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miércoles, 22 de mayo de 2002
Reportaje:

La pesadilla del Cervantes

La futura sede del instituto en Nueva York, zarandeada por críticas y problemas

La mayor inversión de la cultura española en el extranjero, la construcción de la nueva sede del Instituto Cervantes de Nueva York, está resultando ser una auténtica pesadilla de problemas y presupuesto. Entre la compra y la destrucción del edificio, algo que no se contemplaba en el proyecto inicial, la magna empresa ya alcanza los 19 millones de dólares (alrededor de 21 millones de euros), una cifra muy superior a la prevista. Por si fuera poco, un grupo de conservacionistas ha arremetido desde las páginas de The New York Times contra la demolición del inmueble, que estaba catalogado entre los edificios históricos de la ciudad.

El Amster Yard, el conjunto de casitas bajas que el Cervantes adquirió a principios de 1999 por nueve millones de dólares, era una rareza en el corazón de Manhattan. Desde su patio interior, 600 metros cuadrados de plantas y árboles, apenas se oía el bullicio del tráfico. Construido en 1870, nació como casa de postas y fue remodelado en 1945 para dar lugar a un conjunto, algo ecléctico, de viviendas y comercios.

Según ha podido saber este periódico, los planes iniciales del Cervantes tan sólo incluían amplios trabajos de remodelación y modernización, pero en ningún caso la destrucción de un centro que se había comprado precisamente por su encanto histórico. Así consta en el primer proyecto presentado por Ad Hoc, la firma de arquitectos que se llevó el concurso y que hasta entonces no había realizado ningún proyecto fuera de la comunidad murciana donde trabaja habitualmente.

Ahora ya no queda nada. Sólo un enorme agujero de excavadoras. El New York Times recogía ayer el testimonio de algunos grupos conservacionistas airados por la destrucción del conjunto, protegido desde 1966. 'No es forma de tratar semejante sitio', se quejaba el experto en historia de la arquitectura, Michael Henry Adams.

'España va a recuperar exactamente lo que era el Amster Yard', aseguró el director del Cervantes en Nueva York, Antonio Garrido, 'No me extraña que haya una reacción, pero vamos a devolver el centro en su estado original'. El diario precisa que el instituto español ha actuado con el visto bueno de la Comisión de Preservación de Edificios Históricos de la ciudad.

Mientras tanto, el presupuesto se ha disparado. Inicialmente cifrado entre seis y siete millones de dólares, alcanza ahora los 10 millones. Varios factores han contribuído al encarecimiento de la obra: el mal estado de las estructuras del edificio, que no se detectó al principio, el empeño por construir un auditorio subterráneo en el granito de Manhattan y la inexperiencia de la firma murciana en lidiar en el enrevesado universo inmobiliario de Nueva York.

Nadie, por lo visto, había previsto que el granito de Nueva York fuera a ser tan duro y el auditorio se ha convertido poco poco en la pesadilla de todo el proyecto. Costará más de dos millones de dólares excavarlo y acondicionarlo. También ha habido que adaptar las vigas a las normas antisísmicas y conservar la fachada original. A las dificultades técnicas se añadieron las diferencias culturales: la ley de contratos española pide al menos tres presupuestos para cada obra, algo nunca visto en Manhattan.

La elección del Amster Yard fue esencialmente política. Se trataba de dar una imagen de marca de España en una ciudad donde un tercio de los habitantes habla español. Actualmente, el Instituto Cervantes está hacinado en un piso alquilado de la calle 42. Después de las peripecias de la construcción, la prioridad sigue siendo potenciar la presencia del Cervantes en la ciudad.

'Desde el 11 de septiembre, Madrid ha insistido especialmente en seguir adelante con el proyecto en muestra de solidaridad con Nueva York', enfatizó su director, Antonio Garrido. Si el granito lo permite, el Cervantes debería abrir su nueva sede a mediados del 2003.

Obras para la futura sede del Cervantes en Nueva York. / MARILYNN K. YEE-E. KEATING (NYT)

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