sarcástica frase: 'Arbeit macht frei' (El trabajo hace libre). Un silencio pegajoso y espeso inunda todo el lugar. De improviso parezco trasladado a la sala del tribunal de Núremberg, donde asisto como jurado de Rudolf Hess, Goering y compañía. El fiscal me va mostrando las pruebas del espanto: un pabellón lleno de maletas; otro con bolsas y zapatos; en otro hay cabello humano, gafas, piernas ortopédicas, latas vacías del gas letal Ziklon B, fotografías con cuerpos famélicos... un descenso nauseabundo a los rincones más oscuros de la condición humana. Afino el oído y todavía resuena el eco de voces atormentadas descendiendo de los vagones de ganado, y, de fondo, el silbido impasible del doctor Josef Mengele -seguramente se escucha alguna obra de Richard Wagner- mientras recorre el andén de descarga de Birkenau buscando personas idóneas para sus macabros experimentos: '¡Zwillinge, Zwillinge!' (gemelos, gemelos), suele gritar, y con su bastón señala quién se salva de momento del horno crematorio.

Un grupo de jóvenes judíos, tez morena y ojos pardos húmedos, portan orgullosos banderas de Israel y más de uno se derrumba sollozando en la puerta de algún pabellón. En la escalera se cruzan miradas confusas con otro grupo de adolescentes alemanes. Todos ellos han venido hasta este rincón perdido de Polonia, como yo, a aguzar el oído para escuchar los rumores lejanos de una pesadilla, por eso van en silencio. Quien escucha los murmullos lejanos de los ladrillos rojos de Auschwitz quizá está más dispuesto a oír los gritos cercanos de Jenín, de algún albergue de inmigrantes incendiado, de las mujeres nigerianas..., de cualquier lugar del mundo sometido al sinsentido de la brutalidad humana

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de octubre de 2002