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domingo, 29 de septiembre de 2002
Reportaje:HISTORIA

El 'Ja sóc aquí' cumple 25 años

Tarradellas quiere la institución, la Generalitat. No ofrece ahora nada, ni recomendar el sí en el referéndum , ni hace un acto de apoyo a la Monarquía, ni en favor del Ejército. No, quiere quedarse solo, no tomar partido en una situación en la que cada grupo quiere una cosa distinta. Es decir, tiene concepción de hombre de Estado, o eso quiere al menos'. Éste es un fragmento del informe que el entonces teniente coronel Andrés Casinello, jefe del Servicio Central de Documentación (Seced) -precedente lejano y franquista del CESID- redactó el viernes 26 de noviembre de 1976 en un hotel de Tours (Francia). Por la mañana, el enviado del presidente Adolfo Suárez se había entrevistado con otro presidente que encarnaba la legalidad republicana, Josep Tarradellas, quien desde 1954 se hallaba al frente de la Generalitat en el exilio. Ése fue uno de las primeros pasos para que hoy hace 25 años -el 29 de septiembre de 1977- se firmara el decreto de restauración de la Generalitat de Cataluña. Con ello se producía un hecho excepcional en la transición: una institución emanada de la legalidad republicana pasaba a encajarse en el edificio de la incipiente monarquía parlamentaria.

'A la vista de los resultados del 15-J, Suárez echó mano de Tarradellas; con él se podía negociar con más tranquilidad que con la izquierda'

'Con el retorno de Josep Tarradellas, una institución emanada de la legalidad republicana pasaba a encajar en la monarquía parlamentaria'

Pero aquella fría mañana de 1976, en el corazón de la Turena, en Saint-Martin-le-Beau, nada hacía augurar un rápido desenlace. No era fácil el diálogo entre dos mundos separados por décadas de feroz antagonismo. La conversación fue sorprendentemente cordial para ser protagonizada entre un militar que venía del corazón del franquismo victorioso y el hombre que firmó el decreto de colectivizaciones en la Cataluña revolucionaria de 1936.

Pujol, mejor que Tarradellas

El joven Gobierno reformista y también posfranquista de Adolfo Suárez quería saber qué pensaba el viejo Tarradellas sobre su eventual regreso y la restitución de una Generalitat de Cataluña que inicialmente se quería descafeinada. 'Pero Suárez acabó olvidándose de Tarradellas; prefería a Jordi Pujol con quien, por generación y por conocerle de la comisión de los nueve ', afirma Alfonso Osorio, vicepresidente del Ejecutivo de Suárez en 1976 y precursor de la 'solución Tarradellas'. 'Yo era partidario de que en Cataluña se reinstaurara la Generalitat antes de las elecciones generales del 15-J', agrega Osorio.

La propuesta del entonces vicepresidente del Gobierno había llegado de la mano de Manuel Ortínez, un viejo conocido de Tarradellas y de Osorio, con quien éste había coincidido en 1965 en el Ministerio de Comercio. Osorio era subsecretario; Ortínez, director general de Moneda Extranjera. El proyecto tarradellista de ambos no encontró eco en la presidencia del Gobierno. Había muchos problemas -legalización del Partido Comunista, la situación en las Fuerzas Armadas...- y resultaba difícil imaginar un final feliz para lo que sería un hecho excepcional en la transición democrática: 'El único episodio en el cual las autoridades investidas por Franco o por la legalidad franquista reconocieron un cargo emanado de la Constitución republicana de 1931 y del Estatuto de Cataluña de 1932', recuerda el historiador Joan B. Culla.

Para que ese encaje se produjera, Suárez tuvo que esperar a las primeras elecciones, las del 15-J. La victoria de la izquierda en Cataluña -socialistas, comunistas y republicanos- hizo sonar las alarmas. ¿Era mejor negociar con un viejo republicano que había dado muestras de sentido de Estado o con una izquierda que comenzaba a encaramarse al poder desde las trincheras? Y Adolfo Suárez no dudó. 'A la vista de los resultados de Cataluña, echó mano de Tarradellas; su presencia era un bálsamo, las cosas se podían negociar con más tranquilidad que con los socialistas o Esquerra Republicana', subraya Osorio.

