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TRIBUNA

La guerra del Perejil

'Ni banderas ni soldados'. Así de sensato ha sido el mensaje del presidente comunitario, Romano Prodi, en relación al absurdo conflicto que se ha generado alrededor de un islote desconocido para la mayoría de los peninsulares, y sobre el que se quiere hacer purgar la suma de desencuentros, ineptitudes y dificultades de las relaciones entre España y Marruecos. No es el momento de establecer responsabilidades sobre dicho desencuentro, pero sí de advertir sobre el significado y las consecuencias de iniciar y seguir dinámicas de enfrentamiento en las que intervienen de manera destacada, no las razones, las ideologías o los planteamientos políticos, sino los componentes de fuerza y su legión de simbolismos. No está nada claro a quién pertenece la isla Perejil, y la existencia de esa duda debería presidir los comportamientos de precaución de ambos países. Cuando algo no está muy claro, se hacen consultas, se busca un veredicto jurídico, se acepta una mediación, y se recurre a la imaginación para dejar las cosas, las dudas y las certezas contestadas donde deben permanecer, en el campo de litigio bien encarrilado. Lo que no tiene aceptación en el siglo XXI es la reacción primaria y apresurada, contestar en unos términos de incitar a una contrarreacción y así desarrollar una espiral cada vez más absurda y peligrosa, en la medida en que ya no nos referimos a excesos verbales, sino militares. Es un residuo colonial de lo más anacrónico disputarse con fragatas y soldados una pequeña isla deshabitada que está situada a 200 metros de la costa marroquí. No nos referimos a una isla como la de Santa Clara, situada en medio de la bahía de San Sebastián, sino de un islote lejos de Ceuta que no merece ser el disparador de las guerras de Gila, ni la expresión rancia de patriotismos mal entendidos, y mucho menos la excusa para acabar de destrozar la difícil relación con nuestros vecinos de Marruecos. Porque lo que se haga, y especialmente lo que se haga con despecho, arrogancia, con fuerza o apelando a la mística de la masculinidad, repercutirá no solamente sobre el Gobierno o los poderes fácticos marroquíes sino también sobre sus ciudadanos y su millón y medio de inmigrantes que viven en la Unión Europea, y que no deben ser usados como chivos expiatorios de las decisiones erróneas de los demás. Lo sensato hubiera sido plantear un diálogo y un acuerdo directo y específico para este tema, aparcando las diferencias sobre tantas otras cosas. Un acuerdo que podría haber pasado por llevar el litigio al Tribunal Internacional de La Haya, para que decida, y mientras desmilitarizar la isla, declararla parque natural y crear un consorcio, fundación o patronato que la administre, juntando ecólogos y medioambientalistas de ambos países, para que a partir de la absurda 'guerra del perejil' se pudieran poner las bases de una cooperación en temas de espacios protegidos y parques naturales. Eso, o algo parecido, pero cualquier cosa menos querer enseñar la musculatura naval, porque justamente la otra parte tiene mucha experiencia en responder con otros medios. 'Ni banderas ni soldados'. Dejemos a la isla Perejil con sus cabras, pongámosnos de acuerdo para que no sea utilizada por contrabandistas de droga y seres humanos, y seamos un poco más creativos en el momento de tomar decisiones. La peor respuesta es la que facilita contrarrespuestas aún peores. Dado que la ministra de Asuntos Exteriores ha mostrado ya su disposición a discutir serenamente con Marruecos el status futuro del islote, sin banderas ni soldados, tomemos ahora la iniciativa haciendo realidad ese mensaje. Puede ser el comienzo de un buen final para todas las partes.

Vicenç Fisas es director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de julio de 2002