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sábado, 11 de mayo de 2002
Crítica:

Ciudades y campos

  • Raymond Williams
El marxismo sigue siendo una excelente herramienta de análisis, y Raymond Williams, destacado crítico literario, la utiliza para refutar formas de pensamiento que proponen 'versiones de la historia que logran suprimir la historia'. Recorriendo la literatura británica, el autor demuestra cómo las relaciones entre el campo y la ciudad son el resultado del desarrollo del capitalismo.

Este libro admirable, realmente admirable, pasa por ser la obra capital de Raymond Williams (1921-1988), uno de los más eminentes críticos ingleses del último siglo. Y lo sería no sólo por la hondura, la amplitud y los alcances de sus análisis, sino también por el talante radicalmente humanístico que lo anima, por la vibración moral que emite tanta y tan aguda inteligencia, por su sobrio y lúcido llamamiento a la resistencia.

-¿La resistencia? ¿A qué?

Lo más honesto sería responder: la resistencia al capitalismo; una resistencia que para Williams constituye 'la forma decisiva de la necesaria defensa humana'. Pero es fácil imaginar la sonrisa condescendiente con que tantos han de recibir una declaración tan altisonante, tan cándida, tan ripiosamente... ¿marxista?

EL CAMPO Y LA CIUDAD

Raymond Williams Traducción de Alcira Bixio Prólogo de Beatriz Sarlo Paidós. Buenos Aires, 2001 416 páginas. 27,05 euros

-¡Sí, eso!

Por lo que conviene puntualizar -como hace Beatriz Sarlo en el esclarecedor prólogo a esta edición- que el materialismo cultural de Williams ocupó siempre una posición excéntrica, disidente, en relación al marxismo inglés. Pero que sí, en efecto, a qué disimularlo: entre las enseñanzas de un libro como éste se cuenta la de que el marxismo continúa constituyendo, se quiera o no, una excelente herramienta de análisis; sobre todo cuando se trata de refutar, como hace Williams, ciertas formas de pensamiento (cada vez más conspicuas y arrogantes, por cierto) que, empeñadas, como parecen, en la persistencia de determinados conceptos, terminan por proponer 'versiones de la historia que logran suprimir la historia'.

La intención rectora de este ensayo (publicado originalmente en 1973) es demostrar cómo el campo y la ciudad, los papeles que han desempeñado en el imaginario cultural del hombre moderno, las mistificaciones de las que han sido objeto, su propia historia, sus transformaciones, sus relaciones mutuas, son resultado común de un mismo proceso básico: el desarrollo del capitalismo. De lo que aquí se trata es de poner en evidencia, en relación a estas dos realidades, en qué amplia medida la conciencia que, a través del tiempo, se ha ido teniendo de ellas ha quedado determinada, en todos los sentidos, por la orientación de fondo de unos modos de producción (los del capitalismo tanto industrial como agrícola) a tal extremo imperantes que su lógica interna ha terminado por asimilarse a la de una 'realidad necesaria' de la cual parecería que no queda otro remedio que aprender. Algo esto último que tendría por principal efecto dejar de reconocer hasta qué punto la crisis del campo y de la ciudad, marcos supuestamente alternativos de la existencia humana, obedecen a la crisis del sistema que durante los últimos siglos los ha configurado.

Lo característico del método

analítico de Williams, y lo que señala su altura como crítico, es la constante problematización del punto de vista desde el que una determinada realidad es contemplada. 'Porque lo que puede conocer no es solamente una función de los objetos, de lo que está allí para ser conocido. Es también una función de los sujetos, de los observadores, de lo que se desea conocer y de lo que necesita ser conocido'. Con esto bien asumido, llega Williams a vislumbres, a menudo incomodadores, acerca de los criterios que, de forma más o menos subliminal, obran en la construcción de lo que él llama 'tradiciones selectivas' (pero todas lo son); o sobre las 'estructuras de sentimiento' en que adquieren resonancia, por ejemplo, idealizaciones de la vida rural como la que propone la sensibilidad 'neopastoral' y sus derivaciones. Williams se muestra especialmente admonitorio con las falsificaciones sentimentales del campo y de la naturaleza, tan a menudo subterfugio de evasión frente a las situaciones reales. Y asimismo advierte con cuánta frecuencia la oposición entre el campo y la ciudad actúa como una ficción útil 'para promover las comparaciones superficiales y evitar las auténticas'.

Sirviéndose de documentos principalmente literarios, se ciñe Williams a una única tradición, la inglesa, altamente representativa, por otro lado, del proceso que se propone investigar. Así, este libro ofrece un sesgado pero muy revelador recorrido por la literatura inglesa a partir del Renacimiento, con enjundiosas calas en autores como Richardson, Fielding, Defoe, Crabbe, Eliot, Austen, Wordsworth, Blake, Dickens, Hardy, Conan Doyle, James, Lawrence, Joyce, entre muchos otros menos conocidos. El lector obtiene de esta forma la visión panorámica en que se encuadra la secuencia analizada por el mismo Williams en Solos en la ciudad: la novela inglesa de Dickens a D. H. Lawrence, obra aparecida en 1970 (y traducida al español por Nora Catelli, Debate, 1997).

Es imposible dar cuenta, ni siquiera sumarísima, de la riqueza expositiva de Williams. Cabe imaginarse legiones de estudiosos prolongando, en sesudas tesis, las ideas incontables que aquí se dejan caer a menudo de pasada, como fogonazos que alumbran, en cualquier dirección, territorios todavía por explorar. Así ocurre, por ejemplo, cuando sugiere Williams cómo, a lo largo del XIX, la mansión campestre, marco, durante siglos, de un cierto estilo de vida, se convierte, perdida ya su función neurálgica, en un espacio abstracto, teatral, disponible para la representación de situaciones de aislamiento, lo cual la convierte en escenario favorito de intrigas policiales (piénsese en las novelas de Agatha Christie o en una película como la reciente Gosford Park, de Robert Altman). O cuando señala cómo la relación de las metrópolis con las colonias proyecta, a escala planetaria, la de la ciudad con el campo, y sugiere a continuación que el turismo y cierta literatura de viajes cumplen las funciones que en su momento satisfizo la literatura pastoral.

Los editores destacan una frase de Marshall Berman en la que, a propósito de este libro, se habla de 'pasión ideológica' y de 'integridad personal'. Son términos que suenan extraños, en la actualidad, referidos a un trabajo de investigación realizado con un impresionante despliegue de erudición y de sabiduría. Pero dan la medida justa de cómo, en el caso de Williams, el rigor intelectual no enfría el testimonio de la propia experiencia (Williams era descendiente de trabajadores del campo), ni excluye tampoco la dimensión liberadora que sustenta y justifica, en última instancia, el conocimiento. También en este sentido constituye este libro, escrito con desenvuelta pero indiscutible autoridad, toda una lección.

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