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Reportaje:REPORTAJE

La hermosa fortuna de Palmira Pla

A sus 88 años, finalizada su vida profesional, viuda y retirada en un modesto piso de Benicàssim (Castellón), Palmira Pla espera ver los frutos de su generosa donación: 840.000 euros (140 millones de pesetas) para la Fundación Universidad Carlos III, de Madrid, que servirán para que hagan la carrera en España cada año estudiantes de Venezuela, la tierra que la acogió en su huida de la dictadura franquista. 'He donado todo lo que gané en Maracay gracias a la venta de mi colegio. Quiero devolver a la gente de aquella región lo que nos dieron. Allí encontramos la libertad. España entonces no era más que una infamia'.

Palmira Pla nació en Cretas (Teruel) el año que se declaró la Primera Guerra Mundial, 1914. A ella le tocaría vivir la segunda, y desde luego, la guerra civil española, justo cuando comenzaba su andadura como maestra en colegios muy humildes que montaba ella misma con ayuda de los padres de los alumnos. 'En Rubielos de Mora (Teruel) había un carpintero que hizo los pupitres y las madres confeccionaron unos almohadones para que los niños se sentaran en el suelo mientras tanto. Escribían en un cartón. Todavía conservo la carta de uno de ellos, que me escribió mucho tiempo después para decirme que no había olvidado nunca su infancia en la escuela'.

En su colegio Cal y Canto había mestizos, blancos, negros. Y ella y su marido, que eran 'rojos'. Todo el mundo lo sabía, así es que ella siguió adelante

Corrían aquellos años y quedaban unos pocos días para la feria del pueblo. La maestra republicana pensaba en la fiesta mientras removía un café. Entonces entró al bar un amigo guardia civil, vestido de paisano, y le dijo: 'Palmira, no vas a estar en la feria, te vas a ir hoy mismo. Vete corriendo'. Los militares se habían sublevado, recuerda. Un compañero de la CNT le dio un contacto para subir a un tren, aprisa, con lo puesto, en silencio. El vagón vacío la dejó en Sagunto y un camionero la llevó hasta Tarragona. 'No me debe nada, que tenga suerte, me dijo'. Y, a pesar de todo, Palmira la tuvo, pero muchos años después.

Teruel, de nuevo

En el desconcierto de la guerra los españoles se movían como peones, de una ciudad a otra, en busca de la familia, de un refugio. Palmira recaló en Barcelona y luego en Valencia. Hasta allí había llegado el Gobierno republicano, que la envió de nuevo a Teruel a proseguir sus clases: 'Tu actividad es representar al Gobierno como podáis; si sois maestros, como maestros', le dijeron.

La guerra, implacable, empujó a los perdedores hasta Francia. No sería la última estación. Pudo escaparse del penoso refugio donde se hacinaban otros españoles, pero le esperaban los años terribles de la Guerra Mundial en el país vecino, donde compartió resistencia con los socialistas franceses que le ofrecieron ayuda. Entrevistas con Largo Caballero, también exiliado, en un hotel de París; pequeños trabajos para sobrevivir, y, por fin, el reencuentro con su marido, del que poco o nada había sabido hasta entonces. Juntos embarcaron en el Colombi, en 1946, rumbo a Venezuela.

Al otro lado del Atlántico le esperaba otra dictadura, pero menos rigurosa que la española, según la recuerda Palmira. Allí pudo rehacer su vida y recomenzar, con un éxito que crecía como la espuma, la carrera de maestra. En Maracay compró una villa que transformó en colegio, 'con el permiso del ministro'. En los 2.000 metros cuadrados de patio con naranjos pasaban el recreo al principio unos seis alumnos. Cuando vendieron el centro Cal y Canto había 800.