Y así fue como empezó a cobrar fuerza como solución política el retorno a España del inquilino de Clos de Mosny, que se hallaba en situación económica precaria. Había vendido la finca a los champañeros Taittinger y debía abandonarla el 8 de junio de 1976. 'La muerte de Franco y la buena educación de los franceses le permitieron seguir viviendo en la casa; yo lo vi en una ocasión salir de una entrevista con los propietarios con los papeles en los que justificaba su protagonismo ante un futuro democrático', afirma Josep Maria Bricall, ex consejero de la Generalitat y ex rector de la Universidad de Barcelona.

Pero la precaria situación económica de Tarradellas y su acercamiento al Gobierno de Suárez no le hizo figurar, como algunos pretenden, en ninguna lista de beneficiarios de fondos reservados, coinciden en destacar Osorio, Bricall y Rodolfo Martín Villa, que fuera ministro en los Gobiernos de Suárez. Macià Alavedra, ex consejero convergente de la Generalitat y amigo de la familia Tarradellas, certifica la sencillez con que éste vivía. El teniente coronel Casinello quedó impresionado por ese calvinismo rayano en la herejía husita que halló en Saint-Martin-le-Beau: 'Vive en una llanura fría, en el centro de Francia, con una calefacción tibia, sin baño, con muebles que ya no usan los suboficiales, y sólo el lujo de una buena biblioteca y un tocadiscos'.

Entre ese informe y la visita de Tarradellas a Madrid -entrevistas con Suárez y audiencia con el Rey- apenas pasó medio año. El 27 de junio de 1977, 12 días después de las primeras elecciones democráticas, el presidente de la Generalitat aterrizaba en Barajas en el jet propiedad del empresario vasco Luis Olarra. La izquierda catalana -excepto Joan Reventós, líder de los socialistas- desconocía la iniciativa. La UCD estaba al corriente. Tarradellas compartió pasaje en el jet con Carles Sentís, dirigente de la formación centrista en Cataluña. La entrevista con Suárez resultó un fiasco, pero Tarradellas aseguró ante los periodistas que había sido un éxito. El 29 de septiembre de ese año, el decreto que restauraba la Generalitat era un hecho.

'Cuando el que manda sabe mandar, se le obedece'

DEL DECRETO DE RESTAURACIÓN de la Generalitat al histórico Ja sóc aquí apenas pasó un mes. El 23 de octubre de 1977, Josep Tarradellas llegaba a Barcelona en olor de multitudes. El hombre que en 1976 era un desconocido para la mayoría de los catalanes -incluidos muchos de quienes estaban en la resistencia antifranquista-, pisaba el aeropuerto de El Prat con la dignidad que supo mantener en los duros años de penitencia franquista.

Para la UCD, el retorno era un triunfo de su partido. Manuel Ortínez, empresario catalán y gran valedor de Tarradellas, afirma en sus memorias que 'una cuestión de Estado entre la Monarquía y la Generalitat se convirtió en una operación de Gobierno, de un partido, UCD'. Para Josep Maria Bricall, independiente y consejero del Gobierno de la Generalitat con Tarradellas, fue un triunfo de la izquierda. 'Tarradellas presidió un Gobierno de unidad en el que eran mayoría los consejeros de izquierdas', resume Bricall, para quien el concepto de Estado del primer presidente de la Generalitat restaurada fue la clave del éxito de la negociación.

Pero entre junio y octubre las cosas no fueron fáciles. Centenares de miles de personas reclamaron el 11 de septiembre de 1977 en Barcelona las libertades y la autonomía. Algunos partidos catalanes temían que el retorno de Tarradellas retrasara el anhelado estatuto, y, por ello, mantuvieron un pulso con Tarradellas, que quería centralizar la negociación política con el Gobierno central. Las tensiones dejaron secuelas. Josep Benet, el senador más votado de España -integrado en la coalición izquierdista Entesa dels Catalans-, fue destituido por Tarradellas de la comisión que negociaba con el Gobierno por parte de la Asamblea de Parlamentarios de Cataluña. Unas declaraciones suyas en el sentido de que la negociación se estaba retrasando provocaron la fulminante reacción del exiliado de Saint-Martin-le-Beau, que apuntaba modos contundentes. El ex ministro del Ejército y a finales de los setenta capitán general de la IV Región Militar, Francisco de Paula Coloma-Gallegos, le dijo durante un encuentro a Tarradellas: 'Yo soy el que era y pienso lo que pensaba. No he cambiado, pero cuando el que manda sabe mandar se le obedece'.

Para el ex consejero convergente Macià Alavedra, la fuerte personalidad de Tarradellas, pese a antagonismos, hizo que el electorado catalán viera en otra fuerte personalidad, la de Jordi Pujol, al sucesor natural en 1980.

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