Palmira Pla trasladó a Maracay, en plena dictadura venezolana, el 'estilo pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza de España'. Hasta las clases de religión, voluntarias, eran distintas, porque ella cuidaba de que los maestros fueran especiales. Al primero, un jesuita, le despidió porque no le convencía la doctrina que aplicaba a niños y niñas. 'Les perjudicaba al recomendarles precaución sobre lo que podía pasar en los cuartos de baño. Los niños eran todavía inocentes, les daba ideas que ellos mismos no tenían'. Contrató a otra persona y todo fue sobre ruedas. 'Yo les enseñaba cosas básicas; que matar era pecado, pero que también lo era matar la conciencia', hace memoria Palmira. En su colegio había mestizos, blancos, negros. Y ella y su marido, que eran rojos. 'Todo el mundo lo sabía y lo decía, así es que...'. Así es que ella seguía adelante, a la chita callando sembraba sus métodos pedagógicos.

El cáncer del profesor de matemáticas, su marido, les devolvió a España en 1975, todavía como ciudadanos venezolanos. Dos años más tarde fue elegida diputada de las Cortes Constituyentes por el Partido Socialista.La ganancia por la venta del colegio la ingresaron en un banco de Nueva York, y allí ha permanecido hasta que decidió donarla a la Fundación de la Universidad Carlos III, cuyo rector es Gregorio Peces-Barba, presidente de aquellas Cortes. Le conoció cuando debatían la Constitución española, y una vez aprobada, Palmira dejó el Parlamento y volvió a la pedagogía.

La batalla por la calidad de la enseñanza no la ha abandonado nunca. No tiene descendientes directos, salvo sus hijos venezolanos. Para esos estudiantes son las becas Palmira Pla y para ellos serán los derechos de autor que consiga con las memorias que ahora escribe.

Una de estas hijas es María Fernanda Vilera y su impecable expediente le ha proporcionado una de las becas Palmira Pla para estudiar Telecomunicaciones en la Universidad Carlos III. Se aloja en la residencia Abril Martorell, de la fundación, y tiene todos sus gastos pagados.

'Creo que todo lo que sé y lo que soy se lo debo al colegio Cal y Canto. Tiene prestigio, ella le dio una proyección como tienen pocos', explica.

La llegada a España le resultó dura porque sólo tiene 16 años y nunca había salido de su pueblo ni había estado lejos de la familia. Extraña su país y le ha costado arrancar con la carrera, que no es sencilla, precisamente.

Un proyecto educativo levantado ladrillo a ladrillo

CUANDO PALMIRA PLA llegó a Venezuela acabada la II Guerra Mundial, su primer destino fue la capital, Caracas, donde 'mal que bien, se podía vivir, aunque no había agua', recuerda esta maestra jubilada. Como lo que ella sabía hacer era dar clases, buscó trabajo en una escuela. Su marido también se colocó 'porque durante el exilio en Francia le habían enseñado el funcionamiento de esas maquinitas mecánicas que marcaban la hora y la fecha. Mucha trigonometría'. Pero querían trabajar juntos, por eso se decidieron por la compra de la villa en Maracay donde montaron el colegio Cal y Canto, el mismo nombre que tenía la calle. Al que se la vendió le pidieron confianza en la prosperidad del negocio. Poquito a poco irían pagando las deudas. La empresa educativa arrancó con tres empleados: un profesor contratado, ella y su marido, quien cada mañana recogía en coche a los seis primeros alumnos que se apuntaron. Uno de aquellos muchachos tartamudeaba, pero Palmira confió en su capacidad didáctica y se comprometió con los padres a remediar la tara que afeaba al chico. Lo consiguió. 'Eso nos dio mucha propaganda, mucha', recuerda. 'El año siguiente ya había más de 20 niños, y al tercero, más de 200'. Cobraban unos 25 bolívares por alumno, y el padre de tres de ellos, un italiano que era constructor, iba levantando aulas cada verano, a medida que ingresaban ganancias. 'Aulas de ladrillos pintados, nada de lujos, y abiertas para la ventilación'. La venta del colegio fue uno de los episodios más tristes que le tocó vivir a Palmira, pero el clima del trópico no era adecuado para la enfermedad de su marido. La Fundación Universidad Carlos III dará de nuevo sentido pedagógico a esos 850.000 euros. 'Una excepcional donación', a lo que no está acostumbrada la Universidad española, agradece el gerente, Juan Antonio Cajigal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002

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